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La columna de Hércules
Por
Hércules Delgadillo
Es cierto: ni amo a la humanidad, ni estoy haciendo manda por pecados
cometidos, ni aspiro a ser beatificado. Soy divulgador por un motivo
meramente estético.
Estudiaba yo física porque, reduccionista en grado superlativo
y habiendo perdido la fe religiosa que tuve de niño (al contrario
de lo que le sucedió a Héctor, mi hermano), buscaba
en una sola disciplina la explicación de todo desde sus premisas
más básicas. En mi juventud (no me importa que se
guiñen el ojo) se empezó a descubrir un submundo todavía
más “elemental”, aunque no menos truculento,
que la mera trinidad de protones, electrones y neutrones. El estudio
íntimo de la materia, y su otra faz, la energía, revelaría
hasta el último secreto del universo. Así soñaba
yo tirado sobre las “islas” frente a la Facultad de
Ciencias; no apetecía fama ni fortuna, sino tan sólo
saciar mi deseo de saber. (Y no, en aquel entonces yo no fumaba).
Parte de mi entrenamiento como físico consistía (bien
lo saben ustedes, jóvenes imberbes) en hacer tediosas tareas
saturadas de problemas faltos de imaginación. A punto ya
de terminar mis créditos, tenía que resolver un dificilísimo
acertijo de electrodinámica cuántica relativista.
Tras varias horas de chamuscarme los sesos, decidí tomarme
un descanso, lo que para mí significa tomarme un café
bien cargado, oír uno de los quintetos de Mozart y merodear
por entre los libros de la biblioteca de mi padre. Y ahí
estaba Cosmos.
En mi ignorancia, siempre había desdeñado a Sagan:
no era suficientemente serio, me decía yo sin siquiera haberlo
leído. Pero esta vez, no sé por qué, abrí
una página al azar.
“Algo en nosotros reconoce al cosmos como el hogar. Estamos
hechos de polvo de estrellas. Nuestro origen y evolución
han estado ligados a eventos cósmicos distantes. La exploración
del cosmos es un viaje de autodescubrimiento”.
Un mazazo en plena crisma no habría tenido el mismo efecto
que la lectura de ese párrafo: había una explicación
del universo todavía más reduccionista, más
íntima, incluso más estética, que la física:
la poesía. Y, para mi fortuna, ni siquiera tenía que
dejar a una por la otra.
Así fue como me hice divulgador.
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