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¿Cui bono, divulgador?
por
Martín Bonfil Olivera
El divulgador científico está destinado a vivir entre
dilemas.
Uno de ellos se comentó aquí, en el número
23 de nuestro boletín. Se trata de la “tensión
esencial”, uno de los problemas fundamentales de la divulgación,
consecuencia de las obligaciones simultáneas y opuestas de
buscar que el mensaje divulgativo sea interesante y accesible para
el público sin que por ello pierda (demasiado) rigor científico.
Pero la divulgación presenta muchos otros problemas. Y existe,
al menos, otra “tensión esencial” que está
también relacionada funda-mentalmente –como todo en
nuestra labor– con el público (única razón
de la existencia de comunicadores de la ciencia), y es también
omnipresente en cualquier proyecto de divulgación. Consiste
en la decisión de qué divulgar. Tiene, como
todo dilema, dos extremos.
Por un lado, como opción a primera vista obvia (muchos investigadores
metidos a divulgadores siguen creyendo, por desgracia, que es la
única posible) está la de divulgar aquello que a los
expertos les parece importante. Lo que el público “debe”
saber de ciencia.
Del otro lado tenemos la visión que busca darle gusto al
público, ofreciéndole lo que desea, lo que le gusta.
La opción “rigurosa” tiene la ventaja de satisfacer
lo que muchos científicos perciben como el “deber ser”
de la divulgación. A cambio, corre el riesgo de resultar
ajena, tediosa o complicada, y por tanto de llegar sólo a
una fracción reducida del público potencial (con frecuencia,
sólo a aquel que ya está interesado en la ciencia).
La divulgación “complaciente”, en cambio, se
acerca peligrosamente a convertirse en un mero pasatiempo intrascendente,
“muy interesante” pero, como lamenta Ernesto Sábato
en su conocido texto, que no aporta ya casi nada de ciencia real
a su muy satisfecho –y mucho más amplio– público.
Después de todo, si se trata de darle al público lo
que pide, más que de ciencia habría que hablar del
mundo del espectáculo.
Un mensaje que requiera gran rigor tendrá que limitarse a
llegar al público que esté dispuesto invertir el tiempo
y esfuerzo necesarios para asimilarlo. Uno diseñado para
ser muy interesante y accesible podrá llegar a un público
más amplio –sobre todo a ese público no interesado
en la ciencia, al que tanto nos urge acercarnos–, aunque quizá
deba renunciar a profundizar mucho.
¿Cómo puede el divulgador superar el dilema? Como
siempre, no hay recetas. Pero conviene tenerlo en mente, así
sea para recordar que todo extremo es malo y que, dependiendo de
la meta que busquemos, habrá que tomar decisiones que en
ocasiones resultarán dolorosas. Pero siempre será
útil preguntarse, como aconseja el adagio latino, cui
bono (a ¿quién beneficia?).
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