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Experiencias
 


Núm. 38, octubre-diciembre 2007

[ Experiencias ]


Zapatistas en Universum

por Rosa E. Díaz Sandoval

El siguiente texto, publicado en el número 10 (septiembre de 2006) de La voz del casillero, boletín de los becarios de la DGDC, muestra que la divulgación científica, como labor de contextualizar el conocimiento científico y acercarlo al público lego, a través de ejemplos familiares, a veces enfrenta retos que no imaginamos… aunque quizá deberíamos imaginarlos.

Como anfitriona de Universum te puedes encontrar con una enorme variedad de gente, desde aquella que te trata como divinidad que ha llegado a la tierra para ofrecerles el preciado conocimiento de la ciencia, hasta otros que te hacen la vida de cuadritos, ya sea por el “sano” relajo que van armando durante toda la visita, o porque se sienten eruditos que pretenden examinarte para probar que ellos saben más que tú. La variedad es enorme, pero para mí siempre había estado dentro de una gama de actitudes que de alguna u otra manera eran conocidas.

A fines de septiembre de 1998 yo pertenecía a la Sala de Energía (hoy desaparecida) y, con algunos años de experiencia, había llegado al punto en que me parecía poder sobrellevar a todos los visitantes, e inclusive lograr con algunos una experiencia memorable, como ellos mismos terminaban opinando. Sin embargo, una tarde en la que se me ocurrió quedarme algunos minutos después de que el museo hubiera cerrado, tuve mi experiencia más extraña durante mi estancia en Universum. Uno de los responsables había recibido a un grupo singular, que en los siguientes días sería protagonista de una manifestación en el zócalo: los zapatistas. Por algún convenio o trato, o qué sé yo, les habían ofrecido un recorrido por cierta selección de salas del museo; Energía estaba incluida.

Los zapatistas que recibimos no tenían alto rango en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Eran sólo gente común (o soldados comunes). Ellos, vestidos con pantalón y camisa de manta; ellas, con blusas y faldas típicas, y cubiertas por un rebozo. No vimos ningún rostro, pues hasta los más pequeños traían pasamontañas. Imagínense la escena, por favor: algo verdaderamente extraño.

Cuando entraron a la sala no miraron lo que usualmente solía llamar la atención de otros visitantes: las fotografías que ilustraban las magnitudes de la energía, en potencias de 10, ni el paraguas sobre el que caía un rayo simulado. Ellos miraban, con signos evidentes de admiración y alegría, el video que hablaba sobre los movimientos de los animales (el cual, he de mencionar, casi ninguno de los otros visitantes apreciaba, con excepción de los niños muy pequeños). Los zapatistas hablaban poco y con mucha pena, pero pudimos saber que ellos no tenían televisión, y que era la primera vez que miraban una. Además, les llamó mucho la atención poder ver en ella escenas muy cercanas a su vida.

Tomamos la decisión de llevarlos a los dispositivos que siempre habían resultado muy atractivos para el resto del público: la bobina de Tesla y la montaña rusa. A mi compañero le tocó demostrar el primer dispositivo. No sé lo que pasó exactamente, pero aquellos visitantes no duraron ni dos minutos dentro de la cabina: en cuanto empezaron a ver las descargas eléctricas, muchos de ellos se asustaron y cuando uno de ellos las tocó, casi salta de rabia contra mi compañero… pero lo bueno es que no pasó a mayores. “¿Conocen la luz?”, les preguntamos, y la respuesta nos hizo ver que nuestra realidad y la de ellos parecían separarse cada vez más: “No en nuestra casa”.

La montaña rusa: era mi turno. Mis preguntas tomaron el siguiente orden, todas ellas con una rotunda negativa por respuesta: “¿conocen la montaña rusa de Chapultepec?, ¿han ido a alguna feria?, ¿han viajado en tren?”. Les interrogué si alguna vez habían viajado en una carretera, y parecieron alegrarse de que por fin nos entendiéramos en algo. “¡Sí”, me dijeron emocionados, y agregaron “cuando vinimos para acá”. ¡Vaya triunfo!: no me servía de nada. Me daba cuenta de que así como la realidad de ellos estaba tan lejana de la mía, ocurría lo mismo con mi conocimiento sobre esta gente de la que leemos tanto en los periódicos, pero de ahí no pasa.

Por fin recordé algo de lo cual me pude asir para explicar la famosa montaña rusa. Alguna vez, bajando la ladera de una montaña para llegar a un río, me comentaron los lugareños que la gente solía resbalarse muy seguido. ¡Esa sí que era conversión de energía potencial a cinética! “¿Alguna vez han resbalado de los montes?”, pregunté con aire triunfal, y por respuesta tuve un conjunto de crónicas y relatos sobre las experiencias de cada uno, acompañados por risas y secretitos entre ellos. Saqué al fin la canica con la que se ilustraba el funcionamiento de la montaña rusa, y les dije: “imagínense qué pasaría si nos resbaláramos de una montaña con esta forma”: solté la canica y ésta echó a rodar a la vista de los ojos emocionados, que destacaban entre los negros pasamontañas de los visitantes.

Después de eso, visitamos el resto de la sala. Nos era imposible, en muchos equipos, poder dar alguna explicación, pues no sabíamos cómo o nos daba temor lastimarlos, pero atendiendo a sus propias preguntas y a lo que les llamaba la atención, pudimos terminar exitosamente nuestro recorrido, recibiendo de ellos un agradecimiento callado y tímido.

No sé cuánto comprendieron de lo que les platicamos, pero espero que algo hayamos podido trasmitirles. Estoy segura de que yo, al menos, aprendí muchísimo más que en cualquiera de mis demás recorridos.

Rosa E. Díaz Sandoval fue, durante el siglo pasado, becaria de la Sala de Energía del museo Universum.


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