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Modelos
por
Sergio de Régules
Mi
trabajo consiste en parte en maquillar textos de prosa divulgativa
para dejarlos publicables. A veces esta tarea es como retocar a
Halle Berry, otras como poner a un atropellado visible para el funeral;
pero de todos los textos he sacado provecho. Gracias a este trabajo
he logrado discernir varios modelos de divulgación, varias
formas de proceder que implican ciertas suposiciones interesantísimas
acerca de quién es el lector y lo que significa divulgar.
Aquí les presento unos cuantos.
El modelo depredatorio: En este modelo el lector
es como una presa: hay que agarrarlo desprevenido, atacarlo por
sorpresa y saltarle al cuello antes de que tenga tiempo de huir,
o siquiera de darse cuenta de que le llegó la hora. He aquí
un ejemplo anotado:
“Amiguito, ¿sabías que todos tenemos genes?
(Perfecto: el lector no sospecha nada. Engañado por nuestra
amabilidad rayana en la ñoñería, se deja llevar
y sigue leyendo.) Los genes son como unas semillitas que hacen
que nos parezcamos a mamita, a papito o al cartero. (El lector
está medio atontado. Es el momento de atacar sin piedad).
Se sabe que muchas especies de Drosophila son polimórficas
para inversiones cromosomales. Éstas se detectan fácilmente
por examen citológico de los núcleos de las glándulas
salivales larvales”.
Misión cumplida. El enemigo (o sea, el lector) ha muerto,
pero la ciencia se ha presentado con fidelidad y pureza, que es
lo que importa en este modelo.
El modelo de déficit: Este socorrido modelo
conlleva la idea central de que cualquier investigador puede ser
divulgador, porque divulgar es como dar clases, pero para tontos.
El término déficit se refiere, desde luego,
al déficit de habilidad divulgativa de los autores que lo
emplean. Igual que en el modelo depredatorio, en el modelo de déficit
se emplea mucho lenguaje técnico, pero no para transmitir
un mensaje científico impoluto, sino para apantallar al lector.
Es muy importante que el lector, que no sabe nada, crea que nosotros
sí sabemos mucho. Que el lector sepa quién manda es
lo único que importa.
El modelo NPI: Es especial para investigadores
benévolos que, sin experiencia en divulgación, han
decidido bajar del empíreo y desparramar algunas margaritas
de sabiduría científica entre los cerdos (el público,
¿quién más?). El siguiente ejemplo deja clarísimo
el porqué de las siglas NPI: “Amiguito, ¿sabías
que todos tenemos genes? (Dobzhansky, et al., 1937; Maynard
Smith, 1964; Dawkins, 1976)”.
Para terminar me gustaría discutir otro modelo, pero no de
divulgación, sino de evaluación de la divulgación:
lo que yo llamo el modelo de evaluación por dispares.
A los divulgadores universitarios no nos evalúan nuestros
semejantes, sino unos señores que se dedican profesionalmente
a otra cosa: la investigación científica. Debe ser
muy buena idea, no digo que no. Pero a mí me parece que pedirles
a unos investigadores que evalúen el trabajo de los divulgadores
es igual de lógico que creer que el mejor juez de unas pechuguitas
cordon bleu es el pollo.
Comentarios:
sregules@universum.unam.mx
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