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No existen las preguntas tontas
Carl
Sagan
Siempre
es interesante conocer los puntos de vista de los grandes maestros
de la divulgación científica. El siguiente fragmento,
tomado del libro El mundo y sus demonios, muestra algunas de las
opiniones del famoso Carl Sagan, quien inspiró a muchos de
los que hoy nos dedicamos a compartir nuestro gusto por la ciencia.
¿Por
qué es difícil para los científicos comunicar
la ciencia? Algunos científicos, incluyendo algunos muy buenos,
me dicen que les encantaría divulgar, pero sienten que carecen
de talento en esa área. Saber y explicar, dicen, no son la
misma cosa. ¿Cuál es el secreto?
Sólo hay uno, creo yo: no le hables al público general
como le hablarías a tus colegas científicos. Hay términos
que comunican lo que quieres decir en forma inmediata y precisa
a tus colegas expertos. En tu trabajo profesional puedes hablar
sólo tres frases al día. Pero ante una audiencia de
no especialistas, eso no sirve más que para causar confusión.
Usa el lenguaje más sencillo posible. Sobre todo, recuerda
cómo era antes de que tú mismo comprendieras lo que
sea que estás explicando. Recuerda los malentendidos
en los que casi caíste, y menciónalos explícitamente.
Mantén muy en mente que hubo un tiempo en que tú tampoco
entendías nada de esto. Recapitula los primeros pasos que
te llevaron de la ignorancia al conocimiento. Nunca olvides que
la inteligencia está ampliamente distribuida en nuestra especie.
De hecho, es el secreto de nuestro éxito.
El esfuerzo que esto requiere es pequeño; los beneficios,
grandes. Entre los escollos potenciales están la sobresimplificación,
la necesidad de ser cauto con las cualificaciones (y las cuantificaciones),
no dar el crédito adecuado a los muchos científicos
involucrados, y no hacer las distinciones suficientes entre una
analogía útil y la realidad. Sin duda, habrá
que hacer concesiones.
Conforme vayas haciendo más presentaciones de este tipo,
estará más claro qué funciona y qué
no. Habrá una selección natural de metáforas,
imágenes, analogías, anécdotas. Después
de un tiempo encontrarás que puedes llegar casi a donde quieras,
caminando sobre piedras probadas y garantizadas. Entonces podrás
afinar tus presentaciones según las necesidades de cada audiencia
particular.
Al igual que algunos editores y productores de televisión,
ciertos científicos creen que el público es demasiado
ignorante o estúpido para entender la ciencia, que la empresa
de la divulgación es fundamentalmente una causa perdida,
o incluso que equivale a fraternizar, si no es que abiertamente
cohabitar, con el enemigo. Entre las muchas críticas que
se podrían hacer de este tipo de juicios además de
su insufrible arrogancia y su desdén por los numerosos y
muy exitosos ejemplos de divulgación de la ciencia, es que
se auto-confirman. Y también, para los científicos
involucrados, se auto-derrotan:
El apoyo amplio del gobierno a la ciencia es bastante nuevo; data
sólo desde la segunda guerra mundial, aunque el patrocinio
de unos pocos científicos por los ricos y poderosos es mucho
más viejo.
Con el final de la guerra fría, el pretexto de la defensa
nacional, que había servido para apoyar todo tipo de ciencia
fundamental se volvió virtualmente inaceptable. Es sólo
por esta razón, creo, que hoy muchos científicos aceptan
la idea de divulgar la ciencia. (Como casi todo el apoyo para la
ciencia viene de las arcas públicas, si los científicos
se opusieran a la divulgación competente estarían
coqueteando con el suicidio.) Es más probable que el público
apoye lo que entiende y aprecia. No me refiero a escribir artículos
para Scientific American, digamos, que son leídos
por entusiastas de la ciencia y científicos de otros campos.
No estoy hablando sólo de impartir cursos introductorios
para estudiantes de licenciatura. Hablo de esfuerzos para comunicar
la sustancia y el enfoque de la ciencia en periódicos, revistas,
en radio y televisión, en conferencias para el público
general, y en libros de texto elementales, de enseñanza media
y de bachillerato.
Desde luego que hay que establecer criterios en la divulgación.
Es importante no confundir ni ser condescendiente. A veces, al intentar
estimular el interés del público, los científicos
han ido demasiado lejos por ejemplo, al sacar conclusiones religiosas
injustificadas.
