Sobre
la Divulgación Científica en México
Ruy
Pérez Tamayo
Con
su característica claridad, el autor, que ha presenciado
y participado en gran parte de la historia de la divulgación
en México, presenta algunos puntos de vista sobre esta
actividad. El debate queda abierto.
Hace
tiempo hablé con un joven universitario sobre el tema de
estas líneas. Mi interlocutor empezó diciéndome:
«Usted dice que está interesado en la divulgación
de la ciencia y que parte de sus actividades profesionales las
dedica a esa tarea, pero leyendo algunos de sus artículos
me parece que no son de divulgación científica sino
más bien de política de la ciencia...» La
observación es correcta pero se basa en un concepto demasiado
estrecho del universo de la ciencia. Para mi joven amigo, la ciencia
se limita a su contenido formal, mientras que para mí incluye
no sólo un catálogo de hechos y de teorías
sobre distintos aspectos de la naturaleza, sino también
las bases filosóficas que lo sustentan, la historia de
su desarrollo, las estructuras sociales en las que se da y en
las que se expresa, las leyes que la regulan y las políticas
que la favorecen o la estorban. En otras palabras, mientras el
tantas veces mencionado joven concibe a la ciencia como el producto
de una actividad humana especializada, yo más bien la veo
como una forma de vivir la vida. Los dos conceptos son correctos,
pero el mío es mucho más amplio y aún cuando
incluye al de mi interlocutor, lo rebasa por todas partes; quizá
esta diferencia se explique por nuestras respectivas edades.
Lo que sigue a esta introducción es un examen breve y superficial
(pero no irresponsable) de los objetivos, el contenido y el significado
de la divulgación científica en México hoy.
La meta actual de la divulgación científica
en México
¿Qué debe perseguirse con la divulgación
científica? Creo que para nuestro país el objetivo
es muy claro: incorporar el espíritu de la ciencia en la
cultura nacional. Naturalmente que esta meta es ambiciosa y no
puede esperarse que alcanzarla vaya a ser fácil y rápido.
Los obstáculos son milenarios y están (ellos sí)
profundamente arraigados en nuestra cultura. Se trata nada menos
que del esquema mágico-religioso de la vida y de la naturaleza,
que se conserva en infinidad de detalles de nuestro comportamiento
cotidiano. Abandonar las explicaciones sobrenaturales de lo que
entendemos y el principio de autoridad como último tribunal
de lo que aceptamos, a cambio de una postura basada en la duda
y en la incertidumbre, y que rechaza a la autoridad para sustituirla
por la realidad o por la confesión de ignorancia, no es
algo que pueda hacerse con sencillez y en poco tiempo. Requiere
de una campaña sostenida y vigorosa, tan bien organizada
y tan millonaria como las que se usan para popularizar a cierta
marca de cerveza o brandy, o para introducir cada año los
nuevos modelos de automóviles norteamericanos. La importancia
que tiene la incorporación del espíritu científico
en nuestra cultura es tal que el presidente debería encabezar
una cruzada nacional a favor de la divulgación de la ciencia
y la tecnología, haciendo girar el Plan Nacional de Desarrollo
y el Plan Nacional de Modernización de la Educación
alrededor de ellas.
A falta de una campaña nacional de divulgación de
la ciencia, los interesados tenemos que conformarnos con iniciativas
de menor escala y con nuestros esfuerzos individuales. Sin embargo,
eso no cambia para nada la meta última de la actividad,
que es lograr que dentro de nuestra cultura el espíritu
científico sustituya al mágico-religioso en los
asuntos relacionados con la naturaleza. El interés no es
puramente sectario: no se trata de cambiar un fanatismo por otro,
sino de sustituir una forma de relación del hombre con
la realidad que es poco eficiente y que puede ser causa de muchos
sufrimientos innecesarios, por otra manera de enfrentarse al mundo
y a la vida que desde hace mucho tiempo ha demostrado ser un camino
más seguro y más rico para alcanzar el conocimiento.
