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Las cédulas del olvido
Juan
Nepote
Este
boletín pretende ser un foro para un diálogo entre
los divulgadores científicos. El presente texto responde
ampliamente a este deseo.
El número 36 de El muégano divulgador (abril-junio
de 2007) incluye un par de artículos de esos que a uno lo
dejan con ganas de seguir platicando: “Análisis
de conciencia para los diseñadores de exhibiciones educativas”
y “La
elocuencia desencadenada”. El presente texto es un intento
por continuar el diálogo que nos proponen Carmen Sánchez
Mora y Sergio de Régules, autores de aquellos textos, asumiendo
que El Muégano -entre otras muchas cosas- es una
verdadera ágora, un buen espacio para la conversación.
Carmen
alienta a “hacer una reflexión sobre nuestras prácticas
más comunes de exhibición, sean estas conscientes
o inconscientes (…)” y Sergio señala que “la
elocuencia narrativa y el arrebato lírico escasean en las
revistas científicas especializadas (…)”. Se
antoja mezclar ambos planteamientos para hablar un poco sobre las
cédulas que hacemos en nuestros museos de ciencia, lo que
vendría a ser algo así como “Un análisis
de conciencia para los escritores de cédulas de exhibiciones
educativas, o la elocuencia apocada”. La justificación
me viene de atestiguar que el olvido es el encargado de escribir
la mayoría de nuestras cédulas, relegadas siempre
al último momento, al instante del “ái escríbele
algo”. Porque muchos de quienes trabajan en los museos de
ciencia consideran que las cédulas son algo así como
un mal necesario, un adorno poco lucidor o únicamente el
sitio adecuado para colocar el nombre de una exhibición.
Este desdén tiene su origen en la miopía que nos impide
distinguir la riqueza que podríamos obtener del uso correcto
del lenguaje escrito en nuestros museos. Las cédulas del
olvido no consiguen más que alimentar el imperdonable círculo
vicioso del “pus es que al cabo nadie lee…”
Paullette McManus, del University Collage de Londres, observó
durante tres años la conducta de los visitantes en el Museo
de Historia Natural de Nueva York. Sus primeros registros indicaban
que casi la mitad de las personas parecía no leer las cédulas,
que cuatro de cada diez daban breves ojeadas a los textos y que
solamente una de ellas llevaba a cabo una “lectura de comprensión”.
Pero McManus no se limitó a repetir el gastado mito de que
“la gente no lee las cédulas”, sino que luego
de perseguir por el museo -de la manera más británica
y discreta posible, desde luego- encontró algo que tuvo a
bien nombrar “text echos”: al escuchar las
conversaciones de los visitantes encontró ciertas palabras,
conceptos o datos que difícilmente habrían aparecido
en la charla si estas personas no hubieran leído las cédulas.
¿Somos
conscientes de la manera en como escribimos nuestras cédulas?
¿Hacemos que fomenten la conversación? ¿Las
escribimos para una lectura individual y en silencio, o deseando
que sean comentadas y leídas en voz alta? ¿Buscamos
completar una exhibición, tratando de sustituir con textos
un objeto ausente? ¿O nuestras cédulas tienen como
objetivo complementar la experiencia del visitante del museo?
En la
sala de matemáticas de Universum hubo una cédula
que rezaba: “Para construir y estudiar el conjunto de Mandelbrot
necesitamos trabajar con los números complejos. Los números
complejos son expresiones de la forma a + bi, donde a y b son números
reales, la adición y la multiplicación se definen
formalmente suponiendo que i2= -1…”
Ante
engendros como éste, convendría preguntarse: ¿escribimos
cédulas a manera de “Todo lo que usted tiene que saber
sobre este asunto en un pequeño espacio de menos de 50 centímetros”?
¿Nos esforzamos por incluir sólo una idea en cada
cédula, o pretendemos desarrollar varios conceptos? ¿Diversificamos
innecesariamente el tono de los textos en una misma cédula?
