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Evaluación, ¿para qué?
por
Martín Bonfil Olivera
El
término de moda en los círculos de la divulgación
científica es evaluación. La “cultura de la
evaluación” ha permeado el medio divulgativo, y hoy
parece imposible, casi indecente, proponer un proyecto que no contenga
“parámetros objetivos” para su adecuada evaluación.
Sólo un tonto negaría la utilidad de contar con datos
que permitan saber si un proyecto va bien o mal. Pero ocurre que
no cualquier evaluación es por sí misma útil;
incluso, en ciertas circunstancias y casos, una mala evaluación
puede causar más daños que beneficios.
El problema tiene dos vertientes. La primera, más obvia,
es lo difícil de contar con buenos parámetros de evaluación.
Excepto los más obvios; los cuantitativos. ¿Cuántos
visitantes recibe un museo o exposición; cuántos asistentes
hay en una conferencia; cuántos ejemplares vende una revista?
Y aunque un museo sin visitantes, una revista sin lectores o una
conferencia vacía son fracasos a evitar, el simple número
de “clientes” no basta para saber si el trabajo tiene
calidad y cumple sus objetivos. (Inversamente, los números
bajos no necesariamente equivalen a un mal trabajo.)
Lo importante para la divulgación debiera ser tener calidad
y cumplir sus objetivos, no una cuota numérica. Y sin embargo,
¡qué difícil ponerse de acuerdo en qué
significa calidad, o qué objetivos se buscan!
La segunda dificultad es la concepción misma de evaluación.
¿Evaluar para qué? Cuando se fabrican zapatos o bolillos,
debe haber un control de calidad para detectar los productos defectuosos,
eliminarlos y evitarlos. La evaluación puede llevarnos a
definir el proceso óptimo de producción. Muchos divulgadores,
en sus primeras y cándidas aproximaciones al problema de
la evaluación, creen que ésta nos permitirá
descubrir las mejores recetas para fabricar nuestros productos y
hacerlos más eficaces.
Por desgracia, la visión es demasiado simplista. La comunicación
pública de la ciencia es mucho más compleja y en ella
intervienen demasiadas variables, muchas de ellas –las más
importantes– difíciles o imposibles de medir. ¿Qué
influencia tiene nuestro trabajo en las decisiones de vida de una
persona, en su bienestar, en el entorno cultural o económico
de una sociedad..? En cambio, resulta demasiado sencillo cancelar
un proyecto por “no ser viable”, a pesar de las virtudes
no cuantificables que pudiera tener.
Algunas vertientes divulgativas, como los museos y centros de ciencias,
ha desarrollado un trabajo serio de investigación en evaluación.
En otras, la evaluación es todavía inmadura, y no
es claro que vaya dejar de serlo. Como ocurre en las artes –tan
cercanas por su esencia y su función social a la divulgación–,
quizá evaluar resulte ser un acto esencialmente inútil.
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mbonfil@servidor.unam.mx
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