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Abril - junio 2007

[ Mi visión ]


Realidades de la ciencia y bien común

Mariana Espinosa Aldama

Este texto, inspirado en la lectura de la antología Todo por saber y la experiencia de su autora durante el Diplomado en Divulgación de la Ciencia de la UNAM, muestra que la labor de comunicar la ciencia al público de un país como el nuestro es una cuestión más compleja de lo que parece.

Mi vecino del 3 es un ingeniero sin especialización de unos 58 años. Desde hace mucho se quedó sin trabajo y para mantener a su familia realiza todo tipo de arreglos: plomería, albañilería y pintura. En varias ocasiones me ha ajustado el automóvil, la bomba del agua y el interfón. Según cuenta Óscar, su padre le enseñó a hacer todo tipo de arreglos: “uno debería saber cómo resolver sus problemas diarios, sus necesidades básicas; y no necesitar de mecánicos, plomeros ni electricistas”.

La realidad de Óscar contrasta mucho con la de muchos especialistas que conozco, en especial con la de mi vecino de oficina, Xavier, un joven cosmólogo que no sabe nada de arreglos que no sean atómicos; no cambia un fusible o un empaque, aunque curiosamente dice ser muy bueno cambiando llantas ponchadas. A Xavier le paga el pueblo por sus investigaciones y por dar clases; pero sobre todo, por vivir en un mundo de ensoñaciones fantásticas como los hoyos negros: estas singularidades del universo construidas a partir de conjeturas razonadas, y que podrían funcionar como túneles en el espacio-tiempo pero de cuyo interior en realidad no se sabe nada.

El cosmólogo vive entre los límites de la ciencia y la fantasía, tratando de expandir el círculo del conocimiento; sueña con colisiones de masas supercompactas, con materia indetectable y fuerzas oscuras. Por lo mismo, el contacto entre el trabajo de Xavier y la realidad cotidiana podría decirse que es nulo, y sus conocimientos de física no le son útiles para arreglar un desperfecto casero. En un país en que el desempleo y la pobreza abundan, parece contradictorio que sea él quien recibe apoyo del gobierno y no Óscar.

Hablar sobre quién, cómo y por qué debe recibir apoyos del gobierno es hablar, por un lado, de modelos económicos y políticos; por el otro, de las necesidades y consecuencias de divulgar la ciencia de frontera. Actualmente vivimos en un estado capitalista neoliberal, en donde prevalece la ley de la selva para quienes, como Óscar, no lograron entrar bajo el cobijo de instituciones de un antiguo régimen más protector.

Es claro que nuestro país no puede funcionar en un régimen selvático, pues son demasiados los que no sobreviven; que es urgente un cambio a un régimen más equitativo. Pero ¿será correcta la dirección que Harald Fritzsch propone en su ensayo “El universo de la mente” (incluido en la antología Todo por saber, de Nemesio Chávez, DGDC-UNAM, 1999) cuando dice que “Los especialistas científicos que no puedan convencer al público de la importancia de su trabajo no merecen el apoyo público ni privado para esos trabajos”?

Fritzsch cuestiona el propósito que lleva la expansión del conocimiento científico y tecnológico, al parecer infinitos como la mente. ¿Con qué fin han de avanzar la ciencia y la tecnología? ¿Y con qué fin ha de conocer la gente estos avances?

Para la sociedad, el trabajo de científicos y técnicos debiera estar dirigido a resolver los problemas que afectan el bienestar común; problemas sobre energéticos renovables, de contaminación ambiental, de salud, etcétera. Para el gobierno, apoyar y encausar estas investigaciones debiera ser primordial e imperativo; sin embargo las fuerzas eco-nómicas que controlan el dinero (banqueros, petroleros, etcétera) hacen todo lo posible por exprimir a los pueblos subdesarrollados antes de que estalle una nueva revolución cuando el petróleo y el agua se acaben, o antes tal vez.

Curiosamente, en caso de guerra, de que el sistema se caiga, de mis dos vecinos quien se encontraría mejor adaptado para sobrevivir sería Óscar. Sus conocimientos generales, de amateur, podría decirse, le son suficientes para resolver problemas reales. Xavier, en cambio, difícilmente encontraría quién apoyara sus ensoñaciones cuánticas.

Para el individuo y la sociedad, la ciencia de frontera es tan frágil como el arte; es reflejo de la cultura social, del bienestar social y cuna de los saltos paradigmáticos... pero es en las investigaciones de frontera, las reacciones nucleares, las antipartículas, la química orgánica y la genética donde podrían encontrarse soluciones a los problemas que el mismo avance tecnológico, el supuesto progreso, ha ocasionado. Por lo mismo esta actividad debiera ser protegida por el sistema. Más aún: si viviéramos en un sistema ideal, equitativo, justo, donde la felicidad de los individuos radica en la libertad de elegir, entonces un “arte” como el de Xavier debería ser apoyado, impulsado y protegido; libre de todo fin específico.

