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Mayo - Junio 2005
[ Novedades bibliográficas ]

La ciencia como lectura

Lucrecia Pollini

En esta lúcida reseña del nuevo libro de Carlos López Beltrán, Lucrecia Pollini nos muestra por qué se trata de una lectura necesaria.

Se trata de veintiún textos, escritos entre los años 1986 y 2002 por el ubicuo Carlos López Beltrán, quien utilizando diversos géneros breves –desde algo parecido a la reseña bibliográfica hasta el «cuento paleoantropológico», pasando por el artículo, el «miniensayo» más o menos experimental, etcétera– aboga, precisamente, por una unión entre científicos y humanistas. La excesiva distancia, desconfianza y desconocimiento que suele existir entre ambos mundos (aunque considera más probable que un científico pueda hablar de arte, literatura o filosofía que la opción inversa) no hace más que perjudicar el acceso de todos al conocimiento. Esto lo hace López Beltrán apoyándose en varios géneros literarios (artículo, reseña, cuento, ensayo poético-científico-filosófico). De hecho, en todos los textos hay un sesgo ensayístico, como hace nota el prologuista, Javier Ordóñez. Cada uno de los formatos que toca conlleva la utilización de una técnica distinta. Que suele ser la habitual de cada género, pues suele ceñirse bastante a las convenciones formales correspondientes (cuento, artículo, ensayo, etcétera). Un convencionalismo del que sólo se aleja, probablemente, en algunos de los ensayos más oscuros (y pretendidamente poético-científico-filosóficos), en los que llama la atención la utilización excesiva e indescifrable, tal vez experimental, de las (cadenas de) metáforas como recurso expresivo.

En términos generales este libro es interesante, cumple su afán divulgativo y es ameno. Es sin embargo irregular porque algunos de los ensayos se sitúan, por su oscuridad, muy por debajo de esa media. Si he de señalar algunos puntos positivos que me llaman la atención de este pequeño libro, son la relativa originalidad e interés de sus temas; la finura y sutileza de un análisis que se plantea, fundamentalmente, la búsqueda de la honestidad y el rigor epistemológicos; la buena factura de casi todas las piezas; la variedad y brevedad de sus capítulos, que lo hacen más digerible y ameno, y la relevancia y oportunidad de su reivindicación de lo(s) científico(s) –y de su hermanamiento con las artes y las letras. Entre los puntos negativos destaca la irregularidad o desniveles de calidad y accesibilidad. Además en varios ensayos ocurre que a pesar de que la idea central resulta interesante, se echa en falta algo más de contenido o de desarrollo de la misma.

Visito ahora uno por uno algunos de los escritos contenidos en este volumen:

En «Trenzas» (1998), con una prosa que quiere ser literaria y evocando a figuras tan reconocidas y dispares como los poetas Keats o Wordsworth, por un lado, y los científicos Newton, Hawking o Galileo, por otro, hace el autor un canto a la íntima conexión que, en su visión, existe entre las sensibilidades poética y científica por cuanto ambas nos ofrecen especiales y sutiles «redes de nociones» que nos permiten imaginar y conocer la, a su vez, entramada realidad. «En las ciencias un poeta puede encontrar un dato fascinante, una imagen abrumadora...», dice, por ejemplo. En ese conocimiento poético del mundo la ciencia puede servir de guía cognitiva a la poesía, ayudándole a distinguir, pongamos por caso, la calidad de una metáfora: la de «ensillar una galaxia», por ejemplo, no sería tan válida como la de «la luz endulza las naranjas», porque esta última haría alusión al fenómeno de la fotosíntesis, que tiene como función la producción de azúcares.

