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¿Podemos tener una teoría de la divulgación?
Por
Martín Bonfil Olivera
Mucho se habla sobre la necesidad de realizar investigación
sobre la divulgación científica.
Nadie podría oponerse. Es una propuesta académica
que refleja la necesidad que tienen quienes ejercen una disciplina
en pleno desarrollo de reflexionar sobre su labor, en forma sistemática
y sustentada con argumentos y evidencias, para tratar de a) entender
mejor en qué consiste y b) encontrar respuestas a los problemas
que plantea.
Sobre la primera de estas interrogantes (definir la divulgación)
se ha discutido mucho, aunque se ha logrado poco acuerdo. Ni siquiera
hay consenso en cuanto al nombre de nuestra actividad (o sobre si
es una actividad o una disciplina, o si más
que de una debiera hablarse de un enjambre de actividades relacionadas).
El segundo problema requiere identificar cuál sería
“el problema” (o problemas) de la divulgación.
Para investigar, se debe tener clara la pregunta (o preguntas) cuya
respuesta se busca.
A veces se cree, un tanto ingenuamente, que el problema obvio para
la investigación en divulgación es averiguar cómo
hacer más eficaz y confiable el proceso de “transmisión”
del conocimiento científico al público. Se busca así
una especie de “teoría de la divulgación”
que permita lograr que sus resultados sean predecibles y reproducibles.
Desgraciadamente esta concepción simplista, aún si
no fuera errónea (pues más que de simple transmisión
se trata de un proceso complejo de construcción
de conocimiento), sólo serviría para producir recetas:
reglas o lineamientos acerca de los productos de divulgación
que llevarían a una homogeneización poco práctica
y menos provechosa.
Y es
que la divulgación científica no es una ciencia: se
parece más a una técnica (algunos hablamos de que
es un arte, aunque Ana María Sánchez la caracterizó
sabiamente como “una artesanía”, y extendió
el símil al afirmar que en divulgación, como en artesanía,
“todo acto es único e irrepetible”).
La divulgación no busca producir conocimiento, sino comunicarlo.
Ello implica que los “problemas” de la divulgación
no son, en todo caso, problemas científicos, sino técnicos.
Desde esta perspectiva, es probable que no exista realmente un “problema”
en el campo de la divulgación: un interrogante central que
exija una respuesta sin la cual los divulgadores no podamos estar
tranquilos.
Queda entonces la alternativa de investigar la divulgación
científica desde otros puntos de vista: sus efectos, sus
objetivos, su relación con el resto de la cultura y la sociedad,
su ética, su historia... incluso, quizá, su filosofía.
El campo es fértil, si se entiende como lo que es: el estudio
académico de una labor para comprenderla, aunque no necesariamente
con el fin pragmático de mejorarla.
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mbonfil@servidor.unam.mx
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