Este último no sólo es fuente de satisfacción
en sí mismo, sino que además permite un comportamiento
más efectivo y racional. Un ejemplo reiterado (porque es
muy ilustrativo) es el cambio de actitud del hombre frente a los
rayos a través de la historia: cando se atribuían
al enojo de los dioses, causaban espanto y lo que se hacía
para protegerse en contra de ellos era rezar para obtener la clemencia
divina; en cambio, ahora que ya se conoce su verdadera naturaleza
no asustan a nadie y simplemente se usan pararrayos para evitar
sus efectos.
Las variedades de la divulgación científica
Hay muchas formas de dar a conocer el mundo de la ciencia. Quisiera
decir algo respecto a su contenido, lo que me lleva al principio
de estas líneas. Creo que la actividad científica
puede verse desde dos puntos de vista, diferentes pero complementarios:
uno es su contenido formal, o sean las leyes, teorías,
hipótesis, postulados, hechos y aplicaciones que corresponden
a cada disciplina, desde la física teórica hasta
las ciencias humanas más recientes e indefinidas; el otro
es su historia, su filosofía, su entorno social y político,
sus problemas de integración cultural y de contribución
al desarrollo de la sociedad presente y la del futuro. Desde luego,
cuando se habla de divulgación científica la referencia
casi siempre es a la explicación de alguna parte de su
contenido formal, en términos más o menos accesibles
a los no expertos. En cambio, los esfuerzos por explicar el contexto
social, político y humanístico en el que se da la
ciencia, gracias al cual adquiere no sólo el sentido sino
el significado dentro de la sociedad en la que ocurre, no se consideran
como divulgación de la ciencia. ¿Qué cosa
son, entonces, los artículos periodísticos de Marcos
Moshinsky, de Gilberto Guevara Niebla, de Axel Didriksson, de
Marcos Kaplan, de Javier Flores, de René Drucker, de Ricardo
Tapia, de Antonio Peña, de Julio Muñoz, de Marcos
Rosenbaum, de muchos otros cuyos nombre lamento no recordar ahora,
y los míos? Podría argumentarse que, al margen de
su excelente calidad (con excepciones), tales artículos
realmente no son de divulgación científica porque
no hablan del contenido formal de alguna disciplina académica
definida, como física, biología o historia, sino
que se refieren a las condiciones políticas y sociales
en las que se generan las distintas ciencias que cada uno de ellos
practican. Pero si no son de divulgación de la ciencia,
entonces ¿qué divulgan estos artículos? La
respuesta a esta pregunta depende de la amplitud del concepto
de ciencia que se tenga. En mi caso personal, respondo que todos
esos artículos sí son de divulgación científica,
por la sencilla razón de que la ciencia no existe ex
vacuo, sino que siempre se da en el seno de una comunidad
social específica, de la que surge y a la que se debe en
forma completa.
Un ejemplo de lo anterior puede ser este mismo artículo,
en el que estoy examinando algunos aspectos de la divulgación
científica. ¿No es la divulgación científica
parte de la ciencia? Para lo que prefieren un concepto restringido
de lo que es ciencia, su divulgación quedaría fuera
de ella y quizá la consideraran como una forma especializada
de periodismo. En cambio, para lo que como yo, pensamos que todo
lo relacionado con la ciencia, como su enseñanza, su política,
su sociología, su papel en la cultura del país,
etcétera, forma parte de ella, su divulgación es
también otro de sus departamentos. Es cierto que cuando
escribo este artículo no estoy haciendo investigación
científica ni estoy presentando en términos accesibles
al público no experto cierto sector del contenido formal
de alguna especialidad de la ciencia; lo que estoy haciendo es
examinar la naturaleza, las formas y los alcances de la divulgación
de la ciencia. En otras palabras, éste es un artículo
de divulgación de la divulgación de la ciencia.
Los divulgadores de la ciencia
¿Quiénes deben ser los divulgadores de la ciencia?
Con tantas y tan diversas actividades a través de las cuales
puede y debe darse esa divulgación, es obvio que se necesita
más de un tipo de profesional experto. En los países
desarrollados ya existe una especialidad dentro del periodismo,
que es la científica, para la que sus profesionales estudian
ciencias de la comunicación con especial interés
en el periodismo y después hacen una especie de «posgrado»
en ciencias, lo que los capacita para desempeñarse en el
campo con un número razonablemente reducido de errores.
