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La columna de Hércules
 


Julio - septiembre 2007

[ La columna de Hércules ]


Disney Divulgador

por Hércules Delgadillo

Mi madre, ardiente puritana de lo literario, se indignaba sobremanera a la vista de los “Clásicos ilustrados”, colección de cómics cuyos argumentos eran resúmenes abreviados de obras maestras de la literatura universal. En qué cabeza cabe, decía, pretender que se puede en unas cuantas líneas mostrar la riqueza del idioma, lo conmovedor de los personajes, la gracia de las situaciones, lo profundo de las reflexiones del autor del Quijote. Y cómo es posible que alguien crea que esas cualidades intangibles puedan “ilustrarse” con dibujitos.

Mi padre, ingeniero constructor de puentes, defensor de lo práctico, le contestaba: mujer, ponte a pensar que para muchos es la única oportunidad de saber que el Quijote existe. ¿No te parece suficiente mérito?

Mi madre, que no dejaba argumento sin rebatir, le aclaraba que valoraba la profundidad de la obra, por lo que se oponía a la exposición pública de sus elementos superficiales; como si se dijera que el Quijote trata de “aventuras de un loco y su escudero”.

Mi padre tampoco era de fácil aquiescencia: pero mujer, respondía, está probado que ni los planes de estudio de la enseñanza secundaria y preparatoria, ni amenazas, premios o castigos, y mucho menos la certidumbre de unos cuantos sobre la excelsitud de la literatura, han logrado cambiar el panorama. Démosle a los que no gozan de ella la oportunidad de un mínimo acercamiento.

La discusión podía seguir durante días, siempre respetuosa. Luego cambiaba al tema de la música llamada “clásica”, y aquí el reo de mamá era la película Fantasía, y el crimen, lo que hizo Disney con algunas composiciones musicales. Papá se ponía en los zapatos de aquellos cuyo único acceso a la música culta es “El aprendiz de brujo”, con todo y el abominable ratón y su escoba. ¿Es mejor un poquito de cultura, aunque deformada, que nada? Ésta era la duda. Y yo la he heredado.

Una buena parte del público actual puede reconocer el nombre Einstein, junto con el ícono del científico bonachón-greñudo-distraído: genial. Si nos va bien, sabrán que era un físico, y tal vez hasta mencionen la palabra relativo. En su “clásico ilustrado” aparecería, de seguro, esa imagen y el siguiente argumento: “simpático científico descubre relatividad”. ¿Es mejor, me pregunto como puritano de la ciencia, que la gente no la conozca si va a ser en versión superficial; o, como tendedor de puentes, que por lo menos pueda distinguir a un científico de un futbolista?

Considérense mis dignos herederos.


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