Secciones:
 
Ideas
 


Julio - septiembre 2007

[ Ideas ]


¿Cultura científica?: cultura a secas

Carlos Chimal

Carlos Chimal, uno de los divulgadores que cultivan más consistentemente el lado literario de la divulgación científica, nos ofrece aquí sus reflexiones sobre lo que llamamos cultura científica.

Lo que sigue es parte de una bitácora sobre lo que significa ser un escritor en busca de tema, alguien que viaja porque no hay nada mejor que hacer, alguien que desea escribir para otros seminómadas, como los miles que ahora mismo están cruzando las fronteras en todo el mundo.

Enero. Para empezar, déjenme llamarle cultura a secas, si a lo que vivimos en los tiempos que corren puede llamársele así. Desde luego, para los iconoclastas y nihilistas, todo es cultura, hasta los iluminados darkies que se arrastran por las calles con un Chucky en sus espaldas dictándoles poesía goliarda. Y lo son. De alguna y retorcida manera todos son parte de la cultura: ventrílocuos y médiums, saltimbanquis y grafómanos insatisfechos porque su ego no ha sido sobado lo suficiente ese día. Lo son también las píldoras de la gran cultura, a pesar de su fatiga estética, de la aburrida parafernalia de las artes visuales en una sociedad obesa enamorada de sus modelos anoréxicos.

Febrero. ¿Por qué insistir, pues, en popularizar la ciencia, cuando el mundo alrededor parece una iglesia rococó de Baviera, luego de que el guardián de la fortaleza de Cracovia pasara a mejor vida? ¿Cómo puede arraigarse el pensamiento y el espíritu científicos en una cultura dominada por la obsesión de, en palabras de Stanislaw Ulam, establecer diferencias sutiles entre diversos géneros de sinsentidos?

Marzo. Parte del problema radica en la tergiversación de lo que se entiende como denominador común estético y ético de la ciencia y una parte del arte como representante de las mejores aspiraciones de la sociedad. Ahí caben, por ejemplo, lo simple y lo complejo. Un templo griego clásico es hermoso, lo mismo que una molécula en forma de dodecaedro. Pero cuando ese arte se ve desbordado, oscurecido por la jerga y el frenesí de la especulación económica, y el ritual diluido de interés y novedad que padecemos hoy en día lo condena a un elitismo altisonante, ecléctico, pirotécnico, entonces aparece el rococó. Lo mismo sucede a la divulgación; es inevitablemente mediática. Como pasa también con la ciencia de nuestros días, que en una sinergia centenaria con la producción tecnológica se ha enfrentado a toda clase de desafíos intelectuales (por ejemplo, hasta no hace mucho tiempo se decía que no se podía ver átomos; hoy se manipulan uno por uno), dilemas morales (la clonación), fenómenos sociales (como el ascenso de la clase “biotecnológica”), incluso sucesos políticos (tal es el caso del otorgamiento de patentes a empresas privadas sobre especies que han alimentado a la humanidad y sus animales asociados durante siglos). Y no está exenta de verse desbordada por una estética perniciosa, un elitismo ecléctico y pirotécnico, una forma de vida rococó.

Abril. Algunos previeron desde hace unos 20 años el fin de la ciencia, es decir, la ausencia de nuevos y espectaculares paradigmas. Esto parece afectar la divulgación, dado que los dueños de los medios prefieren noticias llamativas. Entonces el divulgador tiene que echar mano de su imaginación para inventarse la nota del día. Como buen fisgón, debe fisgar en otros terrenos. Sin duda, por ejemplo, tendría que haber sido el divulgador quien apelara a la razón sobre la fantasía de los tiburoneros sobrevivientes. O el que atemperara las opiniones sobre los rostros de Marte, nota que ha estado girando décadas entre conocidos ufólogos como Jaime Mausán y Pedro Ferriz. O el que, respecto del aborto, invitara al público a sacar la discusión del ámbito religioso y pensar en el problema de salud pública que conlleva mantenerlo ilegal. Pero, en el fondo, debe ser como cualquier otro contador de historias, quien no puede hacer nada para evitar echar mano de los mismos cinco o seis temas que nutren al arte, la literatura y la poesía desde siempre.

Mayo. No querer saber sobre el mundo y sobre nosotros mismos si no es por el camino de la verdad revelada forma parte del miedo atávico al futuro. El cambio climático no ayuda; los ecofreaks no ayudan. Algo similar sucede con el arte y la literatura contemporáneos frente al público: ambos padecen de una especie de fatiga estética y miedo por no saber qué hacer con su próxima historia. Pero el negocio aún es lucrativo y el show debe de continuar.

Junio. ¿Por qué insistir, pues, en este loco despropósito, como diría Gracián? ¿No debería sobreentenderse que saber dónde poner un pararrayos en una iglesia no está reñido con rezar dentro de ella?

Julio. El problema es que más de la mitad de la población en el mundo, entre otras cosas, no sabe lo que es un pararrayos ni ha hecho una llamada por teléfono en su vida. Y donde hay progreso, muchos sienten miedo, no importa su ubicación en el estrato social. No creen en el progreso y llevan una calculadora en el bolsillo, construyen sus casas en zonas magnéticas favorables y consultan a los astrólogos (sobre todo si son políticos). No leen más que las melifluas verdades a medias, al estilo de Paulo Coelho, y se apasionan con la probable vida sentimental de Jesús en la versión de Dan Brown.

Agosto. Los recientes intentos por sustituir la idea de la evolución con una nueva modalidad alucinada del creacionismo, a la que llaman “diseño inteligente”, nos confirman que, en una cultura sincrética, muchos viven una aparentemente inocua esquizofrenia. Otro ejemplo de la mediana locura que afecta a quienes creen que han reencontrado la fe es el eufemismo “inteligencia emocional” para referirse a la búsqueda de la felicidad en el absurdo cotidiano.

Septiembre. Un joven biólogo confesaba una vez que, para él, las ideas de Darwin y compañía eran impecables pero que, como él creía en Dios, pensaba educar a sus hijos con la razón de la Biblia. Me hace recordar la anécdota que cuenta Roger Caillois de algún enciclopedista que se acercó a Mme. du Deffand en su célebre salón Fontenelle para preguntarle: “¿y usted, señora, cree en fantasmas”, a lo que ella respondió: “no, querido, pero les temo”.

Octubre. Sin embargo, no todo está perdido. Hay un terreno común entre los intereses de la sociedad y lo que la ciencia puede hacer en los próximos decenios. Y el terreno común lo constituye el esfuerzo compartido y complementario (Bohr dixit) de muchas personas por entender cabalmente el mundo dentro y alrededor de nosotros. Sólo así podremos hacérselo sentir a los niños y jóvenes, pues de ellos es el futuro que se avecina.

Carlos Chimal es novelista interesado en la comprensión pública de la ciencia; su libro más reciente es la novela Escaramuza (Punto de Lectura).


Para ver archivos PDF necesitas Acrobat Reader


El Muégano Divulgador, boletín mensual para divulgadores. Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM. 3er. piso de Universum, zona cultural, Ciudad Universitaria, Coyoacán, México DF. Tel. 56-22-72-92 y 93. muegano@universum.unam.mx
Las opiniones expresadas en los textos firmados son responsabilidad de sus autores y no
necesariamente reflejan el punto de vista de la institución. El material se publica con propósitos de difusión y sin fines de lucro. Para cualquier aclaración, favor de ponerse en contacto con el editor.