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La columna de Hércules
 


Septiembre - diciembre 2006

[ La columna de Hércules ]


[...Tercera de tres partes]

por Hércules Delgadillo

La repulsión instintiva que siento por los deportes no me impidió correr en pos de ella para hacer un último intento por que no se fuera pensando que yo era lo que soy: insensible, altanero, misíntropo... Supongo que mi gesto contrito y mis ojos asustados por la posibilidad de no volverla a ver lograron hacerle mella.

–¿Qué pasa?– me preguntó con una media sonrisa, como quien espera una respuesta sin importancia.

–Es que desde hace dos horas– dije mintiendo con tal intensidad que se me saltaron las venas del cuello– necesito urgentemente los servicios de un homeópata.

Por supuesto, no me creyó. Aun así, metió la mano en el bolsillo de su bata y extrajo una tarjeta con un nombre y un teléfono.

¿Alguna vez en su vida, impertérritos lectores, han sentido verdadera esperanza? No cosquillas de ilusión banal, sino auténtica esperanza, de esa que nos hace convencernos de que todo va a estar bien, que la vida no es tan difícil, que la bondad, la belleza y la inteligencia existen. Que nuestra madre nunca nos traicionará, que la sombra en la radiografía es un error técnico, que comprendemos la mecánica cuántica...

–No sabe cuánto se lo agradezco– expresé tan vehementemente que incluso yo me lo creí. La respuesta fue una sonrisa, esta vez completa, que me dio ánimos hasta para añadir: –y para demostrárselo, le ofrezco darle un curso privado de divulgación en el lugar que tenga a bien elegir.

A pesar de mi ceguera y de mi necedad, y dándome la primera probada de lo que sería nuestra vida en común, contestó con aplomo:

–No quiero ser divulgadora. No tengo las dotes que tiene usted para acercarse a la gente.

Me sorprendió una vez más, y a tal grado que mientras trataba de entender lo que parecía una ironía dicha con voz celestial, la seguí por la escalera tropezándome con cada escalón.

Llegamos hasta su coche, un vochito semioxidado. Antes de abordarlo con gracia felina, me miró a los ojos y preguntó:

–Y, a riesgo de ser entrometida, ¿de qué está enfermo desde hace dos horas?

–De amor– contesté cerrando la portezuela descuadrada. Y salí corriendo, horrorizado de mi cursilería, de mi audacia. Del Hércules desconocido para mí.


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