¿Consideramos que ciertos elementos de nuestras cédulas
ofrecen información más relevante que otra? ¿Lo
hacemos notorio en el diseño gráfico? ¿Proponemos,
desde el diseño mismo, varias lecturas? ¿Hemos reflexionado
acerca de los procesos de lectura de nuestros visitantes? ¿Tomamos
en cuenta sus diferentes niveles de comprensión lectora?
Si
damos un recorrido por los museos de ciencia, encontraremos un amplio
surtido de cédulas: grabadas en placas de metal, impresas
sobre papel con letras de colores, cédulas que parecen catálogos
de tipografía, cédulas montadas sobre cristales; con
formato horizontal o vertical, o con formas irregulares. Las hay
que incluyen fotografías, dibujos o solamente textos. ¿Conocemos
y aprovechamos los recursos contemporáneos del diseño
gráfico? ¿Probamos con materiales y formatos “novedosos”
para hacer nuestras cédulas? ¿Mantenemos un mismo
criterio en cuanto a tamaño, color o tipografía? ¿Diferenciamos
nuestras cédulas (textos instructivos, explicativos, etcétera)
mediante algún elemento de diseño gráfico?
¿Tenemos un criterio para ubicar nuestras cédulas?
¿Nos valemos de esto para transmitir algún mensaje
(las instrucciones sobre los objetos exhibidos, y las nociones generales
en lonas, por ejemplo)? ¿Empleamos un tamaño de letra
pertinente para que los mensajes sean legibles?
Una
tarde, en el museo donde trabajo, un niño estaba frente a
un aparato. El reto era pasar un lápiz de metal a través
de un camino en forma de asterisco, cuidando de no tocar las orillas,
para evitar que se activara una chicharra. Después del quincuagésimo
intento fallido, con su respectivo quincuagésimo pitido,
llegó el padre del susodicho niño y sin advertencia
de por medio le soltó un contundente manazo en la cabeza,
y luego le recetó a todo pulmón: “¡¿qué
estás haciendo?! ¡¿No ves que primero hay que
leer?!”
¿Cuál
es la función de las cédulas en nuestros museos de
ciencia? ¿Por qué y para qué las hacemos? ¿Sabemos
qué esperan de ellas nuestros visitantes? ¿Las hacemos
teniendo en mente la idea de que antes de manipular una exhibición
hay que leer un texto? ¿O hay que leerlo después?
¿Al mismo tiempo? ¿Da lo mismo si nuestros visitantes
no leen las cédulas? ¿Nos imaginamos sus diferentes
momentos de lectura?
¿Cuántas
personas intervienen en la escritura de nuestras cédulas?
¿Definimos un mismo tono para todas? ¿Priorizamos
la narrativa, o el listado de “datos útiles”?
¿Echamos mano de ejemplos de la vida diaria? ¿Utilizamos
metáforas, rimas u otros recursos literarios? ¿Escribimos
textos que apelen a la imaginación? ¿Hacemos cédulas
con mezclas transversales de temáticas? ¿Utilizamos
el humor? ¿Usamos finales abiertos, posibilidades de continuidad?
¿Al diseñar una exhibición consideramos el
tipo de cédula que tendrá?
En fin
¿escribimos cédulas o simplemente las redactamos?
No se trata sólo de un juego de palabras, sino de la voluntad
explícita por formar lectores de ciencia emocionados, en
vez de cazadores de datos, definiciones y cifras para tapizar sus
cuadernos. Se trata de incorporar consciente y creativamente los
vastos recursos de la palabra escrita en la experiencia del museo.
Ofrecer historias dignas de ser leídas. Historias que remitan
a otras historias que nos conduzcan a otras historias que desemboquen
en otras que…
Juan
Nepote es físico, divulgador y especialista en museos de
ciencia. Es coordinador de divulgación científica
en el museo Trompo Mágico de Guadalajara, Jalisco.
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nepote@gmail.com
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