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La misión de un divulgador
por
Sergio de Régules
George
W. Bush subió animado la escalinata del Air Force One,
un espléndido Boeing 747 adornado con la insignia de la presidencia
de Estados Unidos. Bush iba dando saltitos de colegiala emocionada.
Detrás de él, su Asesor de Ciencia remontaba la escalinata
con paso más majestuoso. Ya acomodados en sus amplios asientos
y con sendos vasos de bourbon en la mano, los dos hombres
se pusieron a conversar.
—Dime, Sergio, ¿tú crees que el ejército
ya esté allá cuando yo llegue?
—Mmmh. Es muuuuuy lejos, George. El último pelotón
partió ayer. Yo creo que todavía van a tardar un rato.
Bush tamborileó distraídamente en el descansabrazos.
El leviatán de los aires entró en la pista y esperó
instrucciones.
—Váaaaaaamonos —vociferó el presidente.
El avión respondió con un bramido atronador de turbinas
voraces y Bush contuvo la respiración.
—Ay, es que detesto los despegues —le dijo a su asesor
científico.
El asesor reflexionaba, dándole sorbitos a su whisky. ¡Qué
fácil había sido convertirse en asesor científico
de Bush! No había tenido que presentar credenciales científicas;
le había bastado apersonarse en la Casa Blanca con una pancarta
que decía “¿Quiere aumentar el calentamiento
global? Pregúnteme cómo”. No le fue difícil
ganarse la confianza del presidente. Luego las bocinas ocultas en
la almohada, los mensajes subliminales mientras dormía. ¡Bush
creía que le hablaba Dios!
Veinte minutos antes de aterrizar en Cabo Cañaveral, Florida,
Bush se ausentó unos instantes y regresó vestido con
un overol anaranjado y casco de astronauta.
—Te ves muy bien, George. Seguro que vas a impresionar a todos
en el nuevo planeta.
—¿No quieres venir tú también? A lo mejor
hay asuntos científicos que resolver por allá: investigadores
necios que silenciar, directores de institutos que despedir…
—Naaaaaa —dijo su asesor científico—. Tengo
mucho trabajo. Además, para despedir directores de institutos
tú te pintas solo, tigre.
—Pero ¿estás seguro de que debo ir? ¿Qué
hay en ese planeta?
—Pues hay… ejém… agua —dijo el otro.
Luego prosiguió, inspirado: —Y donde hay agua hay vida
y donde hay vida hay árabes y donde hay árabes hay
petróleo y donde hay petróleo hay oportunidades para
Estados Unidos.
—Más que oportunidades, Sergio: es nuestro deber divino
invadir y apropiarnos de todo. Me lo dijo Dios ayer.
—Exacto: por eso tienes que ir tú mismo a dirigir la
operación. No podemos mandar a un idiota cualquiera.
El 747 se posó en la pista de Cabo Cañaveral como
una mariposa en una flor, pero con más estrépito.
En la plataforma de lanzamiento esperaba un cohete. Bush salió
corriendo con su traje de astronauta. El asesor científico
lo vio subirse y cerrar la portezuela. Luego se oyó un “váaaaaaamonos”
y el cohete despegó, rumbo al nuevo planeta, adonde llegaría
en 500 mil años.
De Régules, el asesor, sacó una cigarrera del bolsillo
de su traje Armani y encendió un cigarro con elegancia mientras
veía la fumarola plateada del cohete perderse en la estratósfera.
Acababa de salvar al mundo de su peor amenaza. ¡Y no eran
ni las diez!
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sregules@universum.unam.mx
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