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Los
enemigos de la ciencia
Ruy
Pérez Tamayo
Quien
no entiende a la ciencia y su forma de trabajar puede desvirtuarla.
Sorprendentemente, algunos de estos «enemigos» se
encuentran dentro del sistema científico.
Actualmente
resulta un lugar común señalar a la ciencia como
la fuerza principal que ha transformado al mundo y a la sociedad
occidentales, sobre todo a partir del siglo XVIII y hasta nuestros
días. Entre los siglos II y XVI la influencia principal
la ejerció la iglesia católica, apostólica
y romana, con su autoridad absoluta en asuntos tanto religiosos
como políticos y sociales. El resquebrajamiento de esta
autoridad, debido a la aparición de la reforma y de la
iglesia protestante, coincide con el renacimiento y en cierta
forma lo permite y patrocina, hasta desembarcar en la revolución
científica dos siglos más tarde. Según Butterfield:
Como esta revolución ha sido la que echó abajo la
autoridad de que gozaban en la ciencia no sólo la edad
media, sino también el mundo antiguo acabó no solamente
eclipsando la filosofía escolástica, sino también
destruyendo la física de Aristóteles, cobra un brillo
que deja en la sombra todo lo acaecido desde el nacimiento de
la cristiandad y reduciendo al renacimiento y a la reforma a la
categoría de meros episodios, simples desplazamientos de
orden interior dentro del sistema del cristianismo medieval.
Es natural que una fuerza tan poderosa y tan influyente como la
ciencia tenga no sólo amigos, sino también enemigos.
A los amigos de la ciencia me referiré en otra ocasión,
pues en ésta deseo revisar brevemente algunos de los aspectos
más generales de sus enemigos.
Cuando el ímpetu del pensamiento científico empezó
a sentirse en la estructura de la sociedad, las fuerzas que hasta
entonces habían conservado la hegemonía y el poder
opusieron toda su resistencia (que no era poca) a la intrusa. Surgieron
entonces los conflictos entre la ciencia y el sistema feudal de
organización social, entre la ciencia y la religión.
Aunque todavía quedan polvos de aquellos lodos, esos no son
los enemigos de la ciencia que me interesa mencionar ahora, sino
los contemporáneos, los que son peculiares al final del siglo
XX y principio del XXI.
Creo que los enemigos actuales de la ciencia son de dos tipos, los
de «fuera» y los de «dentro». Los enemigos
de «fuera» son los que patrocinan, apoyan o simplemente
simpatizan con el movimiento anticientífico y que tanto profesional
como intelectualmente nunca han formado parte del gremio de la ciencia.
En cambio, los enemigos de «dentro» son (o pretender
ser) científicos profesionales que proponen o aceptan una
imagen falsa, descastada o incompleta de la ciencia. Voy a referirme
con un poco más de detalle a cada uno de estos dos grupos.
Los integrantes del movimiento anticientífico contemporáneo
forman un conjunto heterogéneo de enemigos. Una buena parte
de ellos son personas bien intencionadas pero mal informadas; algunas
se han dejado convencer por la caricatura del científico
«diabólico» que desea conquistar al mundo (tan
explotada en la televisión y otros medios igualmente infantiles)
y acusan a la ciencia de haber desarrollado la bomba atómica,
de ser responsable de la contaminación y destrucción
del medio ambiente, así como del desenfreno y deshumanización
de la vida actual. Otros más objetan el carácter materialista
y determinista de la filosofía científica y la acusan
de rechazar los valores tradicionales de una ética trascendental.
Finalmente, quedan quienes aceptan que la ciencia tiene algunos
aspectos positivos, pero que ha corrido más aprisa que la
capacidad del hombre para controlarla y se declaran partidarios
de una moratoria, de un compás de espera en el avance científico
para darle tiempo a la humanidad a adaptarse mejor a las nuevas
formas de vida que propicia.
Aunque no hay enemigo pequeño, pocos de los enemigos de «fuera»
de la ciencia representan un verdadero peligro para su crecimiento
saludable e influencia benéfica permanente en la transformación
de nuestras vidas. En cambio, los enemigos de la ciencia que funcionan
desde «dentro» de ella son extremadamente peligrosos
y requieren identificación temprana, vigilancia continua
y oposición permanente. Se trata de los seudocientíficos
y funcionarios que, disfrazados de amigos y protectores de la ciencia,
hablan siempre en favor de la ciencia «aplicada» y en
contra de la ciencia «pura»; de los que únicamente
conciben a la ciencia como madre de la tecnología, de los
que sólo ven a la ciencia como fuente de soluciones prácticas
para los «problemas nacionales». Estos «amigos»
de la ciencia quisieran verla convertida en un instrumento puramente
utilitarista, en una actividad sujeta a análisis de costo-beneficio
económico, en una caja negra donde por un lado se introduce
un problema y por el otro sale una solución, con resultados
intermedios programados y calendarizados. Los aspectos más
importantes y valiosos de la ciencia para el hombre, como son la
liberación de prejuicios oscurantistas a través del
conocimiento de la naturaleza y de sí mismo, permitiéndole
una vida más natural y más de acuerdo con su verdadero
sitio en el orden de las cosas, así como proporcionarle la
aventura intelectual más estimulante para niños y
adultos que existe en este mundo, son ignorados por estos enemigos
de la ciencia. Por eso es que los científicos debemos cuidar
celosamente la virtud y pureza de nuestra disciplina y evitar que
se transforme en lo que sus enemigos de «dentro» quieren
que sea: una prostituta.
Ruy Pérez Tamayo es patólogo, profesor emérito
y jefe del Departamento de Medicina Experimental de la Facultad
de Medicina de la UNAM. Es también uno de los científicos
mexicanos que más se han preocupado por reflexionar y educar
acerca de la naturaleza e importancia de la ciencia. Texto tomado
del libro Acerca de Minerva, de Ruy Pérez Tamayo (Fondo de
Cultura Económica, col. La ciencia para todos, 1987)
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