En cambio, en los países subdesarrollados como México
tal tipo de periodistas no existe y la responsabilidad de la divulgación
de la ciencia, si es que queremos que haya alguna, nos cae directamente
a los científicos profesionales. Así ha sido desde
que yo me acuerdo, y así sigue siendo hasta hoy. Para gran
beneficio de esta actividad, algunos científicos (casi
todos ellos físicos) la tomaron muy en serio hace ya casi
tres décadas y empezaron a dividir su tiempo entre investigación
y docencia científica, y divulgación de la ciencia;
esto último cristalizó en una revista, que primero
se llamó Física pero al poco tiempo cambió
su nombre a Naturaleza, que se publicó mensualmente
durante más de 10 años, hasta 1984. Naturaleza
era una revista de divulgación científica muy bien
hecha, con excelentes artículos, muy buenas ilustraciones,
un formato atractivo, una tipografía agradable y un excelente
sentido del humor; cada número podía y debía
leerse desde la primera hasta la última página,
siempre con gran beneficio y diversión. Entre este grupo
de físicos estaban Luis Estrada, que fue su director desde
el principio hasta el fin, y Jorge Flores Valdés, Salvador
Malo, Fernando del Río, Ariel Valladares y otros más.
El propio Luis Estrada fundó lo que posteriormente se convirtió
en el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia
y lo condujo hasta hace pocos años, haciendo una labor
no sólo pionera sino admirable de divulgación científica.
He mencionado a estos personajes porque ellos son los «padres
de la criatura», son los que iniciaron la divulgación
científica en México y entre ellos se encuentran
todavía algunos de los líderes actuales en esa actividad.
Incluso ya existe una Sociedad Mexicana de Divulgación
de la Ciencia y la Técnica.
A este grupo de venerables pioneros e infatigables divulgadores
de la ciencia ya se ha agregado lo que podría considerarse
como una «segunda generación», que está
infiltrando los periódicos y algunas revistas, tanto de
la capital como del interior del país. Las secciones culturales
de ciertos diarios ya cuentan en forma regular con sendos artículos
de divulgación científica, tanto del contenido formal
de las distintas ciencias como del resto del universo científico.
Además, desde hace más de 20 años CONACYT
fundó la revista mensual Ciencia y Desarrollo,
un espléndido esfuerzo desde el principio que ha venido
superándose a través de los años y es, en
la actualidad, la mejor publicación periódica de
divulgación científica en el mundo hispanoparlante,
originada en un país latinoamericano. Pero todos estos
esfuerzos de divulgación han sido hechos no por profesionales
de la comunicación sino por científicos entusiastas,
que han robado tiempo a sus investigaciones y se han echado a
cuestas la tarea adicional de explicarle al público interesado
(lo que incluye a muchos de sus colegas expertos en otras disciplinas
científicas) lo que hacen en sus laboratorios y cubículos,
y lo que opinan sobre todos los demás aspectos de la ciencia.
Además, muchos de los escritos de divulgación también
aspiran a reclutar simpatizantes dentro del vasto campo del público
no interesado todavía en la ciencia. Dentro de este público
existe un sector específico cuya atención e interés
representa una de las metas más codiciadas por los divulgadores
amateurs de la ciencia: los jóvenes estudiantes
de las ciencias de la comunicación y los comunicólogos
profesionales. Porque cuando se logre atraer al campo de la divulgación
científica a los técnicos y a los expertos, los
divulgadores amateurs habrán cumplido con una
parte fundamental de su tarea y podrán invertir sus energías
en ayudar y aconsejar a los expertos en comunicación, y
cooperar con sus conocimientos especializados para que la divulgación
de la ciencia sea cada vez mejor.
Ruy
Pérez Tamayo es patólogo, profesor emérito
y jefe del Departamento de Medicina Experimental de la Facultad
de Medicina de la UNAM. La versión original de este texto,
que fue editado por razones de espacio, fue leída como
parte de una mesa redonda sobre la divulgación científica
en el museo Universum de la UNAM en julio de 2002.