La
ciencia como lectura
Lucrecia
Pollini
En
esta lúcida reseña del nuevo libro de Carlos López
Beltrán, Lucrecia Pollini nos muestra por qué se
trata de una lectura necesaria.
Se
trata de veintiún textos, escritos entre los años
1986 y 2002 por el ubicuo Carlos López Beltrán,
quien utilizando diversos géneros breves –desde algo
parecido a la reseña bibliográfica hasta el «cuento
paleoantropológico», pasando por el artículo,
el «miniensayo» más o menos experimental, etcétera–
aboga, precisamente, por una unión entre científicos
y humanistas. La excesiva distancia, desconfianza y desconocimiento
que suele existir entre ambos mundos (aunque considera más
probable que un científico pueda hablar de arte, literatura
o filosofía que la opción inversa) no hace más
que perjudicar el acceso de todos al conocimiento. Esto lo hace
López Beltrán apoyándose en varios géneros
literarios (artículo, reseña, cuento, ensayo poético-científico-filosófico).
De hecho, en todos los textos hay un sesgo ensayístico,
como hace nota el prologuista, Javier Ordóñez. Cada
uno de los formatos que toca conlleva la utilización de
una técnica distinta. Que suele ser la habitual de cada
género, pues suele ceñirse bastante a las convenciones
formales correspondientes (cuento, artículo, ensayo, etcétera).
Un convencionalismo del que sólo se aleja, probablemente,
en algunos de los ensayos más oscuros (y pretendidamente
poético-científico-filosóficos), en los que
llama la atención la utilización excesiva e indescifrable,
tal vez experimental, de las (cadenas de) metáforas como
recurso expresivo.
En términos generales este libro es interesante, cumple
su afán divulgativo y es ameno. Es sin embargo irregular
porque algunos de los ensayos se sitúan, por su oscuridad,
muy por debajo de esa media. Si he de señalar algunos puntos
positivos que me llaman la atención de este pequeño
libro, son la relativa originalidad e interés de sus temas;
la finura y sutileza de un análisis que se plantea, fundamentalmente,
la búsqueda de la honestidad y el rigor epistemológicos;
la buena factura de casi todas las piezas; la variedad y brevedad
de sus capítulos, que lo hacen más digerible y ameno,
y la relevancia y oportunidad de su reivindicación de lo(s)
científico(s) –y de su hermanamiento con las artes
y las letras. Entre los puntos negativos destaca la irregularidad
o desniveles de calidad y accesibilidad. Además en varios
ensayos ocurre que a pesar de que la idea central resulta interesante,
se echa en falta algo más de contenido o de desarrollo
de la misma.
Visito ahora uno por uno algunos de los escritos contenidos en
este volumen:
En «Trenzas» (1998), con una prosa que quiere ser
literaria y evocando a figuras tan reconocidas y dispares como
los poetas Keats o Wordsworth, por un lado, y los científicos
Newton, Hawking o Galileo, por otro, hace el autor un canto a
la íntima conexión que, en su visión, existe
entre las sensibilidades poética y científica por
cuanto ambas nos ofrecen especiales y sutiles «redes de
nociones» que nos permiten imaginar y conocer la, a su vez,
entramada realidad. «En las ciencias un poeta puede encontrar
un dato fascinante, una imagen abrumadora...», dice, por
ejemplo. En ese conocimiento poético del mundo la ciencia
puede servir de guía cognitiva a la poesía, ayudándole
a distinguir, pongamos por caso, la calidad de una metáfora:
la de «ensillar una galaxia», por ejemplo, no
sería tan válida como la de «la luz endulza
las naranjas», porque esta última haría alusión
al fenómeno de la fotosíntesis, que tiene como función
la producción de azúcares.
