Líneas
para Luis Estrada
Carlos
López Beltrán
El
primero de junio de 2002 se llevó a cabo un homenaje al
doctor Luis Estrada Martínez, pionero de la divulgación
científica en México. Durante el acto, llevado a
cabo en la Casa Universitaria del Libro de la UNAM, varios amigos,
alumnos y colaboradores (en el caso de Estrada, muchas veces las
tres categorías se confunden) leyeron textos en los que
rememoraban sus experiencias con este personaje central, creador
de toda una escuela en divulgación, formador de divulgadores
e iniciador de los proyectos e instituciones formales de divulgación
en nuestro país.
El muégano divulgador presenta hoy, luego de un muy largo
lapso, esos mismos textos, que desde luego no han perdido su vigencia.
Creemos que este número especial resulta, a la vez que
un homenaje, un documento interesante para conocer una parte importante
de la historia de la divulgación en México, además
de apreciar la visión personal que importantes divulgadores
nacionales tienen de Luis Estrada: el individuo, el maestro, el
amigo.
Primero de junio de 2002
Quiero empezar por declarar mi orgullo de ser amigo de Luis Estrada.
Cuándo y cómo transitamos imperceptiblemente de
ser jefe y subalterno, maestro y discípulo, a ese estado
magnífico en el que las jerarquías y asimetrías
sin desaparecer se hicieron a un lado y se posibilitó una
relación calurosa y alegre, aceitada por un afecto creciente,
no lo puedo precisar. Pero sí decir que se debió
sobre todo a la generosidad de Luis, quien prefiere tener amigos
que subalternos y quien valora la amistad como pocas personas
en nuestro entorno. Ser su amigo es de verdad un regalo. Y el
gran pilón es que se puede así seguir aprendiendo
de él, en la situación en la que mejor enseña,
lejos de los constreñimientos de la institución
y la burocracia, en el espacio privilegiado de la una dilatada
y diversificante conversación.
Como responsable de uno de los proyectos que más intensamente
han atrapado la imaginación de varios de nosotros y engendrado
entusiasmos que han marcado profundamente nuestra vidas (el proyecto
de una divulgación de la ciencia universitaria, académica,
sensible, profunda y versátil...) Luis Estrada nos dio
una riqueza que habría que aquilatar cuidadosamente. La
mala memoria a veces achata y difumina los rasgos especiales y
distintivos de algunas cosas. Si se trata de modos de hacer, de
actitudes y sensibilidades ante el trabajo y sus resultados, ese
efecto disimulador suele ser más común. Creo que
si algo nos ha impactado a quienes hemos colaborado con Luis es
su a veces exagerada insistencia en el modo, en el cómo
(habiendo antes resuelto la importancia del qué),
su empujarnos hacia replantearnos el esfuerzo, aún cuando
lo hayamos hecho pasablemente la primera vez. Su poco disimulada
decepción cuando notaba que caíamos en algún
conformismo. Y su franca alegría cuando alguien lo sorprendía
con una buena idea o con un resultado creativo. Todo complementado
con un espacio de libertad muy poco común. Lo justo es
obligar a la memoria a reconocer ese magisterio muchas veces inaprensible,
y que explica las virtudes del trabajo que realizamos hoy día
muchos de sus discípulos. Creo que en estos tiempos en
que hay mucha más apertura ante la necesidad de generar
espacios de comunicación de la ciencia es importante recordar
que no basta hacer las cosas, y acumular cantidades: si se quiere
darle espolones a lo que se haga para que cambie y transforme
la cultura, hay que cuidar el cómo como la niña
de nuestros ojos.
Los responsables de que Luis Estrada esté hoy día
relativamente marginado de la divulgación de la ciencia
universitaria han impedido que su espíritu entusiasta y
vigilante les ayude a aprender eso a los más jóvenes,
y quiero ahora recriminárselos.
Luis ha sido para mí a lo largo de más de veinte
años un punto cardinal. El poeta Robert Bly explicó
claramente la dificultad que tenemos hoy en la aislada vida citadina
de tener vínculos verticales afectivos alternativos a los
familiares. Ejemplares y orientadores. Yo tuve suerte. Luis es
mi maestro y es mi amigo. Puedo decir que le debo muchos de mis
entusiasmos, por las ciencias, por ciertos razonamientos científicos,
por los tránsitos menos banales entre el arte y la ciencia,
por muchos hermosos textos, por la actitud vital de ciertos pensadores...;
le debo también muchos de mis resquemores ante quienes
le entran a la ciencia como contadores públicos o publicistas,
con quienes allanan todo en un lodo baboso de mediocridad. No
sabría decir en qué momento ni de qué modo
incorporé tal o cual valor, tal o cual afecto, pero sé
de donde viene, y lo agradezco.
Carlos López Beltrán es historiador de la ciencia,
divulgador y poeta. Participó en el Centro Universitario
de Comunicación de la Ciencia, antecesor de la DGDC, y
en la revista Naturaleza. Actualmente labora en el Instituto de
Investigaciones Filosóficas de la UNAM.
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lbeltran@servidor.unam.mx
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