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La paella y la divulgación de la ciencia
Juan
José Rivaud
En
el primer número de este boletín, El muégano
divulgador, aparecido en agosto del 2000, nos pareció ideal
presentar el texto del discurso que Juanjo leyó cuando en
1999 aceptó el Premio Nacional de Divulgación de la
Ciencia y la Técnica «Alejandra Jáidar».
Hoy parece oportuno recuperar ese mismo texto, en el que él
hacía un recuento de su trayectoria como divulgador.
Permítaseme empezar recordando a varias de las personas que
influyeron en mí para tomarle el gusto a la divulgación
de la ciencia, así como otros que fueron compañeros
de ruta en estas preocupaciones. En primer lugar Alejandra Jaidar,
quien transmitió a todos los que la conocíamos esa
alegría y gusto por la vida, tan característicos en
ella, y la pasión por la divulgación de la ciencia.
A continuación mi padre, José Rivaud, quien a pesar
de que su formación era en otra dirección (artillería
e ingeniería militar), tenía un genuino interés
y gusto por la ciencia y la historia, disciplinas de las que era
un lector insaciable. Él fue quien me inculcó el interés
por estos temas y me heredó no sólo parte de sus libros,
sino el vicio de comprarlos. También a él le debo
la intolerancia ante la injusticia y la simulación, así
como un profundo gusto, que raya en la gula, por la buena comida,
sobre todo si se acompaña de una buena charla y se comparte
con amigos.
Por último Pedro Armendariz, Jesús Alarcón,
Santiago Ramírez y Carlos Montiel, los cuatro más
jóvenes que yo y que desafortunadamente se me adelantaron.
Con ellos, en distintos momentos, discutí y trabajé
con mayor o menor intensidad diversos aspectos de las matemáticas,
su enseñanza, su filosofía y su difusión. Con
ellos compartí la idea de que en el desarrollo de la ciencia,
al igual que cuando se cocina una paella, los ingredientes deben
estar frescos, ponerse en las proporciones adecuadas y cocinarse
juntos el tiempo correcto. Si se cuecen por separado y sólo
al final el arroz se decora con ellos, el resultado es un arroz
con tropezones, pero de ninguna manera una paella; y también
es justo señalar que cuando una paella está bien hecha,
lo mejor es el arroz, que en el símil de la ciencia corresponde
al ambiente intelectual que impera en una institución de
educación superior, y en el medio que la rodea, así
como el convivir con los jóvenes que en ella se forman.
El CINVESTAV del IPN en 1972, al inicio de mi carrera académica,
me invitó a colaborar en uno de los proyectos educativos
más importantes de la Institución: La escritura de
los Libros de Texto Gratuitos para la Primaria. Trabajar en ellos
me dio una manera muy distinta de ver a las matemáticas y
a la ciencia en general, así como su relación con
el resto de las cosas. Visión que ha marcado mi trayectoria.
Con alguna frecuencia cuento que hace poco más de 40 años
(o 40 kilos), cuando tenía que decidir qué hacer después
de la prepa, mi problema vocacional era entre estudiar para profesor
de educación física o entrar a la Facultad de Ciencias
de la UNAM y estudiar matemáticas. No era una decisión
fácil, llevaba ya varios años entrenando con el club
Venados, en el Plan Sexenal; corría bastante bien los 800
metros, aunque mi deseo era ser especialista en 5 mil. Allí
o en Chapultepec, pasaba entrenando todas mis tardes y los fines
de semana iba con el resto de los compañeros a las competencias
y encuentros, independientemente de si competía o no.
Con todo ello rompí de tajo al decidirme por las matemáticas.
Sin embargo, cuando pienso en la divulgación de la ciencia
me vuelvo a acordar del deporte, al que veo no como una actividad
exclusiva de superdotados, sino como una que cualquier persona interesada
debería poder llevar a cabo en un ambiente de solidaridad
y cordialidad, en instalaciones adecuadas y con la supervisión
de gente capaz que lo estimule y lo oriente en los distintos aspectos
de la rama elegida, su historia, las razones de por qué se
hace así, qué es lo que se debe hacer y lo que no
se debe hacer, etcétera, y que le hiciese ver que la única
competencia que vale la pena es consigo mismo.
No es que el deporte de alto rendimiento me moleste, sino que considero
que la función de estas actividades tiene otra razón
de ser. Por cierto, apostaría que un acercamiento como éste
produciría muchos más deportistas de alto rendimiento
que los métodos actualmente usados (aclaro que en estas
opiniones se pone al margen el automovilismo, el futbol y el boxeo
profesionales).
Con la divulgación de la ciencia me pasa lo mismo: creo que
debe estar dirigida a toda persona interesada en ella, independientemente
de su edad y condición social. Considero que si esta actividad
se llevase a cabo con la frecuencia e intensidad adecuadas, y una
cobertura acorde al tamaño del país, tendría
como consecuencia no sólo ciudadanos más felices y
plenos sino también habría una mayor comprensión
de qué es la actividad científica, y, probablemente
-como consecuencia- entre los jóvenes se daría una
mayor inclinación vocacional hacia estas disciplinas. También
la población opinaría con mayor conocimiento de causa
acerca de una serie de decisiones lo suficientemente importantes
para dejarlas en manos exclusivas de los especialistas. Asimismo
habría un contrapeso ante este mal mundial de moda, que es
la difusión de las seudociencias, mal que, por cierto, parece
cautivar a los medios masivos de comunicación.
No quiero dar la impresión de plañidera. Conozco los
esfuerzos que desde hace años se vienen haciendo en esta
dirección: edición de libros, museos interactivos
de ciencias, exposiciones itinerantes, ciclos de conferencias, programas
de difusión, particularmente en radio, etcétera, pero
considero que la comunidad científica y técnica, las
instituciones y los propios divulgadores debemos tener una actitud
mucho más abierta, generosa y comprometida, que permita que
la divulgación cumpla con el papel que le corresponde dentro
del quehacer cultural de nuestra nación.
Estoy seguro que los que me conocen se están preguntando
cómo me las voy a arreglar para empezar a hablar de matemáticas,
pero no hay por qué preocuparse; hoy sólo me queda
darles las más sinceras gracias.
Texto
leído por el autor durante la entrega del Premio Nacional
de divulgación de la ciencia 1999, y publicado en la revista
Avance y perspectiva (mayo-junio 2000) y posteriormente en El muégano
divulgador, número 1 (agosto 2000).
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