Ese entrecruzamiento cognitivo e histórico entre arte (especialmente
poesía) y ciencia, que constituye la idea principal de
este trabajo, la sigue el autor ilustrando y matizando en sus
siguientes piezas de ensayo. Así, en «Mandelstam,
lector de Darwin» (2001), López señala la
admiración que el poeta ruso sentía por el estilo
literario de Charles Darwin y otros naturalistas de los siglos
XVIII y XIX como Pallas, Buffon, Linneo y otros (en el caso de
Darwin, sostiene el autor, el éxito que tuvo El origen
de las especies se debió, en gran parte, a la calidad y
modernidad de una prosa que supo, además, adaptarse a los
gustos populares del público lector inglés, como
hizo también con gran éxito su contemporáneo
y tocayo Dickens). En «Vasos comunicantes» (1993),
plantea, entre otras cosas, que el manejo imaginativo de escalas
y proporciones extraordinariamente diversas –como las que
nos puede mostrar, por una lado, un telescopio y, por otro, un
microscopio–, es también un rasgo distintivo que
comparten científicos y poetas; insiste también
en el lamento por la separación que se intenta mantener
entre ambos mundos (cita al premio Nobel de física Sheldon
Glashow opinando que el olvido de figuras como las de Franklin
o Jefferson, que «admiraban y apreciaban a Lavoisier tanto
como a Shakespeare», es «una de las razones de la
decadencia de la inteligencia norteamericana»); recuerda
que el científico Newton tuvo también una faceta
místico-poética –de las que, para uso de románticos
y artistas, quedaron multitud de «resonancias y metáforas»–
o que Goethe, Coleridge, Hardy o Valéry consideraban que
los desafíos cognitivos que se planteaba la ciencia eran
experiencias que se situaban «a la altura del arte»);
etc. En «Poetas en su siglo» (2001) ilustra con fragmentos
de un poema «la analogía delicada entre la extrañeza
de la pasión amorosa y la física moderna».
Por otra parte, cambiando ligeramente la perspectiva, en «Sokal
o la impaciencia arrogante» (2001) critica la intransigencia
sectaria de determinados científicos norteamericanos que
desprecian sin conocimiento suficiente la labor de ciertos filósofos
y pensadores europeos (Derrida, Lacan, Latour...). En «De
científicos sectarios (Sobre estilos y estiletes en las
ciencias)» (1986) es la pérdida del espíritu
investigador y la comercialización competitiva de la ciencia
(«me aterra ver a esos jovenzuelos ambiciosos pulular como
corredores de bolsa entre universidades, congresos...» cita
el autor a otro premio Nobel, el biólogo G. Wald) lo que
López Beltrán sitúa un instante bajo su ojo
crítico; pero sólo en un primer momento, para luego
moverse a también criticar a los miembros de las viejas
guardias que descalifican de ese o parecidos modos –como
hace el citado premio Nobel– a los jóvenes que irrumpen
en escena con nuevas ideas, amenazas para sus privilegios, etcétera.
En «Celebración de Stephen Jay Gould (en dos tomas)»
(2002) se produce un nuevo cambio de registro y el autor se concentra
en resaltar las virtudes del científico Gould, cuya calidad
literaria e impacto popular a la hora de escribir sus interesantes
obras de divulgación constituye un ejemplo de esa fusión
entre ciencia y humanidades que López Beltrán propugna.
En «Genealogía» (1986) da un nuevo y original
giro estilístico al pasar esta vez a la narración
de un curioso y entretenido cuento o relato corto, bastante encuadrable
en el género fantástico, para ilustrar los infinitos
caminos que puede haber seguido la herencia y combinatoria genéticas
a lo largo de los siglos.
De los restantes artículos cabría destacar, tal
vez, el último, «Umbrales» (2000), por el relativo
vuelco cognitivo que nos propone y lo bien que ejemplifica la
búsqueda de la objetividad científica más
allá de nuestro humano –pero limitado– modo
de percibir la realidad. Nos deja el autor con la siguiente reflexión:
Además de diseñar instrumentos que nos permitan
multiplicar la capacidad de nuestros limitados órganos
de percepción –telescopios y microscopios para que
nuestros ojos ‘vean más’– deberíamos
también romper ese paradigma y poner más el acento
en el diseño de aparatos que nos permitan ‘ver mejor’;
‘ver’ lo que nos resulta invisible o inconcebible,
pero también existe.
Este libro interesará a sectores de nivel medio-alto o
alto con interés en la ciencia en general, en la epistemología,
en la filosofía de la ciencia. Pero sobre todo
a aficionados y estudiosos de ciencias y letras con espíritu
abierto, ‘ecuménico’, integrador, multidisciplinar.
Sin duda se trata de un libro que resultará disfrutable
y muy provechoso para todo divulgador científico.
Reseña
del libro La ciencia como cultura. Trenzas y otros ensayos
nómadas, de Carlos López Beltrán, colección
Croma, Paidós, 2005