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La columna de Hércules
por Hércules Delgadillo
Aunque no sea un asunto de la incumbencia de ustedes, han de saber que estoy ahorrando hasta el último centavo posible: un 30% en cigarros, el 50% en harina, casi 40% en libros, el 100% en gasolina; es decir, estoy fumando sólo dos cajetillas diarias, eliminé el pan de la cena, compro pura edición de bolsillo en librerías de viejo y le gorroneo aventón a quien se deje. Estoy ahorrando porque quiero viajar. Quiero ir a Albania.
Ya sé que me están leyendo con sorna: “¿No es una marca de zapatos?” “¿No se apellidaba así un cantante?” En cambio, los menos incultos: “¿Y dónde queda, tú?”
Confieso que yo hacía esta misma pregunta cada 24 años, que era la frecuencia promedio de mis encuentros con el nombre del ignoto país. Situado en pleno nudo de etnias y religiones en los Balcanes, su relación con la guerra reciente me pasó desapercibida puesto que, como bien saben, ni oigo ni veo ni leo las noticias. Mis allegados, conocedores de mi nulo gusto por maletas, hoteles y aeropuertos, se preguntan si la senilidad lleva consigo cambios abruptos en la disposición; mis pocos desplazamientos en el pasado remoto se debían a la petición expresa y mohína de mi adorada y congresoadicta esposa.
Me voy a Albania en un vuelo largo, extraño y misterioso que hace escala en viejos países recién nacidos. Desde Tirana partiré en una especie de peregrinaje por los 29 mil kilómetros cuadrados del territorio. Seré un peregrino mudo, puesto que el albanés es un idioma que sólo allá se habla, lleno de equis, haches, diéresis y acentos impronunciables para mí.
¿Y a qué voy? Deseo ver con mis propios ojos las Cumbres Malditas y los caminos serpenteantes siempre cubiertos de neblina que llevan a ellas. Quiero entrar en una kulla y ver a los montañeses con sus trajes de fieltro negro, y en las ciudades a los albaneses rehaciendo su vida sobre las estatuas destrozadas del líder vitalicio. Sueño con ir a las aguas del Adriático a ver Corfú desde lo lejos, para reconstruir la ruta de escape de los audaces inconformes. Anhelo escuchar a los aedas si es que queda alguno, ver los vestigios de la larga ocupación otomana, y charlar con los espías del régimen inhumano.
Todo esto lo deseo porque una mente excepcional me lo ha hecho deseable; como si, en épocas pasadas, me hubiese llegado una miniatura de una hermosa mujer misteriosa y yo fuera en su busca. El miniaturista es Ismaíl Kadaré.
(Continuará) |