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Sólo lo hacemos por dinero
por
Sergio de Régules
Algunos
colegas, al parecer, piensan que los divulgadores que escribimos
libros nos hinchamos de dinero como magnates de la televisión.
Es verdad.
Recuerdo que cuando salí de la prepa pensé: «¿qué
estudiaré?» Quería una carrera en la que se
ganara bien para vivir en la opulencia. De inmediato me decidí
por la física, desechando por mal remuneradas (en comparación)
las carreras de banquero, futbolista y político. Todo era
parte de un astuto plan: «cuando obtenga mi título
de físico», me dije calculadoramente, «¡puedo
dedicarme a escribir libros de divulgación y entonces sí...!»
Dicho esto, solté una risotada de esas que sólo se
oyen en los castillos de los Cárpatos. (En eso retumbó
un trueno que me dio un susto que casi me mata.)
Es bien sabido que en México publicar libros, especialmente
de ciencias, es una fuente segura de riqueza; por eso los que escribimos
ganamos tanto. Pero confesemos que todos, no sólo los que
escribimos, estamos en esto de la divulgación por dinero.
El amor a la profesión está bien para los narcotraficantes
y los políticos, esos soñadores incorregibles. Pero
en nuestro gremio hay que ser pragmáticos. Nos gusta la lana
y la ganamos a raudales.
Al mismo tiempo, no podemos permitir que se nos note. No está
bien visto. Es muy difícil para los que ganamos tanto no
presumir, pero hay que evitarlo. He aquí algunos consejos
que los divulgadores podemos poner en práctica para disimular
que nadamos en plata:
1) Resistan la tentación de comprarse coches de lujo, pagar
la renta a tiempo y no tener deudas.
2) Nunca digan en una reunión con gente de otras profesiones
«mi tiempo vale más que el de todos ustedes».
Claro que es verdad, pero la gente se lo puede tomar a mal. Éste
es un error que le oí cometer alguna vez a un físico
en una junta de trabajo (aunque en su descargo me apresuro a añadir
que lo que pasa es que venía borracho). La cosa no es grave
tratándose de un físico, al que jamás se
le creería semejante afirmación, pero en el caso
de un divulgador sí. De modo que à éviter.
3) Si escribes libros (y por lo tanto ganas por regalías
anuales lo equivalente al presupuesto del principado de Liechtenstein
para los próximos diez años, como yo), trata de
no reununciar a tu trabajo en una universidad, un museo, una secundaria.
Si no vas todos los días a una oficina, el prójimo
podría adivinar tu secreto desahogo económico.
4) Eviten ir de compras a Houston.
5) Si no pueden evitarlo, vayan, pero no vuelen en primera clase.
6) El punto 5 sólo se aplica a los que no tienen avión
propio.
Es urgente poner en práctica estas medidas antes de que cunda
nuestra fama de codiciosos. Ya hay señales inquietantes.
El otro día en el Congreso de la Unión, un diputado
propuso aumentar los sueldos de los legisladores. Naturalmente,
hubo una rechifla general, pero lo peor de todo es que los diputados
del PRI, los más ofendidos, le gritaron: «¡Ya
pareces divulgador de la ciencia!»
Yo, para disimular aun más, he decidido donar una parte de
mis regalías (con el 0.01 % creo que bastará) al Teletón,
al padre Chinchachoma y a la Cruz Roja. Para que la cuantía
de nuestros salarios y regalías, así como nuestra
codicia, no se vuelvan motivo de chiste entre el resto de la sociedad,
les ofrezco estos consejos desinteresadamente. Eso sí: si
los siguen, tendrán que pagarme regalías.
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