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Muégano académico
 


Julio - septiembre 2007

[ Muégano académico ]


Las cédulas del olvido

Juan Nepote

Este boletín pretende ser un foro para un diálogo entre los divulgadores científicos. El presente texto responde ampliamente a este deseo.

El número 36 de El muégano divulgador (abril-junio de 2007) incluye un par de artículos de esos que a uno lo dejan con ganas de seguir platicando: “Análisis de conciencia para los diseñadores de exhibiciones educativas” y “La elocuencia desencadenada”. El presente texto es un intento por continuar el diálogo que nos proponen Carmen Sánchez Mora y Sergio de Régules, autores de aquellos textos, asumiendo que El Muégano -entre otras muchas cosas- es una verdadera ágora, un buen espacio para la conversación.

Carmen alienta a “hacer una reflexión sobre nuestras prácticas más comunes de exhibición, sean estas conscientes o inconscientes (…)” y Sergio señala que “la elocuencia narrativa y el arrebato lírico escasean en las revistas científicas especializadas (…)”. Se antoja mezclar ambos planteamientos para hablar un poco sobre las cédulas que hacemos en nuestros museos de ciencia, lo que vendría a ser algo así como “Un análisis de conciencia para los escritores de cédulas de exhibiciones educativas, o la elocuencia apocada”. La justificación me viene de atestiguar que el olvido es el encargado de escribir la mayoría de nuestras cédulas, relegadas siempre al último momento, al instante del “ái escríbele algo”. Porque muchos de quienes trabajan en los museos de ciencia consideran que las cédulas son algo así como un mal necesario, un adorno poco lucidor o únicamente el sitio adecuado para colocar el nombre de una exhibición. Este desdén tiene su origen en la miopía que nos impide distinguir la riqueza que podríamos obtener del uso correcto del lenguaje escrito en nuestros museos. Las cédulas del olvido no consiguen más que alimentar el imperdonable círculo vicioso del “pus es que al cabo nadie lee…”

Paullette McManus, del University Collage de Londres, observó durante tres años la conducta de los visitantes en el Museo de Historia Natural de Nueva York. Sus primeros registros indicaban que casi la mitad de las personas parecía no leer las cédulas, que cuatro de cada diez daban breves ojeadas a los textos y que solamente una de ellas llevaba a cabo una “lectura de comprensión”. Pero McManus no se limitó a repetir el gastado mito de que “la gente no lee las cédulas”, sino que luego de perseguir por el museo -de la manera más británica y discreta posible, desde luego- encontró algo que tuvo a bien nombrar “text echos”: al escuchar las conversaciones de los visitantes encontró ciertas palabras, conceptos o datos que difícilmente habrían aparecido en la charla si estas personas no hubieran leído las cédulas.

¿Somos conscientes de la manera en como escribimos nuestras cédulas? ¿Hacemos que fomenten la conversación? ¿Las escribimos para una lectura individual y en silencio, o deseando que sean comentadas y leídas en voz alta? ¿Buscamos completar una exhibición, tratando de sustituir con textos un objeto ausente? ¿O nuestras cédulas tienen como objetivo complementar la experiencia del visitante del museo?

En la sala de matemáticas de Universum hubo una cédula que rezaba: “Para construir y estudiar el conjunto de Mandelbrot necesitamos trabajar con los números complejos. Los números complejos son expresiones de la forma a + bi, donde a y b son números reales, la adición y la multiplicación se definen formalmente suponiendo que i2= -1…”

Ante engendros como éste, convendría preguntarse: ¿escribimos cédulas a manera de “Todo lo que usted tiene que saber sobre este asunto en un pequeño espacio de menos de 50 centímetros”? ¿Nos esforzamos por incluir sólo una idea en cada cédula, o pretendemos desarrollar varios conceptos? ¿Diversificamos innecesariamente el tono de los textos en una misma cédula? ¿Consideramos que ciertos elementos de nuestras cédulas ofrecen información más relevante que otra? ¿Lo hacemos notorio en el diseño gráfico? ¿Proponemos, desde el diseño mismo, varias lecturas? ¿Hemos reflexionado acerca de los procesos de lectura de nuestros visitantes? ¿Tomamos en cuenta sus diferentes niveles de comprensión lectora?

Si damos un recorrido por los museos de ciencia, encontraremos un amplio surtido de cédulas: grabadas en placas de metal, impresas sobre papel con letras de colores, cédulas que parecen catálogos de tipografía, cédulas montadas sobre cristales; con formato horizontal o vertical, o con formas irregulares. Las hay que incluyen fotografías, dibujos o solamente textos. ¿Conocemos y aprovechamos los recursos contemporáneos del diseño gráfico? ¿Probamos con materiales y formatos “novedosos” para hacer nuestras cédulas? ¿Mantenemos un mismo criterio en cuanto a tamaño, color o tipografía? ¿Diferenciamos nuestras cédulas (textos instructivos, explicativos, etcétera) mediante algún elemento de diseño gráfico? ¿Tenemos un criterio para ubicar nuestras cédulas? ¿Nos valemos de esto para transmitir algún mensaje (las instrucciones sobre los objetos exhibidos, y las nociones generales en lonas, por ejemplo)? ¿Empleamos un tamaño de letra pertinente para que los mensajes sean legibles?

Una tarde, en el museo donde trabajo, un niño estaba frente a un aparato. El reto era pasar un lápiz de metal a través de un camino en forma de asterisco, cuidando de no tocar las orillas, para evitar que se activara una chicharra. Después del quincuagésimo intento fallido, con su respectivo quincuagésimo pitido, llegó el padre del susodicho niño y sin advertencia de por medio le soltó un contundente manazo en la cabeza, y luego le recetó a todo pulmón: “¡¿qué estás haciendo?! ¡¿No ves que primero hay que leer?!”

¿Cuál es la función de las cédulas en nuestros museos de ciencia? ¿Por qué y para qué las hacemos? ¿Sabemos qué esperan de ellas nuestros visitantes? ¿Las hacemos teniendo en mente la idea de que antes de manipular una exhibición hay que leer un texto? ¿O hay que leerlo después? ¿Al mismo tiempo? ¿Da lo mismo si nuestros visitantes no leen las cédulas? ¿Nos imaginamos sus diferentes momentos de lectura?

¿Cuántas personas intervienen en la escritura de nuestras cédulas? ¿Definimos un mismo tono para todas? ¿Priorizamos la narrativa, o el listado de “datos útiles”? ¿Echamos mano de ejemplos de la vida diaria? ¿Utilizamos metáforas, rimas u otros recursos literarios? ¿Escribimos textos que apelen a la imaginación? ¿Hacemos cédulas con mezclas transversales de temáticas? ¿Utilizamos el humor? ¿Usamos finales abiertos, posibilidades de continuidad? ¿Al diseñar una exhibición consideramos el tipo de cédula que tendrá?

En fin ¿escribimos cédulas o simplemente las redactamos? No se trata sólo de un juego de palabras, sino de la voluntad explícita por formar lectores de ciencia emocionados, en vez de cazadores de datos, definiciones y cifras para tapizar sus cuadernos. Se trata de incorporar consciente y creativamente los vastos recursos de la palabra escrita en la experiencia del museo. Ofrecer historias dignas de ser leídas. Historias que remitan a otras historias que nos conduzcan a otras historias que desemboquen en otras que…

Juan Nepote es físico, divulgador y especialista en museos de ciencia. Es coordinador de divulgación científica en el museo Trompo Mágico de Guadalajara, Jalisco.

Comentarios: nepote@gmail.com


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