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La columna de Hércules
 


Enero - marzo 2007

[ La columna de Hércules ]


La columna de Hércules

Por Hércules Delgadillo

Es cierto: ni amo a la humanidad, ni estoy haciendo manda por pecados cometidos, ni aspiro a ser beatificado. Soy divulgador por un motivo meramente estético.

Estudiaba yo física porque, reduccionista en grado superlativo y habiendo perdido la fe religiosa que tuve de niño (al contrario de lo que le sucedió a Héctor, mi hermano), buscaba en una sola disciplina la explicación de todo desde sus premisas más básicas. En mi juventud (no me importa que se guiñen el ojo) se empezó a descubrir un submundo todavía más “elemental”, aunque no menos truculento, que la mera trinidad de protones, electrones y neutrones. El estudio íntimo de la materia, y su otra faz, la energía, revelaría hasta el último secreto del universo. Así soñaba yo tirado sobre las “islas” frente a la Facultad de Ciencias; no apetecía fama ni fortuna, sino tan sólo saciar mi deseo de saber. (Y no, en aquel entonces yo no fumaba).

Parte de mi entrenamiento como físico consistía (bien lo saben ustedes, jóvenes imberbes) en hacer tediosas tareas saturadas de problemas faltos de imaginación. A punto ya de terminar mis créditos, tenía que resolver un dificilísimo acertijo de electrodinámica cuántica relativista. Tras varias horas de chamuscarme los sesos, decidí tomarme un descanso, lo que para mí significa tomarme un café bien cargado, oír uno de los quintetos de Mozart y merodear por entre los libros de la biblioteca de mi padre. Y ahí estaba Cosmos.

En mi ignorancia, siempre había desdeñado a Sagan: no era suficientemente serio, me decía yo sin siquiera haberlo leído. Pero esta vez, no sé por qué, abrí una página al azar.

“Algo en nosotros reconoce al cosmos como el hogar. Estamos hechos de polvo de estrellas. Nuestro origen y evolución han estado ligados a eventos cósmicos distantes. La exploración del cosmos es un viaje de autodescubrimiento”.

Un mazazo en plena crisma no habría tenido el mismo efecto que la lectura de ese párrafo: había una explicación del universo todavía más reduccionista, más íntima, incluso más estética, que la física: la poesía. Y, para mi fortuna, ni siquiera tenía que dejar a una por la otra.

Así fue como me hice divulgador.


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