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Cómo jugar con la sensibilidad de un ingenuo que creyó
comprar un buen libro
José
Manuel Posada de la Concha
Manualito
de imposturología física, de Fernando Vallejo (Taurus,
2005) Este libro trata sobre los supuestos errores que ha tenido
la física en su construcción, desde la mecánica
newtoniana hasta la mecánica cuántica. El autor critica,
entre muchas cosas más, el lenguaje matemático que
se utiliza en esta ciencia y, humildemente, redefine todo lo que
a su gusto no le parece correcto. Y nuestro reseñista, desde
su punto de vista como físico y divulgador, expresa los sentimientos
y reflexiones que su lectura le provocó.
Qué sabrosa suele ser la provocación intelectual que
incita no solamente al intercambio de ideas en una plática
común, sino, incluso, a discutir acaloradamente a más
de 70 decibeles. Por supuesto que no son muy recomendables las discusiones
a gritos, aunque me han tocado presenciar varias altamente enriquecedoras
dentro de la UNAM. Quienes participan en todo tipo de discusiones
deben conocer y respetar las reglas no escritas para llegar a feliz
término, o quizás solamente feliz indefinición,
para prolongarlas posteriormente.
Pero existen otras reglas que ocupan frecuentemente quienes, por
ejemplo, salen con los ojos desorbitados del automóvil a
dirimir a puño limpio el percance de tránsito en el
que acaban de involucrarse.
Si en una discusión intelectual lo que se busca es sanar
la curiosidad (creo), ¿qué ganarías tú,
estimado degedecero, golpeando a quien no comparte tus posturas
respecto a los posibles efectos abortivos de la píldora del
día siguiente o si 2003UB313 es un planeta o no? Este tipo
de actitudes desentonan en cualquier sitio, pero más en un
ambiente académico, ¿de acuerdo?
Fernando Vallejo provoca, pero provoca con un estilo muy bajo en
un medio donde no debería. Sus métodos son tan pueriles
como los golpes: es de los que escupen al rostro, así, directo,
sin avisar. Este reconocido novelista colombiano quiso escribir
una más de sus ficciones redefiniendo toda física
misma así, sencillito en solamente en 200 páginas.
¿Para qué más si el papel es caro?
Me encuentro su libro en la librería El Sótano de
Coyoacán. Me emociono, lo compro. Comienzo la lectura impaciente,
inmediatamente anoto en los márgenes de la primera página
del primer capítulo un «error», y sonrío
irónicamente porque «atrapé» al autor.
«Ya tengo qué comentar: un desliz en la física
que maneja Fernando Vallejo, el mismísimo que escribió
«La virgen de los sicarios»», pienso. Paso de
página... un error más. Anoto nuevamente y sonrío,
ya sin la ironía de antes, ahora más bien con sorpresa
pues ya son dos errores. Cambio de hoja, un error más y hasta
dos antes de cambiar de página nuevamente. Continúo
las páginas, termino el capítulo: ¡todo es un
error! Comienzo a desesperarme, sinceramente no entiendo donde se
encuentra la trampa. Que una editorial reconocida publique este
texto de un autor reconocido... ¿de qué se trata?
Los errores, estoy seguro, son intencionados. Pido ayuda a Mario,
que sabe más de literatura y de divulgación que yo.
Tampoco intuye qué sucede. Sigo con el libro; tres horas
de lectura sin entender. Sigue el error perpetuo, sigue mi asombro,
mi desesperación. Me duele la maldita cabeza. ¡Dos
cafiaspirinas o cualquier condenada pastilla que aquiete estos malestares
que da la incomprensión!
Esa misma tarde termino medio libro; siguen las falacias. No pude
dormir porque no entiendo. Medio despierto de un sueño a
medias y sigo, y maldita sea, el libro sigue igual, y otra vez regresa
el dolor de cabeza, y me auto-receto nuevamente dos cafiaspirinas
más. Pero Vallejo sigue y sigue y no para, y se mete con
Maxwell y con Einstein y con los cuánticos. ¿Qué
sucede?
Me encuentro a mis compañeros del museo. Ven mi cara. «La
resaca siempre pega duro, pero pega doble cuando al otro día
tienes que trabajar», me dice uno de ellos. Ni siquiera tuve
ganas de explicarle. Persisto estoico. Tengo tiempo, pero sobre
todo paciencia infinita para leer las poco más de 200 páginas
e intentar descubrir hacia dónde se dirige su provocación.
Mantengo la esperanza de que exista ese milagro de encontrar una
explicación aunque sea en la última página
que me haga salvar las dos tardes de lectura dedicadas, los dolores
de cabeza, la noche incómoda. Pero los milagros no existen,
esa tarde lo confirmo. Nunca había tenido ganas de no saber
leer. ¡Dos cafiaspirinas más, chingar! Espero que sean
las últimas.
