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Carlos López Beltrán

 
 
 
 
Noviembre - Enero 2004
[ Carlos López Beltrán ]

Líneas para Luis Estrada

Carlos López Beltrán

El primero de junio de 2002 se llevó a cabo un homenaje al doctor Luis Estrada Martínez, pionero de la divulgación científica en México. Durante el acto, llevado a cabo en la Casa Universitaria del Libro de la UNAM, varios amigos, alumnos y colaboradores (en el caso de Estrada, muchas veces las tres categorías se confunden) leyeron textos en los que rememoraban sus experiencias con este personaje central, creador de toda una escuela en divulgación, formador de divulgadores e iniciador de los proyectos e instituciones formales de divulgación en nuestro país.

El muégano divulgador presenta hoy, luego de un muy largo lapso, esos mismos textos, que desde luego no han perdido su vigencia. Creemos que este número especial resulta, a la vez que un homenaje, un documento interesante para conocer una parte importante de la historia de la divulgación en México, además de apreciar la visión personal que importantes divulgadores nacionales tienen de Luis Estrada: el individuo, el maestro, el amigo.

Primero de junio de 2002

Quiero empezar por declarar mi orgullo de ser amigo de Luis Estrada. Cuándo y cómo transitamos imperceptiblemente de ser jefe y subalterno, maestro y discípulo, a ese estado magnífico en el que las jerarquías y asimetrías sin desaparecer se hicieron a un lado y se posibilitó una relación calurosa y alegre, aceitada por un afecto creciente, no lo puedo precisar. Pero sí decir que se debió sobre todo a la generosidad de Luis, quien prefiere tener amigos que subalternos y quien valora la amistad como pocas personas en nuestro entorno. Ser su amigo es de verdad un regalo. Y el gran pilón es que se puede así seguir aprendiendo de él, en la situación en la que mejor enseña, lejos de los constreñimientos de la institución y la burocracia, en el espacio privilegiado de la una dilatada y diversificante conversación.

Como responsable de uno de los proyectos que más intensamente han atrapado la imaginación de varios de nosotros y engendrado entusiasmos que han marcado profundamente nuestra vidas (el proyecto de una divulgación de la ciencia universitaria, académica, sensible, profunda y versátil...) Luis Estrada nos dio una riqueza que habría que aquilatar cuidadosamente. La mala memoria a veces achata y difumina los rasgos especiales y distintivos de algunas cosas. Si se trata de modos de hacer, de actitudes y sensibilidades ante el trabajo y sus resultados, ese efecto disimulador suele ser más común. Creo que si algo nos ha impactado a quienes hemos colaborado con Luis es su a veces exagerada insistencia en el modo, en el cómo (habiendo antes resuelto la importancia del qué), su empujarnos hacia replantearnos el esfuerzo, aún cuando lo hayamos hecho pasablemente la primera vez. Su poco disimulada decepción cuando notaba que caíamos en algún conformismo. Y su franca alegría cuando alguien lo sorprendía con una buena idea o con un resultado creativo. Todo complementado con un espacio de libertad muy poco común. Lo justo es obligar a la memoria a reconocer ese magisterio muchas veces inaprensible, y que explica las virtudes del trabajo que realizamos hoy día muchos de sus discípulos. Creo que en estos tiempos en que hay mucha más apertura ante la necesidad de generar espacios de comunicación de la ciencia es importante recordar que no basta hacer las cosas, y acumular cantidades: si se quiere darle espolones a lo que se haga para que cambie y transforme la cultura, hay que cuidar el cómo como la niña de nuestros ojos.

Los responsables de que Luis Estrada esté hoy día relativamente marginado de la divulgación de la ciencia universitaria han impedido que su espíritu entusiasta y vigilante les ayude a aprender eso a los más jóvenes, y quiero ahora recriminárselos.

Luis ha sido para mí a lo largo de más de veinte años un punto cardinal. El poeta Robert Bly explicó claramente la dificultad que tenemos hoy en la aislada vida citadina de tener vínculos verticales afectivos alternativos a los familiares. Ejemplares y orientadores. Yo tuve suerte. Luis es mi maestro y es mi amigo. Puedo decir que le debo muchos de mis entusiasmos, por las ciencias, por ciertos razonamientos científicos, por los tránsitos menos banales entre el arte y la ciencia, por muchos hermosos textos, por la actitud vital de ciertos pensadores...; le debo también muchos de mis resquemores ante quienes le entran a la ciencia como contadores públicos o publicistas, con quienes allanan todo en un lodo baboso de mediocridad. No sabría decir en qué momento ni de qué modo incorporé tal o cual valor, tal o cual afecto, pero sé de donde viene, y lo agradezco.

Carlos López Beltrán es historiador de la ciencia, divulgador y poeta. Participó en el Centro Universitario de Comunicación de la Ciencia, antecesor de la DGDC, y en la revista Naturaleza. Actualmente labora en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM.

Comentarios: lbeltran@servidor.unam.mx

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