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Realidades de la ciencia y bien común
Mariana
Espinosa Aldama
Este
texto, inspirado en la lectura de la antología Todo por saber
y la experiencia de su autora durante el Diplomado en Divulgación
de la Ciencia de la UNAM, muestra que la labor de comunicar la ciencia
al público de un país como el nuestro es una cuestión
más compleja de lo que parece.
Mi vecino del 3 es un ingeniero sin especialización de unos
58 años. Desde hace mucho se quedó sin trabajo y para
mantener a su familia realiza todo tipo de arreglos: plomería,
albañilería y pintura. En varias ocasiones me ha ajustado
el automóvil, la bomba del agua y el interfón. Según
cuenta Óscar, su padre le enseñó a hacer todo
tipo de arreglos: “uno debería saber cómo resolver
sus problemas diarios, sus necesidades básicas; y no necesitar
de mecánicos, plomeros ni electricistas”.
La realidad de Óscar contrasta mucho con la de muchos especialistas
que conozco, en especial con la de mi vecino de oficina, Xavier,
un joven cosmólogo que no sabe nada de arreglos que no sean
atómicos; no cambia un fusible o un empaque, aunque curiosamente
dice ser muy bueno cambiando llantas ponchadas. A Xavier le paga
el pueblo por sus investigaciones y por dar clases; pero sobre todo,
por vivir en un mundo de ensoñaciones fantásticas
como los hoyos negros: estas singularidades del universo construidas
a partir de conjeturas razonadas, y que podrían funcionar
como túneles en el espacio-tiempo pero de cuyo interior en
realidad no se sabe nada.
El cosmólogo vive entre los límites de la ciencia
y la fantasía, tratando de expandir el círculo del
conocimiento; sueña con colisiones de masas supercompactas,
con materia indetectable y fuerzas oscuras. Por lo mismo, el contacto
entre el trabajo de Xavier y la realidad cotidiana podría
decirse que es nulo, y sus conocimientos de física no le
son útiles para arreglar un desperfecto casero. En un país
en que el desempleo y la pobreza abundan, parece contradictorio
que sea él quien recibe apoyo del gobierno y no Óscar.
Hablar sobre quién, cómo y por qué debe recibir
apoyos del gobierno es hablar, por un lado, de modelos económicos
y políticos; por el otro, de las necesidades y consecuencias
de divulgar la ciencia de frontera. Actualmente vivimos en un estado
capitalista neoliberal, en donde prevalece la ley de la selva para
quienes, como Óscar, no lograron entrar bajo el cobijo de
instituciones de un antiguo régimen más protector.
Es claro que nuestro país no puede funcionar en un régimen
selvático, pues son demasiados los que no sobreviven; que
es urgente un cambio a un régimen más equitativo.
Pero ¿será correcta la dirección que Harald
Fritzsch propone en su ensayo “El universo de la mente”
(incluido en la antología Todo por saber, de Nemesio Chávez,
DGDC-UNAM, 1999) cuando dice que “Los especialistas científicos
que no puedan convencer al público de la importancia de su
trabajo no merecen el apoyo público ni privado para esos
trabajos”?
Fritzsch cuestiona el propósito que lleva la expansión
del conocimiento científico y tecnológico, al parecer
infinitos como la mente. ¿Con qué fin han de avanzar
la ciencia y la tecnología? ¿Y con qué fin
ha de conocer la gente estos avances?
Para la sociedad, el trabajo de científicos y técnicos
debiera estar dirigido a resolver los problemas que afectan el bienestar
común; problemas sobre energéticos renovables, de
contaminación ambiental, de salud, etcétera. Para
el gobierno, apoyar y encausar estas investigaciones debiera ser
primordial e imperativo; sin embargo las fuerzas eco-nómicas
que controlan el dinero (banqueros, petroleros, etcétera)
hacen todo lo posible por exprimir a los pueblos subdesarrollados
antes de que estalle una nueva revolución cuando el petróleo
y el agua se acaben, o antes tal vez.
Curiosamente, en caso de guerra, de que el sistema se caiga, de
mis dos vecinos quien se encontraría mejor adaptado para
sobrevivir sería Óscar. Sus conocimientos generales,
de amateur, podría decirse, le son suficientes para resolver
problemas reales. Xavier, en cambio, difícilmente encontraría
quién apoyara sus ensoñaciones cuánticas.
Para el individuo y la sociedad, la ciencia de frontera es tan frágil
como el arte; es reflejo de la cultura social, del bienestar social
y cuna de los saltos paradigmáticos... pero es en las investigaciones
de frontera, las reacciones nucleares, las antipartículas,
la química orgánica y la genética donde podrían
encontrarse soluciones a los problemas que el mismo avance tecnológico,
el supuesto progreso, ha ocasionado. Por lo mismo esta actividad
debiera ser protegida por el sistema. Más aún: si
viviéramos en un sistema ideal, equitativo, justo, donde
la felicidad de los individuos radica en la libertad de elegir,
entonces un “arte” como el de Xavier debería
ser apoyado, impulsado y protegido; libre de todo fin específico.
