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Adiós al público
Por
Sergio de Régules
El
público es esa sustancia ruidosa que se arremolina en los
pasillos de Universum (y otros museos de ciencia), entorpece
la circulación y no nos deja trabajar en paz. Se alimenta
de una extraña golosina llamada Skwinkles y de sopas Maruchan,
y no se reproduce en cautiverio, aunque en las salas más
oscuras del museo se le ha encontrado haciendo esfuerzos entusiastas
en esa dirección.
Por lo general es dócil, pero ha llegado a atacar al hombre.
En concentraciones altas se precipita (hacia las salidas). Cuando
el público viene al museo con sus mamás, las suele
dejar en la cafetería, donde éstas, en manadas de
cerca de 10 ejemplares, consumen cafés e intercambian graznidos
hasta la hora de irse.
Si el público pregunta, hay que contestarle. Sus preguntas
más usuales son “¿dónde está el
baño?”, “¿qué horas tienes?”
y “¿eso va a venir en el examen?” (ésta
última dirigida, casi siempre, a su profesor). A veces también
hace preguntas sobre ciencia y entonces sí nos mete en problemas,
porque resulta que somos divulgadores de la ciencia, ni más
ni menos. Eso nos obliga a no quedarnos callados cuando el público
quiere saber, por ejemplo, qué pasará cuando la Tierra
caiga en un hoyo negro o dónde queda dios en la teoría
del big bang.
Para lidiar con el problema de las preguntas del público
hay casi tantas estrategias como divulgadores. Una muy buena es
aplicarle el karamatsu constructivista, o sea retacharle
la pregunta (“¿y tú qué crees?”).
Luego, para desalentarlo, conviene utilizar una estrategia que le
aprendí a un sacerdote católico hace poco, cuando
no me quedó más remedio que asistir a una primera
comunión: cuando el público, ante nuestro inesperado
revire, hunde la cabeza y menea los pies, hay que decirle: “¿No
saben? ¡Qué vergüenza! ¡Y pensar que éste
es el futuro de México!” Si el público viene
con sus papás, hay que avergonzarlos a ellos también,
según pude observar en esa primera comunión (que para
algunos de los comulgantes muy bien puede haber sido la última,
en vista de las circunstancias).
El público no es nocivo, especialmente en ambientes ventilados.
Supongo que no está mal tener público, a condición
de que no se acerque demasiado. Hasta podría considerarse
más bien benéfico. Por eso lo vamos a echar de menos.
Ahora que el nuevo gobierno, con su mirada preclara y neoliberal,
ha demostrado que la educación, la cultura y la ciencia son
desechables, el público irá desapareciendo poco a
poco de nuestras vidas al no ver sus profesores para qué
rayos puede servir traerlo a Universum y hacer que lea
¿Cómo ves?, pues la ciencia está en
vías de extinción (merecidamente, no faltaba más).
Como, además, el gobierno tampoco ve con buenos ojos el condón,
el público irá sucumbiendo al sida y nuestras vidas
volverán a ser tranquilas. Yo no voté por este gobierno,
pero ahora me doy cuenta de mi error: ¡qué tranquilos
vamos a estar sin el público! ¡Ahora sí vamos
a poder trabajar!
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