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Septiembre - diciembre 2006

[ Lo imprescindible ]


Ciencia, valores y educación

James Rutherford y Andrew Ahlgren

Science for all Americans, libro del que aquí presentamos algunos fragmentos por considerarlos de interés para nuestros lectores, fue el resultado de un estudio organizado por la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS) con el fin de identificar los principales problemas que enfrena la alfabetización científica en los Estados Unidos. Aunque sus consejos están orientados hacia la enseñanza de la ciencia, las matemáticas y la tecnología, pueden aplicarse con provecho a la divulgación científica y técnica.

La transmisión de valores, actitudes y habilidades de una generación a la siguiente ha existido desde antes que se inventara la escuela formal.

La ciencia, las matemáticas y la tecnología –en el contexto escolar– pueden también jugar un papel clave en este proceso, ya que están fundadas en una serie bien definida de valores; reflejan y responden a los valores de la sociedad en general, y tienen cada vez mayor influencia en la conformación de los valores culturales.

La educación científica debería contribuir a que las personas conozcan los valores compartidos por investigadores científicos, matemáticos e ingenieros; al reforzamiento de los valores generales de la sociedad, y a inculcar una imagen informada y balanceada del valor social de la ciencia, las matemáticas y la tecnología. La ciencia, las matemáticas y la tecnología incorporan valores particulares, algunos de los cuales difieren en tipo o intensidad de los de otras ocupaciones humanas como los negocios, las leyes o las artes. Estos valores consideran la importancia de lo siguiente: en ciencia, datos verificables, hipótesis que se puedan someter a prueba y capacidad de predicción; en matemáticas, pruebas rigurosas y elegancia; y en tecnología, diseño óptimo.

El conocimiento científico puede sorprendernos y hasta perturbarnos, especialmente cuando descubrimos que nuestro mundo no es como lo percibimos o como quisiéramos que fuera. Tales descubrimientos pueden ser tan inquietantes que tal vez nos lleve años –o quizá, a la sociedad como un todo, varias generaciones– llegar a aceptar el nuevo conocimiento. Crear conciencia del impacto del desarrollo científico y tecnológico en las creencias y los sentimientos de la humanidad debería ser parte de la educación científica de todos.

La ciencia está basada en valores comunes, aún cuando cuestiona nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. La ciencia es la aplicación sistemática de valores altamente apreciados: integridad, diligencia, justicia, curiosidad, apertura hacia nuevas ideas, escepticismo e imaginación. La educación científica tiene una posición particularmente sólida para promover tres de estas actitudes y valores: la curiosidad, la apertura hacia nuevas ideas y el escepticismo.

Los investigadores científicos se nutren de curiosidad, al igual que los niños. Éstos entran a la escuela bullendo de preguntas sobre todo lo que tienen a la vista, y sólo se diferencian de los investigadores científicos porque aún no han aprendido a hallar respuestas y a verificar qué tan buenas son esas respuestas. La educación científica que promueve la curiosidad y enseña a los niños a canalizarla en forma productiva le hace un servicio tanto a los estudiantes como a la sociedad.

Las nuevas ideas son esenciales para el crecimiento de la ciencia. Debido a que el propósito de la educación científica no es exclusivamente producir investigadores científicos, debería ayudar a todos los estudiantes a comprender la importancia de considerar cuidadosamente las ideas que a primera vista les puedan parecer inquietantes o contradictorias con lo que creen generalmente. La educación científica debe ayudar a los estudiantes a apreciar el valor que tiene, para ellos mismos y para la sociedad, su participación en el estira y afloja de ideas en conflicto.

La ciencia se caracteriza tanto por su escepticismo como por su apertura. Aunque una nueva teoría puede recibir atención seria, en ciencia rara vez ganará una aceptación generalizada hasta que sus promotores puedan mostrar que hay evidencia que la apoya, que es lógicamente consistente con otros principios que no están en duda, que explica más cosas que las teorías rivales y que tiene el potencial de llevar hacia nuevos conocimientos. La educación científica puede ayudar a los estudiantes a apreciar el valor social del escepticismo sistemático y a desarrollar en sus mentes un saludable balance entre apertura y escepticismo.

Tener en alta estima a la imaginación, la creatividad y la belleza no es algo exclusivo de la ciencia, las matemáticas y la ingeniería; tampoco lo son el escepticismo ni la aversión al dogmatismo. Sin embargo, todas éstas son cualidades muy características de la actividad científica. Al aprender ciencia, los estudiantes deberían hallar estos valores como parte de su experiencia, no como pretensiones vacías.

