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Disney Divulgador
por
Hércules Delgadillo
Mi
madre, ardiente puritana de lo literario, se indignaba sobremanera
a la vista de los “Clásicos ilustrados”, colección
de cómics cuyos argumentos eran resúmenes abreviados
de obras maestras de la literatura universal. En qué cabeza
cabe, decía, pretender que se puede en unas cuantas líneas
mostrar la riqueza del idioma, lo conmovedor de los personajes,
la gracia de las situaciones, lo profundo de las reflexiones del
autor del Quijote. Y cómo es posible que alguien crea que
esas cualidades intangibles puedan “ilustrarse” con
dibujitos.
Mi padre, ingeniero constructor de puentes, defensor de lo práctico,
le contestaba: mujer, ponte a pensar que para muchos es la única
oportunidad de saber que el Quijote existe. ¿No te parece
suficiente mérito?
Mi madre, que no dejaba argumento sin rebatir, le aclaraba que valoraba
la profundidad de la obra, por lo que se oponía a la exposición
pública de sus elementos superficiales; como si se dijera
que el Quijote trata de “aventuras de un loco y su escudero”.
Mi padre tampoco era de fácil aquiescencia: pero mujer, respondía,
está probado que ni los planes de estudio de la enseñanza
secundaria y preparatoria, ni amenazas, premios o castigos, y mucho
menos la certidumbre de unos cuantos sobre la excelsitud de la literatura,
han logrado cambiar el panorama. Démosle a los que no gozan
de ella la oportunidad de un mínimo acercamiento.
La discusión podía seguir durante días, siempre
respetuosa. Luego cambiaba al tema de la música llamada “clásica”,
y aquí el reo de mamá era la película Fantasía,
y el crimen, lo que hizo Disney con algunas composiciones musicales.
Papá se ponía en los zapatos de aquellos cuyo único
acceso a la música culta es “El aprendiz de brujo”,
con todo y el abominable ratón y su escoba. ¿Es mejor
un poquito de cultura, aunque deformada, que nada? Ésta era
la duda. Y yo la he heredado.
Una buena parte del público actual puede reconocer el nombre
Einstein, junto con el ícono del científico
bonachón-greñudo-distraído: genial. Si nos
va bien, sabrán que era un físico, y tal vez hasta
mencionen la palabra relativo. En su “clásico
ilustrado” aparecería, de seguro, esa imagen y el siguiente
argumento: “simpático científico descubre relatividad”.
¿Es mejor, me pregunto como puritano de la ciencia, que la
gente no la conozca si va a ser en versión superficial; o,
como tendedor de puentes, que por lo menos pueda distinguir a un
científico de un futbolista?
Considérense mis dignos herederos.
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