|
Divulgadores autistas
por
Martín Bonfil Olivera
El título de esta colaboración pudiera parecer agresivo.
No es esa su intención. Sí lo es hacer una crítica
a la actitud que, tristemente, parece privar en gran parte del medio
de los divulgadores científicos, al menos en nuestro país
(y, por desgracia, en nuestra institución).
La palabra «autismo» no se usa aquí en su sentido
literal («síndrome caracterizado por la incapacidad
congénita de establecer contacto verbal y afectivo con las
personas»).
Es más bien metáfora de una actitud en que cada divulgador
trabaja individual, solitariamente, en un aislamiento del que sólo
sale para dar a conocer sus obras al resto de la humanidad (o de
la tribu divulgatoria).
En efecto: ya sea en la diaria labor creativa de poner la ciencia
al alcance del público, o bien en la más bien esporádica
reflexión sobre dicha labor (reflexión necesaria pero
todavía incipiente, y en la que comienzan a surgir simulaciones
que disfrazan estudios superficiales o intrascendentes de investigaciones
sesudas), los divulgadores parecemos no tener memoria y no estar
dispuestos a tomar en cuenta los hallazgos y el trabajo de nuestros
colegas. Pareciera que cada quien prefiere, una y otra vez, redescubrir
el hilo negro.
Los divulgadores autistas somos incapaces de formar una verdadera
comunidad. Esto tiene varios inconvenientes. Uno es la simple ineficiencia
que desaprovecha la experiencia acumulada (así sea la de
los intentos fallidos, caminos cuya futilidad ha quedado probada).
Otra desventaja es que los hallazgos y logros propios no son puestos
a disposición de los colegas. Al menos no de una manera académica:
como herramientas compartidas. En todo caso, se ostentan como triunfos
que señalan la propia superioridad frente a los competidores.
El egoísmo ensimismado del divulgador autista es también
poco ético: implica el no reconocimiento del éxito
y los logros de los demás. Es, en este sentido, una actitud
envidiosa.
Pero quizá lo más grave es que la conducta autista
impide que entre los divulgadores exista una verdadera actitud académica,
es decir, de crítica comunitaria y constructiva. De examen
colectivo, sin apasionamientos pero sin complacencias, de las propuestas
para seleccionar aquellas que sean más adecuadas para nuestros
fines, y que resulten por ello mismo más convincentes para
la comunidad.
Mientras no logremos establecer un diálogo académico,
formando así una verdadera comunidad profesional, los divulgadores
autistas seguiremos contando sólo con nuestros propios recursos
individuales. Y seguiremos siendo incapaces de generar ese tipo
de pensamiento colectivo que le da su fuerza a esa ciencia que pretendemos
divulgar.
Comentarios:
mbonfil@servidor.unam.mx
|