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Ciencia divulgada: ¿discurso primario o secundario?
por
Martín Bonfil Olivera
La versión estándar es clara: la labor de divulgación
científica consiste en poner el conocimiento científico
(o, más ampliamente, la cultura científica, incluyendo
su visión del mundo, su metodología, historia, problemas
filosóficos y su relación con el resto de la sociedad)
al alcance de un público voluntario y no científico
(es decir, que no se dedica a la ciencia y que no recibe el mensaje
divulgativo como parte de una enseñanza formal).
Visto así, no queda la menor duda de que existe algo, la
ciencia (o el conocimiento científico) que construyen unos
especialistas (los investigadores científicos), y que el
divulgador transforma (traduce, recrea, reformula...) para hacerlo
accesible a su público. En ese sentido, el discurso divulgativo
es indudablemente secundario: el científico produce y el
divulgador distribuye, dándole la presentación adecuada,
el producto.
Sin embargo, cuando se profundiza en el proceso de generación
del mensaje divulgativo, esta visión simplista se problematiza.
En primer lugar, las distinción tajante entre la ciencia
de los científicos y la que se divulga es borrosa. Si bien
dos biólogos moleculares especializados en la genética
del desarrollo de la mosca Drosophila pueden no tener problema alguno
para comunicarse, en cuanto salen de su estrecho círculo
de colegas para tratar de hacerse entender por, digamos, un biólogo
molecular de plantas, comienzan a tener que «divulgar».
Conforme el investigador desciende por el árbol de la especialización
para intentar establecer comunicación con un zoólogo,
un ecólogo o un botánico (y, al seguir alejándose
de su círculo, con un médico, un físico, un
ingeniero, un abogado, un plomero...), se ve en la necesidad de
adaptar su mensaje para que sea comprensible; traducirlo, darle
una nueva forma.
Pero toda traducción implica, necesariamente, una re-creación;
traducir nunca es sustituir directamente palabras en un lenguaje
(el especializado del investigador, por ejemplo) por las palabras
equivalentes en otro (el lenguaje común, digamos). Para traducir
se requiere siempre construir un nuevo mensaje en otro idioma, proceso
que indudablemente sacrificará algo, pero que para poder
llamarse traducción, tiene que mantener cierta fidelidad
con el original. Algo se tiene que conservar; cuánto, es
el problema que enfrenta el traductor. La traducción de poesía
es probablemente el caso extremo: la traducción de un poema
tiene necesariamente que ser también un poema; para traducir
poesía se tiene que ser poeta.
Toda traducción es creación. La labor de divulgación
es también una creación original, que si bien usa
como materia prima la ciencia académica de los investigadores,
es distinta de ella tanto en forma, contenido y lenguaje; en sus
objetivos y públicos. Quizá sea válido, entonces,
considerar también la divulgación como un discurso
científico primario, relacionado pero distinto del discurso
científico de los especialistas.
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