Escribir
para los colegas
Martín
Bonfil Olivera
Entre los artistas, la opinión está dividida. Algunos
afirman no necesitar de un público para sentir que su labor
se justifica; les basta la satisfacción que proporciona
el acto de creación mismo. Otros aceptan que, al menos
en principio, la labor artística carece de sentido a menos
que llegue a tener un espectador.
Pero los comunicadores —incluyendo, por supuesto, a los
comunicadores de la ciencia— no somos artistas (por más
que muchos sintamos que nuestros esfuerzos se asemejan a los del
artista en cuanto a búsqueda de originalidad y carencia
de un fin práctico más allá del hecho de
comunicar una visión del mundo: la que nos da la ciencia).
En tanto comunicadores, nos vemos obligados a aceptar que nuestra
labor carece por completo de sentido si no contamos con un público.
La comunicación sin receptor es mera emisión de
datos que no llegan a adquirir un sentido.
Y sin embargo, es frecuente (más de lo que uno pudiera
esperar) encontrarse con productos de divulgación, sean
textos, audiovisuales, conferencias o museos, que parecen haberse
creado teniendo en cuenta no las características y necesidades
del público al que pretenden dirigirse, sino más
bien la opinión de los colegas.
Escribir para los colegas es la marca del investigador metido
a divulgador. Es frecuente —a menos que se trate de uno
de esos relativamente escasos individuos que combinan ambas profesiones—
que los investigadores no tengan realmente claro de qué
se trata la labor de poner la ciencia al alcance del público
no científico. Y esto se nota en que, al redactar sus textos,
están pensando no tanto en cómo lograr hacerse entender
por el lego, sino en cómo evitar ser criticados por otros
especialistas.
Dicho de otro modo, de los dos requisitos que el buen divulgador
tiene que satisfacer simultáneamente, en un acto de equilibrio
que sintetiza el arte de la divulgación los especialistas
en investigación —que normalmente no son especialistas
en divulgación— tienden a privilegiar el rigor por
encima de la amenidad.
Por desgracia, normalmente el resultado es que estos textos rigurosos
fracasan en el primer requisito de la comunicación: servir
al lector.