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Los años preciosos
José
de la Herrán
El
7 de noviembre del año pasado, el ingeniero José de
la Herrán, uno de los pilares y decano de la divulgación
científica y técnica en México, recibió
el Premio Universidad Nacional en el área de creación
artística y extensión de la cultura. Ahí leyó,
a nombre de todos los premiados, el discurso que a continuación
reproducimos. Posteriormente, los días 8 y 9 de diciembre,
se realizó en su honor en la Dirección General de
Divulgación de la Ciencia de la UNAM el simposio "Ciencia,
Técnica y Divulgación".
El muégano divulgador se congratula y celebra presentando
en esta edición algunos de los textos leídos en este
evento.
Quiero
decir a todos ustedes que mi agradecimiento hacia la Universidad
Nacional Autónoma de México, que me ha acogido durante
estos últimos 35 años de mi vida, es tan grande como
mi alegría y la emoción que siento en estos instantes
al dirigirme a ustedes para expresarlo.
Agradecimiento porque la UNAM, durante esos 35 años, no sólo
me ha brindado grandes oportunidades, sino que ahora y para colmo
me hace el honor de otorgarme este maravilloso Premio Universidad
Nacional, que recibo, seguramente al igual que mis compañeros
premiados lo han recibido el día de hoy, con una bella mezcla
de profundos sentimientos que no podría enumerar...
Ingresé al Palacio de Minería hace casi 62 años
para cursar la carrera de Ingeniería Mecánica Y Eléctrica,
y en lugar de hacer la carrera en cinco años, la hice en
10... Y lo digo sin pena y hasta con gusto, porque así, por
10 años, a la vez que trabajaba, tuve la oportunidad de convivir
con varias generaciones de estudiantes en las que hice excelentes
amigos y además tuve el privilegio de aprovechar las enseñanzas
de grandes profesores como el maestro Rivero Borrell, el maestro
Castelazo, el maestro Mascott, el maestro Avilés, el maestro
Vallejo Márquez, el maestro Don Aurelio Torres H., aún
activo en la facultad y cuya materia, que era estática, la
pasé a título de suficiencia, como tantas otras, porque
pocas veces, debido a mi trabajo, alcanzaba las asistencias necesarias
para el examen ordinario.
Pero no solamente eran sus enseñanzas; era también
la amistad que tuve el honor de recibir de ellos, sus consejos,
producto de su experiencia en el trabajo y en la vida; y ya fuera
de lo académico, la alegría de poder, de vez en cuando,
pasar con ellos horas inolvidables...
Siempre recordaré con admiración y cariño al
maestro Rodrigo Castelazo tocando al piano el Vals Capricho, de
Ricardo Castro, en su casa. O al maestro Rivero Borrel con su pasión
por aquellos relojes de bolsillo marca Illinois, ajustados en 7
posiciones, y capaces de sostenerse dentro de 4 o 5 segundos a la
semana, precisión extraordinaria para relojes mecánicos...
estoy hablando de los años 50.
Terminada la carrera, y por unos 20 años, me alejé
de la UNAM, esta maravillosa universidad que representa para mí
la institución más seria y confiable del país,
por sólida, por estable, por dedicada y por inteligente,
hasta que, trabajando en la empresa Campos Hermanos en la fabricación
de aceros aleados, surgió la oportunidad de entrar en contacto
con el Instituto de Astronomía, en relación con el
nuevo observatorio astronómico que se pensaba construir en
la serranía de San Pedro Mártir, Baja California.
Para mí, que había construido como aficionado y con
mi padre telescopios de buen tamaño, poder colaborar con
el instituto me pareció maravilloso, y más maravilloso
aún fue el que, con la venia del rector Guillermo Soberón,
el doctor Arcadio Poveda, director del instituto, me encomendase
el diseño y construcción del telescopio principal
del nuevo observatorio; por ello no dudé en dejar Campos
Hermanos y venir a la UNAM; aunque con menores emolumentos, con
la seguridad de grandes satisfacciones futuras. Una de ellas fue
que la UNAM haya confiado en mí para aquel proyecto, que
ahora es una realidad. No podré agradecerlo suficientemente
en lo que me queda de vida.
Diez preciosos años en el Instituto de Astronomía,
diez preciosos años en el Centro de Instrumentos, donde bajo
la dirección del maestro Héctor Domínguez,
entre otros logros, pudimos iniciar el primer laboratorio de metrología
dimensional... Y después, como para regalo de mis esperanzas,
la oportunidad de participar en la erección del Museo de
las Ciencias Universum, gracias al rector José Sarukhan
y al doctor Jorge Flores: un museo como el que yo soñaba
desde niño. Un museo que millones de jóvenes mexicanos
no habían podido visitar simplemente porque no existía.
Un museo que vino a convertir en realidad aquel soñado deseo,
que, de hecho, fue creciendo con mi edad.
Y digo esto porque tuve la fortuna, en un viaje al extranjero con
mi padre, de visitar a los 11 años un gran museo de ciencias,
visita que aunque solamente duró un día, cambió
mi vida para siempre; visita que más tarde me hizo pensar
en que lo mismo sucedería a millones de niños y jóvenes
en México que pudieran gozar de una experiencia como aquella.
Estaba seguro de que, como a mí, una sola visita a un museo
de ciencias cambiaría sus vidas....
También estoy seguro de que todos los que hoy recibimos estos
premios y reconocimientos, lo hacemos con un triple agradecimiento:
agradecimiento por sentir que nuestro trabajo ha sido juzgado como
útil; agradecimiento también porque la UNAM nos ha
brindado la oportunidad de realizarlo, y agradecimiento porque el
sabernos premiados nos llena de alegría, y la propia alegría
de saberlo nos invita a trabajar con más empeño y
así seguir siendo útiles a nuestra querida alma
mater y a nuestra nación, a las que vamos a dedicar
aún muchas más horas-amor.
Por mi parte, gracias una vez más por haberme honrado con
la oportunidad de dirigirme a ustedes mediante este sencillo pero
muy sincero discurso. De verdad, señores y señoras...
¡muchas gracias!
José
Antonio Ruiz de la Herrán Villagómez es ingeniero,
astrónomo y divulgador de la ciencia y la tecnología.
Es miembro fundador de la Sociedad Mexicana para la Divulgación
de la Ciencia y la Técnica (SOMEDICYT) y trabaja en la DGDC-UNAM.
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