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Mis inspiraciones de la niñez:
revistas de divulgación y programas de televisión
por Fabio Cupul
La vocación por la ciencia –ya sea por la investigación o por la divulgación científicas– puede provenir de fuentes variadas. He aquí el testimonio de un exitoso investigador-divulgador mexicano, que nos hace apreciar más el papel que la televisión puede jugar en el crecimiento de la comunidad científica.
Viví mi niñez entre las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado, entre el calor, los chamizos, los campos de cultivo, el polvo, los “braceros”, la psicodelia hippie y la moda de los peinados “afro” de la ciudad fronteriza de Mexicali, Baja California.
En aquellos tiempos, tanto los programas televisivos como las revistas de divulgación científica escaseaban. No había canales exclusivos para ello, ni mucho menos una amplia variedad de revistas de divulgación al alcance de todos. El panorama era, sin duda, limitado. Tan restringidos eran algunos ámbitos del entretenimiento parvular que, si deseaba ver caricaturas, en lugar de sintonizar Cartoon Network, Jetix o Nick y disfrutar de 24 horas ininterrumpidas de dibujos animados, como hacen hoy mis hijos, tenía que esperar hasta los sábados y levantarme a las cinco de la mañana para disfrutar de unas cuantas horas de la barra infantil (en inglés, por cierto) que se transmitía por los canales de televisoras de Arizona y California.
A pesar de la sequía informativa, tuve la oportunidad de conocer personajes televisivos y descubrir revistas que, invariablemente, influyeron en mi decisión de estudiar una carrera de ciencias para dedicarme a la investigación y, actualmente, combinarla con la divulgación. Esta situación personal con la televisión, a la que me atrevo a llamar “orientación vocacional por ondas hertzianas”, no es una experiencia exclusiva mía, ya que me he enterado que personas de distintas partes del orbe decidieron estudiar medicina inspiradas por el carácter y actuar del Dr. Leonard H. “Bones” McCoy, entrañable personaje de la retrofuturística serie Viaje a las estrellas, tan de moda en la década de los setentas en nuestro país.
El impacto que tuvo la televisión en mi niñez fue significativo: nada me importó que aquel armatoste amarillo de bulbos marca Zenith, que ocupaba el sitio principal de la sala de mi hogar, tardara largos minutos en encenderse, no contara con control remoto, únicamente sintonizara cinco canales (uno local, el llamado actualmente “de las estrellas”, y tres gringos) y sólo proyectara borrosas y distorsionadas imágenes en blanco y negro.
Pero empecemos por las revistas que me impactaron. Durante los setenta Cucurucho y el Tío Rius (1974) y Contenido Junior llenaban mi necesidad de conocer sobre ciencia, naturaleza y tecnología. Si mal no recuerdo, la primera revista estaba dirigida a niños y su formato era a manera de historieta. Su creador fue Eduardo del Río (Rius) y, por supuesto, en su temática había el matiz socialista que caracteriza la obra de este conocido y prolífico autor. Yo esperaba con ansias que mi papá me la comprara quincenalmente, ya que exaltaba mi imaginación con juegos e historias. Lamenté su salida del mercado al cabo de un poco más de un año. De la segunda, que también leía por el año 74, recuerdo que era como el hijo de la revista Contenido (que todavía circula), ya que poseía esencialmente el mismo formato (creo que era más grande) y enfatizaba explicaciones sobre el cómo y por qué del funcionamiento de un amplia gama de tecnologías (recuerdo claramente la del automóvil). Desafortunadamente, después de un tiempo también se dejó de editar. Sin embargo, tuvieron efecto en mí, al fomentarme el entusiasmo por la ciencia.
Por otro lado, en el ámbito televisivo, Marlin Perkins fue en definitiva el presentador y divulgador científico de aquellos tiempos que más me inspiró para definir mi perfil profesional. Tengo gratos recuerdos de su fabuloso programa Reino salvaje, así como de sus copresentadores: Jim Fowler, en su primera etapa, y posteriormente Peter Gros. El programa lo transmitían semanalmente, en ocasiones hasta con una hora de duración.
Prepararme para ver Reino salvaje era un ritual. Después de jugar futbol con los amigos por la tarde, me metía a bañar, me ponía la pijama, mi mamá me servía un plato de frijoles refritos con varias tortillas de harina hechas a mano (esta fue, en toda mi niñez y adolescencia, mi sabrosa merienda de todos los días) y, finalmente, me colocaba frente al televisor para degustar las visiones de la naturaleza junto con un buen bocado de alimento. Era un buen pasatiempo que me hacía feliz. Pero lo que más me maravillaba de ese momento de fusión con las ondas hertzianas del televisor era visualizarme en mi adultez estudiando y manipulando los animales, como Perkins lo hacía en la pantalla. En otras palabras, en pleno contacto con la naturaleza.
En Reino salvaje se presentaban aspectos de la historia natural de los animales, su manipulación y, lo más importante, se echaban por tierra supercherías respecto a su comportamiento. Aunque Perkins no contaba con la vistosidad que hoy en día poseen Austin Stevens, Jeff Corwin, Mike O´shea, sir David Attenborough, el desaparecido Steve Irwin o el mismísimo Roberto Rojo, sí compartía con ellos la misma pasión por la naturaleza (esta misma pasión fue llevada al máximo por Carl Sagan en su serie Cosmos, que más de una vez me sacó de la depresión estudiantil cuando los exámenes y las tareas me abrumaban en la licenciatura). Creo que su pasión y gusto por su profesión fue lo que me inspiró del divulgador Perkins, y me enganchó finalmente para estudiar una carrera de ciencias biológicas.
Aunque estudié la carrera de oceanólogo (por cuestiones de logística familiar), nunca me he apartado de los asuntos biológicos. Actualmente realizo investigación y divulgación sobre cocodrilos, miriápodos y artrópodos en general. Para mí, la llamada “caja idiota” tuvo su momento de lucidez al mostrarme las maravillas de la naturaleza, además de colocar ante mis ojos imágenes de actividades profesionales que permiten combinar el gusto con el trabajo. Mi exposición durante la niñez a ciertos programas televisivos y revistas (aunada, claro está, a otras variables sociales y personales), me permiten actualmente hacer lo que me gusta (y recibir un pago por ello), y así apegarme a la conseja que dice: “un hombre con suerte es aquel que convierte su pasatiempo en su profesión” (Mark Waid).
Fabio Germán Cupul Magaña estudió la licenciatura y maestría en oceanología en la Universidad Autónoma de Baja California. Es investigador en la Universidad de Guadalajara y estudia el doctorado en desarrollo sustentable sobre el tema de la artropodofauna urbana. Ha publicado también numerosos artículos de divulgación científica.
Comentarios: fabio_cupul@yahoo.com.mx
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