Secciones:
 
Mi visión
 


Enero - abril 2006

[ Mi visión ]


No existen las preguntas tontas

Carl Sagan

Siempre es interesante conocer los puntos de vista de los grandes maestros de la divulgación científica. El siguiente fragmento, tomado del libro El mundo y sus demonios, muestra algunas de las opiniones del famoso Carl Sagan, quien inspiró a muchos de los que hoy nos dedicamos a compartir nuestro gusto por la ciencia.

¿Por qué es difícil para los científicos comunicar la ciencia? Algunos científicos, incluyendo algunos muy buenos, me dicen que les encantaría divulgar, pero sienten que carecen de talento en esa área. Saber y explicar, dicen, no son la misma cosa. ¿Cuál es el secreto?

Sólo hay uno, creo yo: no le hables al público general como le hablarías a tus colegas científicos. Hay términos que comunican lo que quieres decir en forma inmediata y precisa a tus colegas expertos. En tu trabajo profesional puedes hablar sólo tres frases al día. Pero ante una audiencia de no especialistas, eso no sirve más que para causar confusión. Usa el lenguaje más sencillo posible. Sobre todo, recuerda cómo era antes de que tú mismo comprendieras lo que sea que estás explicando. Recuerda los malentendidos en los que casi caíste, y menciónalos explícitamente. Mantén muy en mente que hubo un tiempo en que tú tampoco entendías nada de esto. Recapitula los primeros pasos que te llevaron de la ignorancia al conocimiento. Nunca olvides que la inteligencia está ampliamente distribuida en nuestra especie. De hecho, es el secreto de nuestro éxito.

El esfuerzo que esto requiere es pequeño; los beneficios, grandes. Entre los escollos potenciales están la sobresimplificación, la necesidad de ser cauto con las cualificaciones (y las cuantificaciones), no dar el crédito adecuado a los muchos científicos involucrados, y no hacer las distinciones suficientes entre una analogía útil y la realidad. Sin duda, habrá que hacer concesiones.

Conforme vayas haciendo más presentaciones de este tipo, estará más claro qué funciona y qué no. Habrá una selección natural de metáforas, imágenes, analogías, anécdotas. Después de un tiempo encontrarás que puedes llegar casi a donde quieras, caminando sobre piedras probadas y garantizadas. Entonces podrás afinar tus presentaciones según las necesidades de cada audiencia particular.

Al igual que algunos editores y productores de televisión, ciertos científicos creen que el público es demasiado ignorante o estúpido para entender la ciencia, que la empresa de la divulgación es fundamentalmente una causa perdida, o incluso que equivale a fraternizar, si no es que abiertamente cohabitar, con el enemigo. Entre las muchas críticas que se podrían hacer de este tipo de juicios además de su insufrible arrogancia y su desdén por los numerosos y muy exitosos ejemplos de divulgación de la ciencia, es que se auto-confirman. Y también, para los científicos involucrados, se auto-derrotan:

El apoyo amplio del gobierno a la ciencia es bastante nuevo; data sólo desde la segunda guerra mundial, aunque el patrocinio de unos pocos científicos por los ricos y poderosos es mucho más viejo.

Con el final de la guerra fría, el pretexto de la defensa nacional, que había servido para apoyar todo tipo de ciencia fundamental se volvió virtualmente inaceptable. Es sólo por esta razón, creo, que hoy muchos científicos aceptan la idea de divulgar la ciencia. (Como casi todo el apoyo para la ciencia viene de las arcas públicas, si los científicos se opusieran a la divulgación competente estarían coqueteando con el suicidio.) Es más probable que el público apoye lo que entiende y aprecia. No me refiero a escribir artículos para Scientific American, digamos, que son leídos por entusiastas de la ciencia y científicos de otros campos. No estoy hablando sólo de impartir cursos introductorios para estudiantes de licenciatura. Hablo de esfuerzos para comunicar la sustancia y el enfoque de la ciencia en periódicos, revistas, en radio y televisión, en conferencias para el público general, y en libros de texto elementales, de enseñanza media y de bachillerato.

Desde luego que hay que establecer criterios en la divulgación. Es importante no confundir ni ser condescendiente. A veces, al intentar estimular el interés del público, los científicos han ido demasiado lejos por ejemplo, al sacar conclusiones religiosas injustificadas.

