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Ciencia, valores y educación
James
Rutherford y Andrew Ahlgren
Science
for all Americans, libro del que aquí presentamos algunos
fragmentos por considerarlos de interés para nuestros lectores,
fue el resultado de un estudio organizado por la Asociación
Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS) con el fin de
identificar los principales problemas que enfrena la alfabetización
científica en los Estados Unidos. Aunque sus consejos están
orientados hacia la enseñanza de la ciencia, las matemáticas
y la tecnología, pueden aplicarse con provecho a la divulgación
científica y técnica.
La transmisión de valores, actitudes y habilidades de una
generación a la siguiente ha existido desde antes que se
inventara la escuela formal.
La ciencia, las matemáticas y la tecnología –en
el contexto escolar– pueden también jugar un papel
clave en este proceso, ya que están fundadas en una serie
bien definida de valores; reflejan y responden a los valores de
la sociedad en general, y tienen cada vez mayor influencia en la
conformación de los valores culturales.
La educación científica debería contribuir
a que las personas conozcan los valores compartidos por investigadores
científicos, matemáticos e ingenieros; al reforzamiento
de los valores generales de la sociedad, y a inculcar una imagen
informada y balanceada del valor social de la ciencia, las matemáticas
y la tecnología. La ciencia, las matemáticas y la
tecnología incorporan valores particulares, algunos de los
cuales difieren en tipo o intensidad de los de otras ocupaciones
humanas como los negocios, las leyes o las artes. Estos valores
consideran la importancia de lo siguiente: en ciencia, datos verificables,
hipótesis que se puedan someter a prueba y capacidad de predicción;
en matemáticas, pruebas rigurosas y elegancia; y en tecnología,
diseño óptimo.
El conocimiento científico puede sorprendernos y hasta perturbarnos,
especialmente cuando descubrimos que nuestro mundo no es como lo
percibimos o como quisiéramos que fuera. Tales descubrimientos
pueden ser tan inquietantes que tal vez nos lleve años –o
quizá, a la sociedad como un todo, varias generaciones–
llegar a aceptar el nuevo conocimiento. Crear conciencia del impacto
del desarrollo científico y tecnológico en las creencias
y los sentimientos de la humanidad debería ser parte de la
educación científica de todos.
La ciencia está basada en valores comunes, aún cuando
cuestiona nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos.
La ciencia es la aplicación sistemática de valores
altamente apreciados: integridad, diligencia, justicia, curiosidad,
apertura hacia nuevas ideas, escepticismo e imaginación.
La educación científica tiene una posición
particularmente sólida para promover tres de estas actitudes
y valores: la curiosidad, la apertura hacia nuevas ideas y el escepticismo.
Los investigadores científicos se nutren de curiosidad, al
igual que los niños. Éstos entran a la escuela bullendo
de preguntas sobre todo lo que tienen a la vista, y sólo
se diferencian de los investigadores científicos porque aún
no han aprendido a hallar respuestas y a verificar qué tan
buenas son esas respuestas. La educación científica
que promueve la curiosidad y enseña a los niños a
canalizarla en forma productiva le hace un servicio tanto a los
estudiantes como a la sociedad.
Las nuevas ideas son esenciales para el crecimiento de la ciencia.
Debido a que el propósito de la educación científica
no es exclusivamente producir investigadores científicos,
debería ayudar a todos los estudiantes a comprender la importancia
de considerar cuidadosamente las ideas que a primera vista les puedan
parecer inquietantes o contradictorias con lo que creen generalmente.
La educación científica debe ayudar a los estudiantes
a apreciar el valor que tiene, para ellos mismos y para la sociedad,
su participación en el estira y afloja de ideas en conflicto.
La ciencia se caracteriza tanto por su escepticismo como por su
apertura. Aunque una nueva teoría puede recibir atención
seria, en ciencia rara vez ganará una aceptación generalizada
hasta que sus promotores puedan mostrar que hay evidencia que la
apoya, que es lógicamente consistente con otros principios
que no están en duda, que explica más cosas que las
teorías rivales y que tiene el potencial de llevar hacia
nuevos conocimientos. La educación científica puede
ayudar a los estudiantes a apreciar el valor social del escepticismo
sistemático y a desarrollar en sus mentes un saludable balance
entre apertura y escepticismo.
Tener en alta estima a la imaginación, la creatividad y la
belleza no es algo exclusivo de la ciencia, las matemáticas
y la ingeniería; tampoco lo son el escepticismo ni la aversión
al dogmatismo. Sin embargo, todas éstas son cualidades muy
características de la actividad científica. Al aprender
ciencia, los estudiantes deberían hallar estos valores como
parte de su experiencia, no como pretensiones vacías.