Un cambio en el sistema económico y político también incluiría un cambio en la filosofía de vida y del concepto de felicidad, y una reevaluación del rumbo que deben llevar el desarrollo tecnológico y la cultura científica. Habría que cuestionarse si el hecho de poseer un automóvil hace más o menos felices a los individuos que el haber poseído un caballo. Si la gasolina, el pago de tenencia, de verificación y de seguros son más económicos que la paja y la alfalfa. Si meterse debajo de un grasiento motor es menos engorroso que una visita al veterinario, si el olor a gasolina es preferible al del estiércol (magnífico abono, por cierto). Más aún: si aspirar los asientos de alfombra sintética remplaza el placer de cepillar cariñosamente a un compañero de viaje.

Habría que cuestionarse si el progreso trae realmente consigo la felicidad o solamente nos crea más necesidades. La felicidad, en este caso, es cuestión por un lado de libertad de elección, pues conozco varios personajes masculinos que preferirían mil veces un BMW convertible, pero también de bien común. El supuesto progreso nos ha alejado de la naturaleza misma y nos tiene rodeados de objetos artificiales. Como comenta Aharon Katzir-Katchalsky en su ensayo “Ciencia, ética y reduccionismo” (también incluido en Todo por saber), con palabras de Durkheim: “El advenimiento de la tecnología científica transformó al hombre en dueño de la naturaleza, pero en el proceso perdió interés en la vida misma, y la nueva destreza sólo aumentó su inseguridad y frustración”.

Es aquí donde encontramos dos visiones: la primera argumenta que el mundo real es aquel en que nos ha tocado vivir: de automóviles, supercomputadoras y naves espaciales, de cuántica y relatividad, de celulares y crédito. Un mundo donde las luces de la ciudad y no las estrellas son la fuente de inspiración de poetas y de enamorados. ¿Es este nuevo mundo real el que hay que conocer y cuya ciencia se debe divulgar?

Sin embargo, éste es un mundo, por un lado, ajeno a millones que no tienen agua ni cobijo, y a quienes los cuarks los tienen muy sin cuidado; y por el otro, es un mundo transitorio y despersonalizado que ha atentado contra el equilibrio ecológico y mantiene a la sociedad en un acelere estresante.

El estado tecnológico actual debe ser necesariamente transitorio, pues es totalmente burdo, torpe, contaminante y artificial. El progreso tecnológico no debiera separar al hombre del mundo natural, mucho menos desaparecerlo. Sobrevenir el estado de inconexión con la realidad, salirse de la matrix, del estado de impavidez, de la apatía y de la manipulación mediática y seudocientífica, implica mantener el contacto directo con la naturaleza y con la realidad de nuestra sociedad. Implica impulsar fuertemente el desarrollo científico y tecnológico hacia un estado de comunión.

La segunda visión es más localista, y aboga en favor del conocimiento profundo sobre aquello que nos rodea, conocimiento que nos mantiene en contacto directo con la realidad. ¿Es acaso el conocimiento de Xavier tan abstracto y remoto que lo mantiene alejado de la realidad? Su tema de estudio es tan real como lo es una novela para un escritor o un juego de princesas para una niña pequeña. Pero la física de partículas no existe para quien no vive inmerso en esa realidad. Divulgar ciencia de frontera a quien se encuentra totalmente ajeno a esa realidad difícilmente tendrá un efecto más profundo que el de leer una buena novela de ciencia ficción.

Óscar y Xavier viven distintas realidades a través de un contacto distinto con la ciencia; sin embargo, insistir en que Óscar entienda las ensoñaciones físicamente fundamentadas de Xavier probablemente no ocasione más que la acumulación de datos inservibles que se transformarán en mitología falseada. No es de extrañar que la gente ajena al estudio de la ciencia hable de la energía y la mecánica cuántica de manera, ya no laxa, sino profundamente errónea.

En los últimos 20 años estos términos se han introducido en el léxico vulgar y son centro de discusiones y prácticas seudocientíficas.

La mala comunicación de la ciencia tiene consecuencias contraproducentes tanto en los aspectos culturales como en los sociales, en especial en un país como el nuestro, en el que el analfabetismo científico es la realidad general.

Mariana Espinosa es física, fotógrafa y divulgadora. Trabaja en el Departamento de Difusión del Instituto de Astronomía de la UNAM.

Comentarios: mespinosa@astroscu.unam.mx


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