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El descubrimiento científico: recompensa inesperada para
el divulgador
Fabio
Germán Cupul Magaña
Los
divulgadores a veces nos sentimos, injustificadamente, en pugna
con los investigadores científicos. He aquí un ejemplo
de que, en realidad, las fronteras entre divulgación e investigación
científica son más borrosas de los que parecen.
Después de leer con entusiasmo el artículo de Martín
Bonfil Olivera, “Divulgadores: ¿especialistas o generalistas?”
(El muégano divulgador 30, 2006), no tuve más
remedio que identificarme con gusto como un divulgador generalista,
condición en la que logro reconocer parte de la versátil
postura que tuvieron los naturalistas y filósofos de antaño
frente a los hechos de la vida.
Esta actitud generalista, definida como la capacidad (y por qué
no, sagacidad) para abordar diversos temas, ha sido importante para
desarrollar mi actividad de divulgación de la biodiversidad
en la región de Puerto Vallarta, Jalisco (www.redpop.org/publicaciones/memorias_9reunion),
la cual me ha permitido escribir en diversos semanarios locales
tanto sobre ballenas como sobre microlepidópteros. Sin embargo,
para lograr esta versatilidad, fue necesario reconocer primeramente
mi ignorancia para posteriormente cultivar la bella costumbre de
preguntar (al especialista, al lugareño...) ante la duda
o el desconocimiento sobre lo que deseaba divulgar.
La condición generalista, un posible reflejo de la curiosidad
desbordada del divulgador, tiene la particularidad de abrirnos una
amplia gama de posibilidades para lograr, sin buscarlo, el descubrimiento
científico. Esta recompensa o valor agregado de la labor
divulgativa puede aparecer a lo largo del proceso de investigación
que el divulgador realiza para estructurar sus manuscritos.
En mi experiencia, parte de esta recompensa llegó cuando
me interesé en escribir para el periódico local sobre
la historia natural de una babosa y un milpiés comunes en
los patios y jardines de Puerto Vallarta. Tras la investigación
documental y la consulta con especialistas para determinar la identidad
de las especies (la doctora Edna Naranjo, del Institudo de Biología
de la UNAM y el doctor Rowland Shelley, de la Universidad Estatal
de Carolina del Norte), para mi sorpresa se encontró que
la babosa Sarasinula dubai y el milpiés de la especie
Chondromopha xanthotricha fueron nuevos registros para
el país. Estos hallazgos, que se generaron a partir de la
inquietud despertada por hacer divulgación, ya forman parte
de artículos y notas científicas en proceso de publicación.
En otro orden de ideas, no sólo el descubrimiento puede ser
una recompensa para el divulgador, sino también el saberse
involucrado, en menor o mayor medida, en la toma de decisiones de
vida de sus lectores. Tal situación la advertí cuando
uno de mis leyentes, en este caso estadounidense, me comentó
sobre su intención de adquirir una casa para radicar definitivamente
con su familia en Puerto Vallarta. Antes de tomar esta decisión
para él trascendental, me preguntó si en la región
se registraba la presencia de la llamada “hormiga de fuego”
(Solenopsis wagneri), ya que una de sus hijas era alérgica
a su picadura. Tras consultar a la especialista (la doctora Patricia
Rojas, del Instituto de Ecología, AC) y realizar un estudio
en la zona (publicado posteriormente) se pudo corroborar, para agrado
y confianza de mi lector, la ausencia de esta especie en la zona.
Esta anécdota es un ejemplo práctico de la labor que
el divulgador tiene como vínculo entre la sociedad y la comunidad
científica.
Con estas experiencias tal vez podremos responder en parte aquella
pregunta que en alguna ocasión planteó el desaparecido
Miguel Ángel Herrera: “Divulgar... ¿por qué
y para qué?”.
Fabio
Cupul Magaña es oceanógrafo e investigador del Centro
Universitario de la Costa de la Universidad de Guadalajara, en Puerto
Vallarta. Más que investigador, se considera un divulgador
de la ciencia. Es autor con Juan Luis Cifuentes, del libro ¿Los
terribles cocodrilos? (Col. “La ciencia para todos”,
Fondo de Cultura Económica).
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fabio_cupul@yahoo.com.mx
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