Un cambio en el sistema económico y político también
incluiría un cambio en la filosofía de vida y del
concepto de felicidad, y una reevaluación del rumbo que deben
llevar el desarrollo tecnológico y la cultura científica.
Habría que cuestionarse si el hecho de poseer un automóvil
hace más o menos felices a los individuos que el haber poseído
un caballo. Si la gasolina, el pago de tenencia, de verificación
y de seguros son más económicos que la paja y la alfalfa.
Si meterse debajo de un grasiento motor es menos engorroso que una
visita al veterinario, si el olor a gasolina es preferible al del
estiércol (magnífico abono, por cierto). Más
aún: si aspirar los asientos de alfombra sintética
remplaza el placer de cepillar cariñosamente a un compañero
de viaje.
Habría que cuestionarse si el progreso trae realmente consigo
la felicidad o solamente nos crea más necesidades. La felicidad,
en este caso, es cuestión por un lado de libertad de elección,
pues conozco varios personajes masculinos que preferirían
mil veces un BMW convertible, pero también de bien común.
El supuesto progreso nos ha alejado de la naturaleza misma y nos
tiene rodeados de objetos artificiales. Como comenta Aharon Katzir-Katchalsky
en su ensayo “Ciencia, ética y reduccionismo”
(también incluido en Todo por saber), con palabras
de Durkheim: “El advenimiento de la tecnología científica
transformó al hombre en dueño de la naturaleza, pero
en el proceso perdió interés en la vida misma, y la
nueva destreza sólo aumentó su inseguridad y frustración”.
Es aquí donde encontramos dos visiones: la primera argumenta
que el mundo real es aquel en que nos ha tocado vivir: de automóviles,
supercomputadoras y naves espaciales, de cuántica y relatividad,
de celulares y crédito. Un mundo donde las luces de la ciudad
y no las estrellas son la fuente de inspiración de poetas
y de enamorados. ¿Es este nuevo mundo real el que hay que
conocer y cuya ciencia se debe divulgar?
Sin embargo, éste es un mundo, por un lado, ajeno a millones
que no tienen agua ni cobijo, y a quienes los cuarks los tienen
muy sin cuidado; y por el otro, es un mundo transitorio y despersonalizado
que ha atentado contra el equilibrio ecológico y mantiene
a la sociedad en un acelere estresante.
El estado tecnológico actual debe ser necesariamente transitorio,
pues es totalmente burdo, torpe, contaminante y artificial. El progreso
tecnológico no debiera separar al hombre del mundo natural,
mucho menos desaparecerlo. Sobrevenir el estado de inconexión
con la realidad, salirse de la matrix, del estado de impavidez,
de la apatía y de la manipulación mediática
y seudocientífica, implica mantener el contacto directo con
la naturaleza y con la realidad de nuestra sociedad. Implica impulsar
fuertemente el desarrollo científico y tecnológico
hacia un estado de comunión.
La segunda visión es más localista, y aboga en favor
del conocimiento profundo sobre aquello que nos rodea, conocimiento
que nos mantiene en contacto directo con la realidad. ¿Es
acaso el conocimiento de Xavier tan abstracto y remoto que lo mantiene
alejado de la realidad? Su tema de estudio es tan real como lo es
una novela para un escritor o un juego de princesas para una niña
pequeña. Pero la física de partículas no existe
para quien no vive inmerso en esa realidad. Divulgar ciencia de
frontera a quien se encuentra totalmente ajeno a esa realidad difícilmente
tendrá un efecto más profundo que el de leer una buena
novela de ciencia ficción.
Óscar y Xavier viven distintas realidades a través
de un contacto distinto con la ciencia; sin embargo, insistir en
que Óscar entienda las ensoñaciones físicamente
fundamentadas de Xavier probablemente no ocasione más que
la acumulación de datos inservibles que se transformarán
en mitología falseada. No es de extrañar que la gente
ajena al estudio de la ciencia hable de la energía y la mecánica
cuántica de manera, ya no laxa, sino profundamente errónea.
En los últimos 20 años estos términos se han
introducido en el léxico vulgar y son centro de discusiones
y prácticas seudocientíficas.
La mala comunicación de la ciencia tiene consecuencias contraproducentes
tanto en los aspectos culturales como en los sociales, en especial
en un país como el nuestro, en el que el analfabetismo científico
es la realidad general.
Mariana
Espinosa es física, fotógrafa y divulgadora. Trabaja
en el Departamento de Difusión del Instituto de Astronomía
de la UNAM.
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