La
divulgación está en el ojo que la lee
Por
Martín Bonfil Olivera
¿Qué es arte y qué no? ¿Cómo
distinguir una obra de arte de algo que no lo es? Los posibles
criterios son innumerables, y todos dejan algo qué desear.
Quizá, cuando mucho y en un sentido muy laxo, puede proponerse
que «arte» es aquello capaz de provocar una experiencia
de tipo estético en el espectador. (Queda entonces el problema
de si se debe considerar arte a una puesta de sol... ¿puede
haber arte «natural», sin necesidad de haber sido
creado con intenciones «artísticas»? Los objects
trouvés de Duchamp parecen ser prueba de que sí:
es el contexto, y sobre todo la experiencia que un objeto
en ese contexto provoque en el espectador, lo que le
puede conferir la calidad de «arte» a un mingitorio.)
El problema de distinguir la divulgación científica
de otras cosas (enseñanza, diversión, propaganda
comercial o gubernamental) es semejante. A los divulgadores nos
gusta suponer que es nuestra intención de comunicar
la ciencia a un público voluntario y no especialista lo
que le confiere su carácter divulgativo a nuestros productos.
Pero es posible que el público no los perciba así.
A despecho del emisor de un mensaje, es el receptor
quien lo decodifica, quien lo interpreta en sentidos que a veces
difieren o contravienen directamente las intenciones originales
con las que fue emitido. (Una visita a un museo puede llegar a
parecer, tristemente, una clase.)
Es por eso que hay quien se lanza desesperadamente a «investigar»
las maneras de lograr la menor distorsión y la mayor eficacia
posible en los mensajes de divulgación. Idea que no sobra;
sobre ello quizá pudieran enseñarnos más
publicistas y mercadólogos que los propios pedagogos.
Pero la realidad del lector activo que «crea» (inevitablemente)
su propia lectura tiene otra consecuencia: algo creado sin intención
divulgativa puede ser leído con ese talante. Ejemplo obvio
es una novela de ciencia ficción, pero también una
conversación, la reparación de un artefacto, un
paseo por el campo e incluso una clase pueden, si se abordan como
la oportunidad de conocer o entender algo por gusto y no por obligación,
convertirse en una excelente experiencia de divulgación.
La oportunidad de acercarse a la ciencia puede saltar en cualquier
lado para el espectador atento.
Quizá la obsesión por controlar cómo se reciben
nuestros mensajes nos roba la oportunidad de explorar libremente
la diversidad de lecturas sorpresivas que puede lograr el público.
Un público que, finalmente, no está sujeto a nuestros
deseos.
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mbonfil@servidor.unam.mx
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