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Núm. 40, abril - junio 2008

[ Ideas ]


Los límites de la creatividad

por Maia Fernández Miret Schussheim

La divulgación científica, como la ciencia misma, es una labor eminentemente creativa. Maia Fernández Miret explora en este texto, fruto del módulo de creatividad del Diplomado en Divulgación de la Ciencia de la UNAM, los límites que aparecen en la relación entre textos y medios audiovisuales, y ofrece interesantes reflexiones al respecto.

Quienes se dedican a actividades creativas mantienen una relación de amor y odio con los límites.

Por un lado, los límites le dan forma a ese caos primordial que es la hoja —o la pantalla, o la grabadora— en blanco. Por el otro, obligan a las ideas del creador a adoptar posiciones incómodas para entrar en una página demasiado pequeña, un minuto demasiado corto, un presupuesto demasiado estrecho.

Cada medio de comunicación tiene sus propios límites, reglas y retos, como saben bien todos los que trabajan en alguna forma de popularización de las ideas, desde la publicidad hasta la divulgación científica. Un buen guión, un buen programa de radio, una buena página de internet, hasta un buen comercial de televisión, son siempre producto de una negociación entre los límites y quien los empuja; entre un poco de rigidez y un poco de flexibilidad.

Quienes hacen radio deben tener un sentido exquisito de los ritmos y los tiempos para no construir una frase tan larga que ahogue al locutor, ni un diálogo con demasiado personajes indistinguibles. Muchos de los que incursionan en radio por primera vez cometen el error de pensar que el texto escrito —el texto literario, impreso— se puede trasladar sin más al discurso oral; otros (tal vez los mismos, pero de rebote) piensan que la radio no es más que una forma ensayada del habla cotidiana. La radio, sin embargo, no es ninguna de las dos cosas: navega entre el texto y el habla, y usa cualquier otro recurso sonoro para re-construir el mundo en las cuatro paredes forradas de una cabina. La divulgación en radio debe tener presente esta geometría, y además cuidarse de no caer en excesos didácticos: es más fácil expulsar los giros condescendientes del texto que de la voz, que nos traiciona con más frecuencia de la que imaginamos.

Otra característica definitoria del radio es su fugacidad. Cuando escribimos podemos darnos el lujo de hacer algunas contorsiones con las palabras, meter unas oraciones dentro de otras como muñecas rusas y usar recursos tipográficos para jugar con el lector, confiados de que éste puede ir y regresar por la página, tomárselo con calma y darnos el beneficio de la duda para entender los acertijos que le proponemos. En radio sólo tenemos una oportunidad para que lo que decimos no acabe de inmediato en el bote de basura del olvido. Los productos audiovisuales y multimedia —casi cabría incluir aquí los libros ilustrados, por ejemplo los libros para niños— son unas quimeras enormemente difíciles de gestar: el matrimonio del texto y la imagen, que se acotan entre sí de formas muy complejas. No sólo deben obedecer a los imperativos del ritmo que privan en la radio, sino al férreo yugo de las imágenes, que pueden funcionar como ornamentos del discurso, profundizar en él, ramificarlo y, en algunas ocasiones incluso servir como un contrapunto cómico o dramático. De todas las formas de comunicación, la audiovisual y la multimedia son las que pueden contener la información más densa y compacta, y por tanto las que más trabajo requieren para alcanzar un equilibrio entre el exceso y la trivialidad.

Finalmente, los textos escritos, ya sean guiones para otros medios o producciones de naturaleza literaria, tienen su propia oferta de límites y posibilidades. La primera es, claro, la extensión y la naturaleza de la publicación o el medio donde, con suerte, aparecerán. Pero hay otros límites, más intangibles pero no menos reales, que delimitan la pluma de los divulgadores: el idioma en que se escribe, la cultura científica y general del público y las creencias e ideologías de quienes pueden interpretar los textos de formas indeseables y sorprendentes. Durante mi estancia en el Diplomado en Divulgación de la Ciencia de la UNAM surgió varias veces una pregunta inquietante y nunca resuelta: ¿hasta dónde un texto es divulgación? ¿Es Alan Lightman un divulgador que transmite no las ideas básicas, pero sí las emociones que despierta la comprensión de la teoría de la relatividad? ¿Es divulgación el periodismo de ciencia, un ámbito adusto y meticuloso en el que raramente caben palabras de más? ¿Se vale dejar la decisión en manos del lector, aduciendo que son sus ojos los que inclinan la balanza hacia la divulgación o la literatura? ¿Quién debe contener a los divulgadores dados a excesos retóricos, y quién se encarga de soltar la mano de quienes padecen de más la censura autoimpuesta?

Todavía no sabemos la respuesta a todas estas preguntas; tal vez no la sepamos nunca, pero estaremos más cerca si la comunidad de divulgadores establece un esfuerzo sistemático por evaluar sus productos y por entablar una retroalimentación enriquecedora con su público. Es imposible definir la creatividad, pero al menos sabemos dónde está: cuando hacemos a un lado los límites, en forma de consideraciones técnicas, económicas, metodológicos, publicitarias, políticas y quién sabe de qué otras naturalezas, es ella la que nos devuelve la mirada desde la página, el monitor, la cinta de audio que ya no están vacíos.

Maia F. Miret es diseñadora industrial por formación, pero divulgadora de la ciencia por capricho. Actualmente dirige una pequeña editorial, Libros del escarabajo, que publica divulgación de la ciencia para niños y jóvenes.

Comentarios: librosdelescarabajo@gmail.com


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