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El contrato educativo
por Martín Bonfil Olivera
Es sabido que uno de los problemas de la divulgación científica
y de muchas disciplinas jóvenes es que no cuenta con una
definición única y universalmente aceptada.
Uno de los puntos más debatidos es la relación entre
divulgación y enseñanza (prefiero esta palabra, más
concisa, que «educación», con sus múltiples
significados).
Aunque puede justificarse una divulgación científica
de objetivo pedagógico, que busque enseñar
(producir un conocimiento perdurable en su público), creo
que el espíritu de lo que generalmente se entiende como «divulgación»
es ajeno a esta idea.
La razón es sencilla: la enseñanza –y su producto,
el aprendizaje– son resultado de un proceso complejo que no
sólo involucra la generación y recepción de
mensajes, sino también su asimilación para integrarse
en la estructura conceptual del receptor. Sólo así
puede lograrse que el conocimiento adquirido, además de perdurable,
sea significativo (y no memorístico). En cualquier caso –incluso
en el memorístico–, el aprendizaje requiere de un trabajo
intelectual relativamente arduo por parte del receptor/alumno, sin
el cual no se produce.
Un proceso de comunicación de contenidos científicos
puede también buscar otros objetivos menos ambiciosos que
el aprendizaje propiamente dicho. Se puede conseguir, por ejemplo,
interesar al receptor en el tema del que se está
hablando, e incluso se puede lograr que se comprendan los conceptos
sin que necesariamente se los asimile permanentemente.
Estos procesos pueden potenciarse secuencialmente unos a otros:
aprender algo resulta más sencillo si primero se ha comprendido,
y la comprensión se facilita mucho si existe un interés
previo.
Pero, a diferencia de la enseñanza, la divulgación
científica no cuenta con lo que llamo un contrato educativo:
el compromiso que el alumno adquiere de seguir las indicaciones
del profesor y someterse a una evaluación para verificar
que el aprendizaje haya tenido lugar. Aunque la enseñanza
pueda ser más eficiente si resulta interesante, el contrato
educativo asegura que, aun si no lo es, el alumno tiene la responsabilidad
de comprender y aprender, so pena de recibir una evaluación
reprobatoria.
El trabajo del divulgador, en cambio, al no contar con un contrato
similar, tiene por necesidad que resultar interesante (si no, simplemente
no hay comunicación). Y puede aspirar a lograr la comprensión
en su receptor. Pero buscar el aprendizaje es pedir demasiado a
una forma de comunicación que por definición es voluntaria.
Pedirle a la divulgación más de lo que puede dar es
una de las más frecuentes causas de su fracaso. Se enseña
en la escuela; la divulgación científica está
para otra cosa.
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mbonfil@servidor.unam.mx
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