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La elocuencia desencadenada
Sergio
de Régules
Hay
quien, prejuiciosa y anacrónicamente, todavía piensa
que los divulgadores son investigadores frustrados. También
hay quien piensa que las constantes quejas de los divulgadores ante
la mala prosa de los científicos son sólo resentimiento.
Sergio de Régules, nuestro peripatético colaborador
regular, nos explica por qué al menos el segundo de estos
prejuicios es totalmente infundado.
Al autor de un paper científico –artículo
técnico que reporta los resultados de una investigación—
se le exige ir al grano, en orden y sin desviaciones: informe usted
lo que hizo y lo que encontró. Punto. No se ande con rodeos,
que la vida es breve. El paper es un modelo de concisión
y frugalidad.
Al mismo tiempo, suele ser bastante aburrido. Lleno de voces pasivas
y escaso en pronombres personales, el artículo de investigación
rara vez deja ver, ni entre líneas, los triunfos y los sinsabores
de la investigación científica. No narra lo que salió
mal ni reporta la sensación de serenidad oriental que invadió
al autor cuando por fin salió bien. Tampoco da cuenta de
las noches que el investigador pasó en vela por la angustia
de que la competencia publicara primero, ni si la hipótesis
que lo condujo al éxito resultó ser, en retrospectiva,
una estupidez afortunada. La elocuencia narrativa y el arrebato
lírico escasean en las revistas científicas especializadas.
Como consecuencia, muchos científicos piensan que extirpar
del texto todo rastro de naturalidad y elocuencia es la mejor manera
de escribir no sólo en ciencia, sino en general. Esos científicos
pueden ser personas agradables y hasta expresivas en el trato cotidiano,
pero cuando toman la pluma se ciñen la camisa de fuerza e
imparten cátedra desde un pedestal de hielo.
Ya se ha iniciado un movimiento que pugna por aflojar las ataduras.
Henry Gee, editor de ciencias biológicas de la revista Nature,
recomienda a los científicos leer a John Keats y a Jane Austen
para escribir mejores papers. Dice Gee: “la prosa
enredada de los científicos produce una frustración
parecida a la de un boxeador que, con las manos enguantadas, tratara
de pelar un plátano”. Pero el mensaje de Henry Gee
(y otros editores de ciencia) tardará en penetrar en la conciencia
de la comunidad. Entre tanto, la elocuencia de la mayoría
sigue encadenada.
El físico estadounidense Richard Feynman, premio Nobel 1965,
se lamenta, en el discurso que pronunció en Estocolmo, de
no tener dónde publicar “de manera digna” lo
que hizo de verdad, en vez de la historia lineal y aséptica
que narra (es un decir) el artículo de investigación.
Feynman añade: “usaré este discurso Nobel como
oportunidad para hacer algo de menos valor, pero que no puedo permitirme
en otro sitio”. He aquí lo que pretende hacer: “les
contaré anécdotas sin valor científico y que
no sirven para entender el desarrollo de las ideas. Las incluyo
sólo para hacer el discurso más entretenido”.
Feynman desahogó sus ansias de expresión en sus libros
de memorias, ¿Está usted de broma, señor
Feynman? y ¿Qué te importa lo que piensen
los demás? El segundo es una colección de anécdotas
breves que recorren toda la gama afectiva, como una buena pieza
para piano que visita todo el teclado. El registro grave es la historia
del matrimonio de Feynman con su novia de la adolescencia, Arlene.
Los jóvenes se casaron muy enamorados y a sabiendas de que
Arlene moriría en cinco años. Feynman conseguía
empleo en sitios donde hubiera un buen hospital no demasiado lejos
del laboratorio de investigación. Arlene, desde el hospital,
se divertía ideando bromas cuyo fin, por lo general, era
avergonzar a Richard ante sus colegas (“¿qué
te importa lo que piensen los demás?”, machacaba Arlene,
haciendo eco de una frase que él le dijera en cierta ocasión).
Muchos años después, en un viaje a Japón, Feynman
y su tercera esposa, Gweneth, buscan desde Tokio alojamiento en
un hotel tradicional de un pueblito remoto al que no llegan turistas.
El establecimiento no tiene baños de tipo occidental y el
dueño se muestra aprensivo. Feynman lo tranquiliza informándole
que en su último viaje él y su esposa resolvieron
la falta de retrete llevando papel higiénico y una pala.
El dueño les comunica en un mensaje que acepta. Y que no
es necesario llevar la pala.
La expresión personal puede tomar otro derrotero. El químico
Roald Hoffmann, premio Nobel 1981, dice: “escribo poesía
para penetrar el mundo que me rodea y para comprender mis reacciones
ante él”. Si se puede escribir poesía acerca
de la vida de un leñador, ¿por qué no de la
de un científico? Sólo algunos de sus poemas tratan
el tema de la ciencia, pero con ellos Hoffmann amplió un
sendero poco explorado en la poesía. Los científicos
obligan a las palabras a describir cosas casi indescriptibles: ecuaciones,
estructuras químicas, relaciones ocultas entre fenómenos
naturales. “Por ser un idioma natural en tensión, el
idioma de la ciencia es inherentemente poético”, dice
Hoffmann. “La ciencia está repleta de metáforas”.
