La
columna de Hércules
Hércules
Delgadillo
Aunque
para muchos yo represente al divulgador cascarrabias por antonomasia,
permítanme informarles, jóvenes colegas, que tengo
un lado humano: los sábados por la mañana amaso
y horneo el pan que me he de comer durante la semana. Sé
que a nadie le importan mis motivos, pero yo los tengo bien claros:
la higiene y mi condición de viudo. Ya pocas cosas hay
en mi vida que me satisfagan tanto como el olor del horno y la
vista de una corteza dorada.
Pero esta placentera actividad tiene otra función, además
de la propiamente nutricia: me permite golpear una materia informe
e insípida para transformarla en algo pasadero. Y es que,
retirado ya de la enseñanza, no quiero perder las sensaciones
del trato con los alumnos.
Para el arte de la panadería resulta de mucha ayuda tener
nociones de química, física y biología (además
de paciencia, créanme). Los maestros tahoneros utilizan
un conocimiento ancestral basado en la experiencia, cuyos detalles
se comprenden ahora gracias a la ciencia. Simplemente metan al
horno tibio un revoltijo sin amasar al cual le han añadido
levadura disuelta en agua demasiado caliente.
Como no sólo de pan vive el hombre, sino también
de conocimiento (o dicho de otra manera, hay que alimentar el
espíritu), he dado en leer numerosos textos de divulgación
sobre la fructífera combinación ciencia-cocina.
Aunque por convicción yo no suelo ir por el mundo reseñando
libros que sé que nadie va a leer, me permitiré
por esta única ocasión recomendarles un librito
delicioso (adjetivo perfectamente aplicable) que se llama El
cocinero científico (de la editorial Siglo XXI), escrito
al alimón por Diego Golombek y Pablo Schwarzbaum, jóvenes
científicos divulgadores de Argentina. Con frescura e ingredientes
de primera calidad (historia, recetas, ciencia, literatura y sentido
del humor), los autores nos obsequian con un banquete de divulgación.
Pueden leerlo o no, allá ustedes. Con su pan se lo coman.