[...]Las publicaciones periódicas y la televisión pueden iniciar una reacción cuando nos permiten echar un vistazo a la ciencia, y esto es muy importante. Pero aparte de talleres, clases y seminarios bien estructurados, la mejor manera de popularizar la ciencia es a través de libros de texto, libros populares, cd-roms y discos láser. Uno puede repasar las cosas una y otra vez, ir a su propio paso, revisar las partes difíciles, comparar textos, excavar profundo. Tiene que hacerse bien, sin embargo, y en las escuelas normalmente no se hace así. En ellas, como comenta el filósofo John Passmore, la ciencia muchas veces se presenta «como una cuestión de aprender principios y aplicarlos mediante procedimientos rutinarios. Se aprende en libros de texto, no al leer los trabajos de grandes científicos o incluso las contribuciones de cada día a la literatura científica. El científico principiante, a diferencia del humanista principiante, no tiene un contacto inmediato con el genio. De hecho[...] los cursos escolares pueden atraer a la ciencia precisamente al tipo equivocado de persona: chicos y chicas poco imaginativos a los que les gusta la rutina.»

Sostengo que la divulgación de la ciencia es exitosa si, en principio, no hace más que encender el sentido de lo maravilloso. Para hacerlo, basta con proporcionar un vistazo de los hallazgos de la ciencia sin explicar detalladamente cómo fueron logrados. Es más fácil mostrar el destino que el viaje. Pero, cuando sea posible, los divulgadores deberían tratar de relatar algunos de los errores, comienzos falsos, callejones sin salida, y la confusión aparentemente irremediable a lo largo del camino. Al menos de vez en cuando deberíamos proporcionar la evidencia y dejar que el lector sacara sus propias conclusiones. Esto convierte la asimilación obediente de nuevos conocimientos en un descubrimiento personal. Cuando uno logra el hallazgo por sí mismo, aun si es la última persona en la tierra en darse cuenta de las cosas, nunca lo olvida.

Cuando yo era joven, me inspiraba en los libros y artículos de divulgación científica de George Gamow, James Jeans, Arthur Eddington, J. B. S. Haldane, Julian Huxley, Rachel Carson y Arthur C. Clarke, todos ellos con formación científica, y muchos de ellos practicantes destacados de la ciencia. La popularidad de los libros de ciencia bien escritos, bien explicados, profundamente imaginativos, que tocan nuestros corazones así como nuestras mentes, parece mayor en los últimos veinte años que nunca antes, y el número y la diversidad de disciplinas de las que provienen los científicos que los escriben tampoco tienen precedentes. Entre los mejores divulgadores contemporáneos de la ciencia considero a Stephen Jay Gould, E. O. Wilson, Lewis Thomas y Richard Dawkins, en biología; Stephen Weinberg, Alan Lightman y Kip Thorne en física; Roald Hoffman en química; y los primeros trabajos de Fred Hoyle en astronomía. Isaac Asimov escribió talentosamente sobre todos los temas. (Y, aunque su lectura requiere conocimientos de cálculo, me parece que el trabajo de divulgación más consistentemente emocionante, provocativo e inspirador de las últimas décadas es el volumen I de las Lecciones de física de Richard Feynman.) Sin embargo, los esfuerzos actuales están muy lejos de estar en proporción a las necesidades públicas. Y, desde luego, si no sabemos leer, no podemos beneficiarnos de estas obras, no importa qué tan inspiradoras resulten.

[...]Sostengo que la ciencia es una herramienta absolutamente esencial para cualquier sociedad que quiera tener alguna esperanza de sobrevivir en el nuevo siglo con sus valores fundamentales intactos. No sólo la ciencia como la practican sus profesionales, sino la ciencia entendida y adoptada por la comunidad humana entera. Y si los científicos no lo llevan a cabo, ¿quién lo hará?

Tomado del libro The demon-haunted world, science as a candle in the dark, Nueva York, Random House, 1996, capítulo 19. Traducción de Martín Bonfil Olivera (publicado en español como El mundo y sus demonios, Planeta, 1997).


Para ver archivos PDF necesitas Acrobat Reader


El Muégano Divulgador, boletín mensual para divulgadores. Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM. 3er. piso de Universum, zona cultural, Ciudad Universitaria, Coyoacán, México DF. Tel. 56-22-72-92 y 93. muegano@universum.unam.mx
Las opiniones expresadas en los textos firmados son responsabilidad de sus autores y no
necesariamente reflejan el punto de vista de la institución. El material se publica con propósitos de difusión y sin fines de lucro. Para cualquier aclaración, favor de ponerse en contacto con el editor.