Despertar
vocaciones científicas
Sergio
de Régules
En
un rapto de inspiración memorable, una investigadora de
nuestra universidad dijo una vez que los científicos ganan
más, tienen coches más bonitos y se acuestan con
más gente que el común de los mortales. Con esta
simple declaración, publicada una sola vez en un periódico
de circulación nacional, nuestra investigadora contribuyó
más a la causa de despertar vocaciones científicas
entre los jóvenes que nosotros los divulgadores en un año
completo. ¡Y pensar que hay colegas que creen que los que
sabemos hacer divulgación somos nosotros!
Se me objetará que la afirmación de esta investigadora
no es estrictamente cierta. Se me objetará incluso que
es más bien completamente falsa. ¿Y qué?,
les digo yo a los remilgosos. Después de todo, acaba de
publicarse un libro donde se demuestra inobjetablemente que la
física es una superchería y los físicos unos
impostores que lo han sabido todo el tiempo, lo cual no ha impedido
que se enseñe física, o algo que se le parece, en
las escuelas y en las universidades durante dos o tres siglos
sin que nadie se dé cuenta del engaño. Es más,
me atrevo a afirmar que la física se seguirá enseñando
incluso ahora que todos sabemos que es un camelo. Y si se salen
con la suya los físicos, ¡taimados embaucadores!,
¿por qué nosotros, los divulgadores, no?
Propongo concretamente que, pese a saber que es falsa, difundamos
esta imagen tan atractiva del científico como discípulo
de James Bond y la científica como émula de Angelina
Jolie. Ataquemos el estereotipo del científico nerd
instaurando subrepticiamente uno nuevo: el de los científicos
más parecidos a personajes de película de amor y
lujo que a... pues que a científicos, para acabar pronto.
Colegas, sin darnos cuenta, al presentarnos desvergonzadamente
ante el público durante todos estos años con nuestras
espantosas humanidades a cuestas, no hemos hecho más que
menoscabar la eficacia de nuestra heroica labor. Para remediarlo
propongo, pues, que los divulgadores nos volvamos fantasmas y
que enviemos a las conferencias en nuestro lugar a jóvenes
y señoritas guapos y bien vestidos. Así nuestro
público empezará a asociar la ciencia con la juventud
y la donosura, que es por donde se empieza. Estos jóvenes
y señoritas vicarios nuestros deberán, además,
transportarse en coches lujosos y estar rodeados casi siempre
de otros jóvenes y señoritas con muy poquita ropa
para hacer creer a nuestras víctimas que cuando se es científico
aumenta la probabilidad de verse entre gente semidesnuda (lo cual,
como se sabe, es estrictamente cierto sólo entre los médicos,
o los antropólogos que estudian a los Yanomamo, y no por
las razones ni con las consecuencias que uno podría desear).
Con esta idea estoy seguro de que contribuyo a aumentar la matrícula
en carreras científicas y cumplir así uno de los
objetivos de la divulgación de la ciencia. Y lo hago desinteresadamente.
Así es uno.
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