Termino el libro y el libro me termina a mí. Sé que
Vallejo estaría feliz viéndome en este estado. «Mi
obra hizo mella en un lector», pensaría satisfecho.
Aunque yo especificaría: no, no hizo mella, sembró
rencor. ¿Con quién debo desquitarme del dinero que
gasté, de las dos tardes que perdí, de la noche sin
dormir, de las 6 cafiaspirinas? Algún día tendré
frente a mí al autor y sabrá de qué estamos
hechos los Posada de la Concha. (No se rían, sólo
eso me faltaba, así me apellido.)
Él sabe que todo lo que escribe está mal fundamentado.
Debemos tener muy claro que no se trata de un simplón ingenuo
que desconoce de ciencia. Sus pretensiones son diferentes, casi
estoy seguro que simplemente quiere provocar, burlarse del lenguaje
que se utiliza en la física, subirse al cuadrilátero
colocándose la misma máscara del rudísimo Sokal,
únicamente que al colombiano sus técnicas de lucha
demasiado torpes lo delatan antes de la primera caída.
Vallejo realiza aseveraciones del siguiente tipo. Muestro sólo
tres de los cientos de errores que tiene el texto (juro que no exagero):
«La Tercera Ley de Newton es falsa, puesto que si un dedo
empuja un objeto (acción), la reacción no existe,
ya que el dedo no se mueve para atrás.»
«...carga positiva y negativa (o polo norte y polo sur del
imán)...»
«...la aceleración debe tener unidades m/s y no m/s2
porque como no entiendo...»
Y se expresa de la siguiente forma:
« - ¡Qué piedra más bellaca y cazurra
ese Einstein! ¿o no, compadre?»
«No. Cada quien se las arregla como puede para que le vaya
bien en la feria, él está en su derecho. Que enrede
y enrede y enturbie y enturbie, que no faltarán pendejos
para tragarse el cuento.»
Por si fuera poco lo que me ha sucedido esas dos tardes, también
me dijo pendejo.
Nos dijo pendejos a mí y a mis compañeros que estudiamos
física en la Facultad de Ciencias.
Nos dijo pendejos a mí, a mis compañeros y a mis profesores
que nos dieron clases.
Nos dijo pendejos a mí, a mis compañeros, a mis profesores
y a los miles de investigadores, lectores, demás estudiantes
y personas en general de todo el mundo que han creído en
las teorías de Einstein.
Eso ya calienta.
En ese momento se me habían mezclado el dolor de cabeza y
una dosis de enojo. Pero sólo faltaban unas cuantas hojas
por terminar. Bendito sea Dios.
Si la intención del innombrable (permítanme llamarlo
así) al escribir este manual no fue la de provocar rencores,
malestar, incomodidad, rechazo, reacciones violentas, blasfemias,
etcétera, se me ocurren otras teorías poco probables
sobre el porqué del desperdicio de papel:
-Simplemente, como lo mencioné arriba, quiso escribir una
novela con la mayor cantidad de ficciones posibles. Ese es su trabajo.
-Quiso realizar un horrendo ejercicio de anti-divulgación
de la ciencia porque no está de acuerdo con esta actividad.
Quizás alguna divulgadora de la ciencia lo abandonó
y se encuentra muy, pero muy resentido. Ojalá esta sea la
verdadera causa.
-Está realizando un ejercicio en pro de los divulgadores
de la ciencia: nos muestra un sinnúmero de casos donde los
neófitos en la física suelen presentar problemas para
su aprendizaje. Caso poco probable por la forma en que está
escrito el texto.
-Es extraordinariamente valiente y no le da pena exhibir su ignorancia
en física, como pudo haber escrito de cualquier otro tema
que ignora, pero por puro azar escogió sobre esa parte de
la ciencia. Tampoco le causa problema las críticas que de
su texto puedan surgir. En pocas palabras, se avienta como los machos.
-Solamente quiso bromear. (Pues qué chistoso.)
-No tenía nada que hacer. (Que se consiga una tele.)
Por favor, no compren el libro. No le proporcionen más regalías
a Vallejo por un texto muy mal logrado. Yo se los presto si en el
transcurso del siguiente mes alguien me lo pide, y es que después
lo pienso utilizar para mi bóiler. A ver si no me sale con
la última «bromita» y el papel no arde como debe.
¡Maldita sea! Diré nuevamente.
José
Manuel Posada de la Concha es físico y divulgador; trabaja
en el área de Servicios Técnicos del museo Universum.
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