[...]Las publicaciones periódicas y la televisión
pueden iniciar una reacción cuando nos permiten echar un
vistazo a la ciencia, y esto es muy importante. Pero aparte de talleres,
clases y seminarios bien estructurados, la mejor manera de popularizar
la ciencia es a través de libros de texto, libros populares,
cd-roms y discos láser. Uno puede repasar las cosas
una y otra vez, ir a su propio paso, revisar las partes difíciles,
comparar textos, excavar profundo. Tiene que hacerse bien, sin embargo,
y en las escuelas normalmente no se hace así. En ellas, como
comenta el filósofo John Passmore, la ciencia muchas veces
se presenta «como una cuestión de aprender principios
y aplicarlos mediante procedimientos rutinarios. Se aprende en libros
de texto, no al leer los trabajos de grandes científicos
o incluso las contribuciones de cada día a la literatura
científica. El científico principiante, a diferencia
del humanista principiante, no tiene un contacto inmediato con el
genio. De hecho[...] los cursos escolares pueden atraer a la ciencia
precisamente al tipo equivocado de persona: chicos y chicas poco
imaginativos a los que les gusta la rutina.»
Sostengo que la divulgación de la ciencia es exitosa si,
en principio, no hace más que encender el sentido de lo maravilloso.
Para hacerlo, basta con proporcionar un vistazo de los hallazgos
de la ciencia sin explicar detalladamente cómo fueron logrados.
Es más fácil mostrar el destino que el viaje. Pero,
cuando sea posible, los divulgadores deberían tratar de relatar
algunos de los errores, comienzos falsos, callejones sin salida,
y la confusión aparentemente irremediable a lo largo del
camino. Al menos de vez en cuando deberíamos proporcionar
la evidencia y dejar que el lector sacara sus propias conclusiones.
Esto convierte la asimilación obediente de nuevos conocimientos
en un descubrimiento personal. Cuando uno logra el hallazgo por
sí mismo, aun si es la última persona en la tierra
en darse cuenta de las cosas, nunca lo olvida.
Cuando yo era joven, me inspiraba en los libros y artículos
de divulgación científica de George Gamow, James Jeans,
Arthur Eddington, J. B. S. Haldane, Julian Huxley, Rachel Carson
y Arthur C. Clarke, todos ellos con formación científica,
y muchos de ellos practicantes destacados de la ciencia. La popularidad
de los libros de ciencia bien escritos, bien explicados, profundamente
imaginativos, que tocan nuestros corazones así como nuestras
mentes, parece mayor en los últimos veinte años que
nunca antes, y el número y la diversidad de disciplinas de
las que provienen los científicos que los escriben tampoco
tienen precedentes. Entre los mejores divulgadores contemporáneos
de la ciencia considero a Stephen Jay Gould, E. O. Wilson, Lewis
Thomas y Richard Dawkins, en biología; Stephen Weinberg,
Alan Lightman y Kip Thorne en física; Roald Hoffman en química;
y los primeros trabajos de Fred Hoyle en astronomía. Isaac
Asimov escribió talentosamente sobre todos los temas. (Y,
aunque su lectura requiere conocimientos de cálculo, me parece
que el trabajo de divulgación más consistentemente
emocionante, provocativo e inspirador de las últimas décadas
es el volumen I de las Lecciones de física de Richard
Feynman.) Sin embargo, los esfuerzos actuales están muy lejos
de estar en proporción a las necesidades públicas.
Y, desde luego, si no sabemos leer, no podemos beneficiarnos de
estas obras, no importa qué tan inspiradoras resulten.
[...]Sostengo que la ciencia es una herramienta absolutamente esencial
para cualquier sociedad que quiera tener alguna esperanza de sobrevivir
en el nuevo siglo con sus valores fundamentales intactos. No sólo
la ciencia como la practican sus profesionales, sino la ciencia
entendida y adoptada por la comunidad humana entera. Y si los científicos
no lo llevan a cabo, ¿quién lo hará?
Tomado
del libro The demon-haunted world, science as a candle in the
dark, Nueva York, Random House, 1996, capítulo 19. Traducción
de Martín Bonfil Olivera (publicado en español como
El mundo y sus demonios, Planeta, 1997).
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