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[...Tercera de tres partes]
por
Hércules Delgadillo
La
repulsión instintiva que siento por los deportes no me impidió
correr en pos de ella para hacer un último intento por que
no se fuera pensando que yo era lo que soy: insensible, altanero,
misíntropo... Supongo que mi gesto contrito y mis ojos asustados
por la posibilidad de no volverla a ver lograron hacerle mella.
–¿Qué pasa?– me preguntó con una
media sonrisa, como quien espera una respuesta sin importancia.
–Es que desde hace dos horas– dije mintiendo con tal
intensidad que se me saltaron las venas del cuello– necesito
urgentemente los servicios de un homeópata.
Por supuesto, no me creyó. Aun así, metió la
mano en el bolsillo de su bata y extrajo una tarjeta con un nombre
y un teléfono.
¿Alguna vez en su vida, impertérritos lectores, han
sentido verdadera esperanza? No cosquillas de ilusión banal,
sino auténtica esperanza, de esa que nos hace convencernos
de que todo va a estar bien, que la vida no es tan difícil,
que la bondad, la belleza y la inteligencia existen. Que nuestra
madre nunca nos traicionará, que la sombra en la radiografía
es un error técnico, que comprendemos la mecánica
cuántica...
–No sabe cuánto se lo agradezco– expresé
tan vehementemente que incluso yo me lo creí. La respuesta
fue una sonrisa, esta vez completa, que me dio ánimos hasta
para añadir: –y para demostrárselo, le ofrezco
darle un curso privado de divulgación en el lugar que tenga
a bien elegir.
A pesar de mi ceguera y de mi necedad, y dándome la primera
probada de lo que sería nuestra vida en común, contestó
con aplomo:
–No quiero ser divulgadora. No tengo las dotes que tiene usted
para acercarse a la gente.
Me sorprendió una vez más, y a tal grado que mientras
trataba de entender lo que parecía una ironía dicha
con voz celestial, la seguí por la escalera tropezándome
con cada escalón.
Llegamos hasta su coche, un vochito semioxidado. Antes de abordarlo
con gracia felina, me miró a los ojos y preguntó:
–Y, a riesgo de ser entrometida, ¿de qué está
enfermo desde hace dos horas?
–De amor– contesté cerrando la portezuela descuadrada.
Y salí corriendo, horrorizado de mi cursilería, de
mi audacia. Del Hércules desconocido para mí.
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