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La columna de Hércules
por
Hércules Delgadillo
Algunos alumnos amigos míos (que todavía y a pesar
de mi carácter huraño conservo) me han preguntado
recientemente por qué durante mi larga carrera en la divulgación
jamás aspiré a un cargo ni ambicioné el poder
que para tantos es la razón de la existencia.
Me disgusta sobremanera dar explicaciones sobre mi vida y mi persona,
pues quien me quiera mal hará escarnio de mis motivos y en
cambio, si alguien tiene aprecio por mí, las considerará
sobrantes.
De modo que sólo haré algunas observaciones basadas
en mi extensa experiencia, en mi conocimiento del espíritu
humano y, por supuesto, en mi siempre pesimista percepción
de las cosas.
No me interesa aquí moralizar advirtiendo que el poder corrompe,
pues eso ya se ha dicho hasta el cansancio y a nadie parece importarle.
Mi postura no es moral sino práctica: el poder consume un
tiempo precioso y (si lo sabrá mi canosa cabeza) el tiempo
es el único bien que poseemos. Hay que dedicar mucho tiempo
a conseguir el poder, a conservarlo, acrecentarlo, disfrutarlo;
finalmente a sufrir su pérdida y lo que esto conlleva. Si
lo que acabo de mencionar no les convence, tomen lápiz y
papel y calculen las horas, días, meses y años perdidos
en estas actividades, pensamientos y aflicciones cuyo único
fin (a mi modo de ver) es dejar grabado (como en el muro que utilizan
los grafiteros) un patético letrero: «aquí estuve».
¿A qué dedico, pues, ese valioso tiempo que no he
querido derrochar en la búsqueda del dominio? A mi trabajo,
a mis alumnos, a la música, a la panadería, a mi familia,
a los libros... Bastante ciego y sordo, malencarado e insociable,
pero con un satisfecho «aquí estoy» que es sólo
para mí.
Así pues: si saben ustedes de un poderoso cargo que me permita
seguir haciendo lo que me gusta, avísenme. Estaré
esperando.
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