La ciencia, las matemáticas y la tecnología no crean la curiosidad. La aceptan, la fomentan, la incorporan, la premian y la disciplinan; lo mismo hace la buena enseñanza de la ciencia. Por tanto, los profesores de ciencia deben alentar a los estudiantes a hacer preguntas sobre el material que se esté estudiando, ayudarlos a que aprendan a formular sus preguntas claramente para comenzar a buscar respuestas, sugerirles maneras productivas de hallar respuestas y premiar a aquellos que se hagan preguntas poco usuales, pero importantes, y luego indaguen las respuestas.

Los investigadores científicos, matemáticos e ingenieros valoran el uso creativo de la imaginación. El salón de clase de ciencias debiera ser un lugar en donde la creatividad y la invención —como cualidades distintas de la excelencia académica— sean reconocidas y fomentadas. De hecho, los maestros pueden expresar su propia creatividad inventando actividades en las que la creatividad e imaginación de los estudiantes rinda frutos.

La ciencia, las matemáticas y la tecnología prosperan gracias al escepticismo institucionalizado de sus practicantes. Su supuesto principal es que la evidencia, las afirmaciones y los argumentos lógicos que se presenten serán cuestionados, y que los experimentos que se hagan tratarán de reproducirse. En los salones de ciencias, una práctica normal debiera ser que los maestros hagan preguntas como las siguientes: ¿cómo lo sabemos?, ¿cuál es la evidencia?, ¿qué argumento usamos para interpretar la evidencia?, ¿hay explicaciones diferentes u otras maneras de resolver el problema que podrían ser mejores? El objetivo es formar en los estudiantes el hábito de hacerse este tipo de preguntas y sugerir respuestas.

Los estudiantes debieran llegar a concebir a la ciencia como un proceso para ampliar la comprensión, no como una verdad inalterable. Esto quiere decir que los maestros deben tener cuidado de no dar la impresión de que ellos mismos o los libros de texto son autoridades absolutas cuyas conclusiones son siempre correctas.

El énfasis exagerado en la competencia entre los estudiantes por obtener las mejores calificaciones distorsiona lo que debiera ser el motivo principal para estudiar ciencia: el descubrimiento.

El trabajo en equipo, práctica común en la actividad científica, tiene muchas ventajas en la educación. Ayuda a los adolescentes, por ejemplo, a ver que todos podemos contribuir para lograr metas comunes, y que el avance no depende de que todos tengamos las mismas capacidades.

Los estudiantes aprenden de sus padres, parientes y compañeros, y de sus modelos adultos de autoridad, así como de los maestros. Aprenden en películas, televisión, radio, discos, libros y revistas, computadoras; aprenden al ir a museos y zoológicos, fiestas, reuniones, conciertos, torneos, así como de los libros y del medio escolar en general. Los maestros de ciencias deben sacar partido de la riqueza de recursos que ofrece la comunidad, e involucrar en forma útil a los padres y otros adultos interesados. También es importante que los maestros reconozcan que parte de lo que sus alumnos aprenden informalmente está equivocado, incompleto o es entendido en forma incompleta o incorrecta, pero que la educación formal puede ayudar a los estudiantes a reestructurar esos conocimientos y a adquirir conocimientos nuevos.

La ciencia, las matemáticas y la tecnología han mejorado la calidad de la existencia humana; los estudiantes deberían ser partidarios reflexivos de estos avances. Así tendrían una visión balanceada de estas actividades y no serían ni defensores ni opositores acríticos de ellas.

Los maestros tienen la posibilidad de fomentar actitudes positivas entre sus estudiantes. Si eligen temas significativos, accesibles e interesantes en ciencia y matemáticas, si utilizan el trabajo en equipo tanto como la competencia entre los estudiantes, si enfocan más las clases hacia la exploración y la comprensión que hacia la memorización de términos, y si se aseguran de que todos los estudiantes sepan qué se espera que exploren y aprendan, y que sus logros serán reconocidos, entonces la mayor parte de esos estudiantes aprenderá realmente. Y al aprender exitosamente, aprenderán la más importante lección de todas: que pueden aprender.

Tomado del libro Science for all Americans, Oxford University Press, 1990 (disponible en español como Ciencia: conocimiento para todos, Secretaría de Educación Pública, 1997). Selección de textos y traducción de Martín Bonfil Olivera.

 


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