Los
ciclos fútiles de la
divulgación científica mexicana
Martín
Bonfil Olivera
En
la grasa parda de los osos que hibernan se presenta un curioso
fenómeno: el ciclo bioquímico de oxidación
de carbohidratos queda «desacoplado» de la síntesis
de ATP, a la que normalmente impulsa. Este «ciclo fútil»
ocasiona que la energía se disipe en forma de calor, inútil
para cualquier cosa que no sea mantener la temperatura (y seguir
hibernando). Algo similar sucede con la comunidad de divulgadores
mexicanos.
Don Manuel Calvo Hernando (decano de los periodistas científicos
hispanoamericanos) expresó alguna vez admiración
ante el gran número de divulgadores científicos
mexicanos que participamos en una publicación conjunta
(la Antología de la divulgación científica
en México, DGDC-UNAM, 2002).
El elogio probablemente era merecido, pues la comunidad de divulgadores
mexicanos, si bien ha crecido con lentitud, mantiene una constante
actividad, y ha logrado un creciente reconocimiento y apoyo de
la sociedad y sus instituciones. El Congreso Nacional de Divulgación
de la Ciencia y la Técnica, organizado cada año
por la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia
y la Técnica (SOMEDYCIT); la proliferación de centros
y museos de ciencias en los distintos estados, y la creciente
presencia de la ciencia en los medios mexicanos es la mejor prueba
de lo anterior.
Y sin embargo, podríamos haber hecho mucho más.
Quizá no tanto en los terrenos de la actividad cotidiana,
sino en los de la necesaria reflexión que permite la maduración.
A lo largo de estos años lo urgente no ha dejado espacio
para lo importante, lo profundo; la acción se ha impuesto
al pensamiento y, sobre todo, a la memoria.
Un ejemplo concreto: en trece congresos nacionales se han presentado
un sinnúmero de ponencias y reflexiones. De ellas, algunas
seguramente habrían merecido un destino mejor que convertirse
en simples palabras al viento o, en el mejor de los casos, letras
impresas en «memorias» que, irónicamente, pocos
consultan y nadie cita (y que últimamente ni siquiera alcanzan
siquiera el honor de llegar a estar impresas en papel, lo que
hace aún menos probable que algún día sean
leídas).
A los divulgadores mexicanos nos ha faltado memoria. Si bien nuestra
acción es valiosa, nuestras reflexiones se olvidan, y ello
nos condena a repetirnos. Las nuevas generaciones no acumulan
la experiencia de las anteriores, y ni siquiera los contemporáneos
acostumbramos aprender de nuestros colegas.
Si la antología ya mencionada fue un valioso primer esfuerzo
para remediar esta carencia, valdría la pena que no fuera
el último. Quizá así podríamos evitar
que la reflexión divulgativa en nuestro país fuera
uno más de los ciclos fútiles a que tan afectos
somos los mexicanos.
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