Ese entrecruzamiento cognitivo e histórico entre arte (especialmente poesía) y ciencia, que constituye la idea principal de este trabajo, la sigue el autor ilustrando y matizando en sus siguientes piezas de ensayo. Así, en «Mandelstam, lector de Darwin» (2001), López señala la admiración que el poeta ruso sentía por el estilo literario de Charles Darwin y otros naturalistas de los siglos XVIII y XIX como Pallas, Buffon, Linneo y otros (en el caso de Darwin, sostiene el autor, el éxito que tuvo El origen de las especies se debió, en gran parte, a la calidad y modernidad de una prosa que supo, además, adaptarse a los gustos populares del público lector inglés, como hizo también con gran éxito su contemporáneo y tocayo Dickens). En «Vasos comunicantes» (1993), plantea, entre otras cosas, que el manejo imaginativo de escalas y proporciones extraordinariamente diversas –como las que nos puede mostrar, por una lado, un telescopio y, por otro, un microscopio–, es también un rasgo distintivo que comparten científicos y poetas; insiste también en el lamento por la separación que se intenta mantener entre ambos mundos (cita al premio Nobel de física Sheldon Glashow opinando que el olvido de figuras como las de Franklin o Jefferson, que «admiraban y apreciaban a Lavoisier tanto como a Shakespeare», es «una de las razones de la decadencia de la inteligencia norteamericana»); recuerda que el científico Newton tuvo también una faceta místico-poética –de las que, para uso de románticos y artistas, quedaron multitud de «resonancias y metáforas»– o que Goethe, Coleridge, Hardy o Valéry consideraban que los desafíos cognitivos que se planteaba la ciencia eran experiencias que se situaban «a la altura del arte»); etc. En «Poetas en su siglo» (2001) ilustra con fragmentos de un poema «la analogía delicada entre la extrañeza de la pasión amorosa y la física moderna».

Por otra parte, cambiando ligeramente la perspectiva, en «Sokal o la impaciencia arrogante» (2001) critica la intransigencia sectaria de determinados científicos norteamericanos que desprecian sin conocimiento suficiente la labor de ciertos filósofos y pensadores europeos (Derrida, Lacan, Latour...). En «De científicos sectarios (Sobre estilos y estiletes en las ciencias)» (1986) es la pérdida del espíritu investigador y la comercialización competitiva de la ciencia («me aterra ver a esos jovenzuelos ambiciosos pulular como corredores de bolsa entre universidades, congresos...» cita el autor a otro premio Nobel, el biólogo G. Wald) lo que López Beltrán sitúa un instante bajo su ojo crítico; pero sólo en un primer momento, para luego moverse a también criticar a los miembros de las viejas guardias que descalifican de ese o parecidos modos –como hace el citado premio Nobel– a los jóvenes que irrumpen en escena con nuevas ideas, amenazas para sus privilegios, etcétera.

En «Celebración de Stephen Jay Gould (en dos tomas)» (2002) se produce un nuevo cambio de registro y el autor se concentra en resaltar las virtudes del científico Gould, cuya calidad literaria e impacto popular a la hora de escribir sus interesantes obras de divulgación constituye un ejemplo de esa fusión entre ciencia y humanidades que López Beltrán propugna. En «Genealogía» (1986) da un nuevo y original giro estilístico al pasar esta vez a la narración de un curioso y entretenido cuento o relato corto, bastante encuadrable en el género fantástico, para ilustrar los infinitos caminos que puede haber seguido la herencia y combinatoria genéticas a lo largo de los siglos.

De los restantes artículos cabría destacar, tal vez, el último, «Umbrales» (2000), por el relativo vuelco cognitivo que nos propone y lo bien que ejemplifica la búsqueda de la objetividad científica más allá de nuestro humano –pero limitado– modo de percibir la realidad. Nos deja el autor con la siguiente reflexión: Además de diseñar instrumentos que nos permitan multiplicar la capacidad de nuestros limitados órganos de percepción –telescopios y microscopios para que nuestros ojos ‘vean más’– deberíamos también romper ese paradigma y poner más el acento en el diseño de aparatos que nos permitan ‘ver mejor’; ‘ver’ lo que nos resulta invisible o inconcebible, pero también existe.

Este libro interesará a sectores de nivel medio-alto o alto con interés en la ciencia en general, en la epistemología, en la filosofía de la ciencia. Pero sobre todo a aficionados y estudiosos de ciencias y letras con espíritu abierto, ‘ecuménico’, integrador, multidisciplinar. Sin duda se trata de un libro que resultará disfrutable y muy provechoso para todo divulgador científico.

Reseña del libro La ciencia como cultura. Trenzas y otros ensayos nómadas, de Carlos López Beltrán, colección Croma, Paidós, 2005

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