La ciencia, las matemáticas y la tecnología no crean
la curiosidad. La aceptan, la fomentan, la incorporan, la premian
y la disciplinan; lo mismo hace la buena enseñanza de la
ciencia. Por tanto, los profesores de ciencia deben alentar a los
estudiantes a hacer preguntas sobre el material que se esté
estudiando, ayudarlos a que aprendan a formular sus preguntas claramente
para comenzar a buscar respuestas, sugerirles maneras productivas
de hallar respuestas y premiar a aquellos que se hagan preguntas
poco usuales, pero importantes, y luego indaguen las respuestas.
Los investigadores científicos, matemáticos e ingenieros
valoran el uso creativo de la imaginación. El salón
de clase de ciencias debiera ser un lugar en donde la creatividad
y la invención —como cualidades distintas de la excelencia
académica— sean reconocidas y fomentadas. De hecho,
los maestros pueden expresar su propia creatividad inventando actividades
en las que la creatividad e imaginación de los estudiantes
rinda frutos.
La ciencia, las matemáticas y la tecnología prosperan
gracias al escepticismo institucionalizado de sus practicantes.
Su supuesto principal es que la evidencia, las afirmaciones y los
argumentos lógicos que se presenten serán cuestionados,
y que los experimentos que se hagan tratarán de reproducirse.
En los salones de ciencias, una práctica normal debiera ser
que los maestros hagan preguntas como las siguientes: ¿cómo
lo sabemos?, ¿cuál es la evidencia?, ¿qué
argumento usamos para interpretar la evidencia?, ¿hay explicaciones
diferentes u otras maneras de resolver el problema que podrían
ser mejores? El objetivo es formar en los estudiantes el hábito
de hacerse este tipo de preguntas y sugerir respuestas.
Los estudiantes debieran llegar a concebir a la ciencia como un
proceso para ampliar la comprensión, no como una verdad inalterable.
Esto quiere decir que los maestros deben tener cuidado de no dar
la impresión de que ellos mismos o los libros de texto son
autoridades absolutas cuyas conclusiones son siempre correctas.
El énfasis exagerado en la competencia entre los estudiantes
por obtener las mejores calificaciones distorsiona lo que debiera
ser el motivo principal para estudiar ciencia: el descubrimiento.
El trabajo en equipo, práctica común en la actividad
científica, tiene muchas ventajas en la educación.
Ayuda a los adolescentes, por ejemplo, a ver que todos podemos contribuir
para lograr metas comunes, y que el avance no depende de que todos
tengamos las mismas capacidades.
Los estudiantes aprenden de sus padres, parientes y compañeros,
y de sus modelos adultos de autoridad, así como de los maestros.
Aprenden en películas, televisión, radio, discos,
libros y revistas, computadoras; aprenden al ir a museos y zoológicos,
fiestas, reuniones, conciertos, torneos, así como de los
libros y del medio escolar en general. Los maestros de ciencias
deben sacar partido de la riqueza de recursos que ofrece la comunidad,
e involucrar en forma útil a los padres y otros adultos interesados.
También es importante que los maestros reconozcan que parte
de lo que sus alumnos aprenden informalmente está equivocado,
incompleto o es entendido en forma incompleta o incorrecta, pero
que la educación formal puede ayudar a los estudiantes a
reestructurar esos conocimientos y a adquirir conocimientos nuevos.
La ciencia, las matemáticas y la tecnología han mejorado
la calidad de la existencia humana; los estudiantes deberían
ser partidarios reflexivos de estos avances. Así tendrían
una visión balanceada de estas actividades y no serían
ni defensores ni opositores acríticos de ellas.
Los maestros tienen la posibilidad de fomentar actitudes positivas
entre sus estudiantes. Si eligen temas significativos, accesibles
e interesantes en ciencia y matemáticas, si utilizan el trabajo
en equipo tanto como la competencia entre los estudiantes, si enfocan
más las clases hacia la exploración y la comprensión
que hacia la memorización de términos, y si se aseguran
de que todos los estudiantes sepan qué se espera que exploren
y aprendan, y que sus logros serán reconocidos, entonces
la mayor parte de esos estudiantes aprenderá realmente. Y
al aprender exitosamente, aprenderán la más importante
lección de todas: que pueden aprender.
Tomado
del libro Science for all Americans, Oxford University
Press, 1990 (disponible en español como Ciencia: conocimiento
para todos, Secretaría de Educación Pública,
1997). Selección de textos y traducción de Martín
Bonfil Olivera.
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