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Recuperando la memoria
 


Julio - septiembre 2005

[ Recuperando la memoria ]


La paella y la divulgación de la ciencia

Juan José Rivaud

En el primer número de este boletín, El muégano divulgador, aparecido en agosto del 2000, nos pareció ideal presentar el texto del discurso que Juanjo leyó cuando en 1999 aceptó el Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica «Alejandra Jáidar». Hoy parece oportuno recuperar ese mismo texto, en el que él hacía un recuento de su trayectoria como divulgador.

Permítaseme empezar recordando a varias de las personas que influyeron en mí para tomarle el gusto a la divulgación de la ciencia, así como otros que fueron compañeros de ruta en estas preocupaciones. En primer lugar Alejandra Jaidar, quien transmitió a todos los que la conocíamos esa alegría y gusto por la vida, tan característicos en ella, y la pasión por la divulgación de la ciencia.

A continuación mi padre, José Rivaud, quien a pesar de que su formación era en otra dirección (artillería e ingeniería militar), tenía un genuino interés y gusto por la ciencia y la historia, disciplinas de las que era un lector insaciable. Él fue quien me inculcó el interés por estos temas y me heredó no sólo parte de sus libros, sino el vicio de comprarlos. También a él le debo la intolerancia ante la injusticia y la simulación, así como un profundo gusto, que raya en la gula, por la buena comida, sobre todo si se acompaña de una buena charla y se comparte con amigos.

Por último Pedro Armendariz, Jesús Alarcón, Santiago Ramírez y Carlos Montiel, los cuatro más jóvenes que yo y que desafortunadamente se me adelantaron. Con ellos, en distintos momentos, discutí y trabajé con mayor o menor intensidad diversos aspectos de las matemáticas, su enseñanza, su filosofía y su difusión. Con ellos compartí la idea de que en el desarrollo de la ciencia, al igual que cuando se cocina una paella, los ingredientes deben estar frescos, ponerse en las proporciones adecuadas y cocinarse juntos el tiempo correcto. Si se cuecen por separado y sólo al final el arroz se decora con ellos, el resultado es un arroz con tropezones, pero de ninguna manera una paella; y también es justo señalar que cuando una paella está bien hecha, lo mejor es el arroz, que en el símil de la ciencia corresponde al ambiente intelectual que impera en una institución de educación superior, y en el medio que la rodea, así como el convivir con los jóvenes que en ella se forman.

El CINVESTAV del IPN en 1972, al inicio de mi carrera académica, me invitó a colaborar en uno de los proyectos educativos más importantes de la Institución: La escritura de los Libros de Texto Gratuitos para la Primaria. Trabajar en ellos me dio una manera muy distinta de ver a las matemáticas y a la ciencia en general, así como su relación con el resto de las cosas. Visión que ha marcado mi trayectoria.

Con alguna frecuencia cuento que hace poco más de 40 años (o 40 kilos), cuando tenía que decidir qué hacer después de la prepa, mi problema vocacional era entre estudiar para profesor de educación física o entrar a la Facultad de Ciencias de la UNAM y estudiar matemáticas. No era una decisión fácil, llevaba ya varios años entrenando con el club Venados, en el Plan Sexenal; corría bastante bien los 800 metros, aunque mi deseo era ser especialista en 5 mil. Allí o en Chapultepec, pasaba entrenando todas mis tardes y los fines de semana iba con el resto de los compañeros a las competencias y encuentros, independientemente de si competía o no.

Con todo ello rompí de tajo al decidirme por las matemáticas. Sin embargo, cuando pienso en la divulgación de la ciencia me vuelvo a acordar del deporte, al que veo no como una actividad exclusiva de superdotados, sino como una que cualquier persona interesada debería poder llevar a cabo en un ambiente de solidaridad y cordialidad, en instalaciones adecuadas y con la supervisión de gente capaz que lo estimule y lo oriente en los distintos aspectos de la rama elegida, su historia, las razones de por qué se hace así, qué es lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, etcétera, y que le hiciese ver que la única competencia que vale la pena es consigo mismo.

No es que el deporte de alto rendimiento me moleste, sino que considero que la función de estas actividades tiene otra razón de ser. Por cierto, apostaría que un acercamiento como éste produciría muchos más deportistas de alto rendimiento que los métodos actualmente usados (aclaro que en estas opiniones se pone al margen el automovilismo, el futbol y el boxeo profesionales).

Con la divulgación de la ciencia me pasa lo mismo: creo que debe estar dirigida a toda persona interesada en ella, independientemente de su edad y condición social. Considero que si esta actividad se llevase a cabo con la frecuencia e intensidad adecuadas, y una cobertura acorde al tamaño del país, tendría como consecuencia no sólo ciudadanos más felices y plenos sino también habría una mayor comprensión de qué es la actividad científica, y, probablemente -como consecuencia- entre los jóvenes se daría una mayor inclinación vocacional hacia estas disciplinas. También la población opinaría con mayor conocimiento de causa acerca de una serie de decisiones lo suficientemente importantes para dejarlas en manos exclusivas de los especialistas. Asimismo habría un contrapeso ante este mal mundial de moda, que es la difusión de las seudociencias, mal que, por cierto, parece cautivar a los medios masivos de comunicación.

No quiero dar la impresión de plañidera. Conozco los esfuerzos que desde hace años se vienen haciendo en esta dirección: edición de libros, museos interactivos de ciencias, exposiciones itinerantes, ciclos de conferencias, programas de difusión, particularmente en radio, etcétera, pero considero que la comunidad científica y técnica, las instituciones y los propios divulgadores debemos tener una actitud mucho más abierta, generosa y comprometida, que permita que la divulgación cumpla con el papel que le corresponde dentro del quehacer cultural de nuestra nación.

Estoy seguro que los que me conocen se están preguntando cómo me las voy a arreglar para empezar a hablar de matemáticas, pero no hay por qué preocuparse; hoy sólo me queda darles las más sinceras gracias.

Texto leído por el autor durante la entrega del Premio Nacional de divulgación de la ciencia 1999, y publicado en la revista Avance y perspectiva (mayo-junio 2000) y posteriormente en El muégano divulgador, número 1 (agosto 2000).


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El Muégano Divulgador, boletín mensual para divulgadores. Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM. 3er. piso de Universum, zona cultural, Ciudad Universitaria, Coyoacán, México DF. Tel. 56-22-72-92 y 93. muegano@universum.unam.mx
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