Y de historias, añadamos: de material dramatizable. Hoffmann
es también autor, con el químico y novelista Carl
Djerassi, de una pieza teatral titulada Oxígeno.
El comité Nobel decide otorgar un premio retrospectivo para
celebrar sus cien años. Los seis miembros optan por dárselo
al descubridor del oxígeno. Tres personajes del siglo XVIII
pueden disputarse el honor de ese título: Antoine Laurent
Lavoisier, Joseph Priestley y el modesto farmacéutico sueco
Carl Wilhelm Scheele. Los equívocos y discusiones de los
químicos y sus esposas en el siglo XVIII, así como
los del comité Nobel en el XXI, muestran que la cosa no es
nada clara, porque los científicos –¡ay de mí!—
son tan terrenales y biodegradables como cualquier hijo de vecino.
Si el tema de la ciencia da material para la novela y la poesía,
la elocuencia científica tiene un hogar natural en la divulgación.
El género creció como universo en expansión
en la primera mitad del siglo XX, con las dos revoluciones de la
física de la época: la teoría de la relatividad
y la mecánica cuántica. En la divulgación de
la nueva física los premios Nobel medraron como champiñones.
Albert Einstein explicó sus aportaciones, y se explicó
a sí mismo, en varios volúmenes de exposición
simplificada y colecciones de ensayos filosóficos que se
dejan leer muy bien. Werner Heisenberg y Niels Bohr discutieron
con un público más amplio las implicaciones filosóficas
de la nueva física. Max Planck, adusto patriarca de los físicos
alemanes de la época, se soltó el chongo (metafóricamente:
era calvísimo) en su Autobiografía científica,
en la que raya en la maledicencia cuando describe las clases de
algunos de sus profesores al tiempo que muestra con sus peripecias
cómo opera la ciencia. Y Louis de Broglie, el físico
príncipe, resumió para el gran público la turbulenta
historia de la mecánica cuántica cuando las aguas
empezaron a calmarse.
Hasta hace unos años los físicos Nobel entregados
a la divulgación eran más bien solemnes. Exponían,
como los próceres del párrafo anterior, en una prosa
correcta, pero un poco desierta, sin personajes que la habitaran
y sin colorido. Su lenguaje descendía del artículo
científico (que en esa época se escribía con
más donaire, dicho sea de paso). Hoy la divulgación
va adoptando, cada vez más convencida, las herramientas de
la literatura y se va haciendo más apta en retórica
y seducción. Los ensayos de Steven Weinberg (premio Nobel
de física 1979), por ejemplo en Plantar cara, se
leen con interés, pero también con deleite. La historia
que narra Gerard ´t Hooft (Nobel 1999) en In search of
the ultimate building blocks está poblada de las personas
que han participado en esa búsqueda.
Pese a todo, confieso que la divulgación científica
que más me gusta, la que en mi opinión se confunde
con la literatura, es obra de científicos que no han ganado
el premio Nobel, unos porque no hay Nobel de biología, otros
porque sus investigaciones no son materia nobelable o porque
se han dedicado principalmente a la divulgación. Stephen
Jay Gould, paleontólogo y escritor científico, toma
declaradamente a Montaigne como modelo de unos ensayos casi tan
sabrosos como los del chaparrito gascón. El neurofisiólogo
Oliver Sacks narra sus experiencias como investigador y sus recuerdos
de niño judío británico embelesado con la química
en el Londres de la segunda guerra mundial con la fuerza evocativa
de Proust o de Karen Blixen en Memorias de África.
Esos autores podrían dirigir sus aspiraciones muy alto, según
el etólogo británico Richard Dawkins, escritor científico
de nada malos bigotes. “Ningún científico ha
ganado el premio Nobel de literatura”, escribe Dawkins (Bertrand
Russell no cuenta porque las matemáticas no son ciencia,
pero eso es harina de otro costal). “¿Por qué?
Sospecho que simplemente porque no se les ha ocurrido a los jueces.
Cuando se dice literatura se piensa naturalmente en novelistas y
poetas. Pero, ¿puede haber mejor tema para la literatura
que la trama espaciotemporal del universo? ¿O que la evolución
de la vida?”
“Los novelistas se llevan las palmas”, dice Dawkins,
“pero no son los únicos que tienen buenas historias
que contar”. Cierto. Quizá por lo mismo un día
habrá menos escritores científicos y más escritores
a secas, sin que al tema de la ciencia le falten exponentes.
Sergio
de Régules es físico y escritor científico.
Trabaja como coordinador científico de la revista de divulgación
¿Cómo ves?, de la UNAM. Su libro más reciente
es ¡Qué
científica es la ciencia! (Paidós, 2005).
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