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¿Cultura científica?: cultura a secas
Carlos
Chimal
Carlos
Chimal, uno de los divulgadores que cultivan más consistentemente
el lado literario de la divulgación científica, nos
ofrece aquí sus reflexiones sobre lo que llamamos cultura
científica.
Lo que sigue es parte de una bitácora sobre lo que significa
ser un escritor en busca de tema, alguien que viaja porque no hay
nada mejor que hacer, alguien que desea escribir para otros seminómadas,
como los miles que ahora mismo están cruzando las fronteras
en todo el mundo.
Enero. Para empezar, déjenme llamarle
cultura a secas, si a lo que vivimos en los tiempos que corren puede
llamársele así. Desde luego, para los iconoclastas
y nihilistas, todo es cultura, hasta los iluminados darkies
que se arrastran por las calles con un Chucky en sus espaldas dictándoles
poesía goliarda. Y lo son. De alguna y retorcida manera todos
son parte de la cultura: ventrílocuos y médiums, saltimbanquis
y grafómanos insatisfechos porque su ego no ha sido sobado
lo suficiente ese día. Lo son también las píldoras
de la gran cultura, a pesar de su fatiga estética, de la
aburrida parafernalia de las artes visuales en una sociedad obesa
enamorada de sus modelos anoréxicos.
Febrero. ¿Por qué insistir,
pues, en popularizar la ciencia, cuando el mundo alrededor parece
una iglesia rococó de Baviera, luego de que el guardián
de la fortaleza de Cracovia pasara a mejor vida? ¿Cómo
puede arraigarse el pensamiento y el espíritu científicos
en una cultura dominada por la obsesión de, en palabras de
Stanislaw Ulam, establecer diferencias sutiles entre diversos géneros
de sinsentidos?
Marzo. Parte del problema radica en la
tergiversación de lo que se entiende como denominador común
estético y ético de la ciencia y una parte del arte
como representante de las mejores aspiraciones de la sociedad. Ahí
caben, por ejemplo, lo simple y lo complejo. Un templo griego clásico
es hermoso, lo mismo que una molécula en forma de dodecaedro.
Pero cuando ese arte se ve desbordado, oscurecido por la jerga y
el frenesí de la especulación económica, y
el ritual diluido de interés y novedad que padecemos hoy
en día lo condena a un elitismo altisonante, ecléctico,
pirotécnico, entonces aparece el rococó. Lo mismo
sucede a la divulgación; es inevitablemente mediática.
Como pasa también con la ciencia de nuestros días,
que en una sinergia centenaria con la producción tecnológica
se ha enfrentado a toda clase de desafíos intelectuales (por
ejemplo, hasta no hace mucho tiempo se decía que no se podía
ver átomos; hoy se manipulan uno por uno), dilemas morales
(la clonación), fenómenos sociales (como el ascenso
de la clase “biotecnológica”), incluso sucesos
políticos (tal es el caso del otorgamiento de patentes a
empresas privadas sobre especies que han alimentado a la humanidad
y sus animales asociados durante siglos). Y no está exenta
de verse desbordada por una estética perniciosa, un elitismo
ecléctico y pirotécnico, una forma de vida rococó.
Abril. Algunos previeron desde hace unos
20 años el fin de la ciencia, es decir, la ausencia de nuevos
y espectaculares paradigmas. Esto parece afectar la divulgación,
dado que los dueños de los medios prefieren noticias llamativas.
Entonces el divulgador tiene que echar mano de su imaginación
para inventarse la nota del día. Como buen fisgón,
debe fisgar en otros terrenos. Sin duda, por ejemplo, tendría
que haber sido el divulgador quien apelara a la razón sobre
la fantasía de los tiburoneros sobrevivientes. O el que atemperara
las opiniones sobre los rostros de Marte, nota que ha estado girando
décadas entre conocidos ufólogos como Jaime Mausán
y Pedro Ferriz. O el que, respecto del aborto, invitara al público
a sacar la discusión del ámbito religioso y pensar
en el problema de salud pública que conlleva mantenerlo ilegal.
Pero, en el fondo, debe ser como cualquier otro contador de historias,
quien no puede hacer nada para evitar echar mano de los mismos cinco
o seis temas que nutren al arte, la literatura y la poesía
desde siempre.
Mayo. No querer saber sobre el mundo y
sobre nosotros mismos si no es por el camino de la verdad revelada
forma parte del miedo atávico al futuro. El cambio climático
no ayuda; los ecofreaks no ayudan. Algo similar sucede
con el arte y la literatura contemporáneos frente al público:
ambos padecen de una especie de fatiga estética y miedo por
no saber qué hacer con su próxima historia. Pero el
negocio aún es lucrativo y el show debe de continuar.
Junio. ¿Por qué insistir,
pues, en este loco despropósito, como diría Gracián?
¿No debería sobreentenderse que saber dónde
poner un pararrayos en una iglesia no está reñido
con rezar dentro de ella?
Julio. El problema es que más de
la mitad de la población en el mundo, entre otras cosas,
no sabe lo que es un pararrayos ni ha hecho una llamada por teléfono
en su vida. Y donde hay progreso, muchos sienten miedo, no importa
su ubicación en el estrato social. No creen en el progreso
y llevan una calculadora en el bolsillo, construyen sus casas en
zonas magnéticas favorables y consultan a los astrólogos
(sobre todo si son políticos). No leen más que las
melifluas verdades a medias, al estilo de Paulo Coelho, y se apasionan
con la probable vida sentimental de Jesús en la versión
de Dan Brown.
Agosto. Los recientes intentos por sustituir
la idea de la evolución con una nueva modalidad alucinada
del creacionismo, a la que llaman “diseño inteligente”,
nos confirman que, en una cultura sincrética, muchos viven
una aparentemente inocua esquizofrenia. Otro ejemplo de la mediana
locura que afecta a quienes creen que han reencontrado la fe es
el eufemismo “inteligencia emocional” para referirse
a la búsqueda de la felicidad en el absurdo cotidiano.
Septiembre. Un joven biólogo confesaba
una vez que, para él, las ideas de Darwin y compañía
eran impecables pero que, como él creía en Dios, pensaba
educar a sus hijos con la razón de la Biblia. Me hace recordar
la anécdota que cuenta Roger Caillois de algún enciclopedista
que se acercó a Mme. du Deffand en su célebre salón
Fontenelle para preguntarle: “¿y usted, señora,
cree en fantasmas”, a lo que ella respondió: “no,
querido, pero les temo”.
Octubre. Sin embargo, no todo está
perdido. Hay un terreno común entre los intereses de la sociedad
y lo que la ciencia puede hacer en los próximos decenios.
Y el terreno común lo constituye el esfuerzo compartido y
complementario (Bohr dixit) de muchas personas por entender
cabalmente el mundo dentro y alrededor de nosotros. Sólo
así podremos hacérselo sentir a los niños y
jóvenes, pues de ellos es el futuro que se avecina.
Carlos
Chimal es novelista interesado en la comprensión pública
de la ciencia; su libro más reciente es la novela Escaramuza
(Punto de Lectura).
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