Divulgadores
utilitaristas
Por
Martín Bonfil Olivera
Oscurecer
la luz, convertir el pan en carbón, la palabra en tornillo.
Pablo Neruda
De vez en cuando, y sobre todo cuando el dinero escasea, resurge
cíclica la discusión sobre la «utilidad»
de la ciencia. Se comparan las correspondientes virtudes de sus
dos caras opuestas, la básica y la aplicada (se trata más
bien de caretas: ciencia sólo hay una, lo otro son aplicaciones),
y se argumenta que, en tiempos de escasez, hay que sacrificar
la primera en aras de la segunda, pues ésta sí ayuda
a resolver problemas urgentes. Se olvida que la ciencia, como
dice Ruy Pérez Tamayo, sólo resuelve problemas científicos.
Los divulgadores científicos a veces caemos en este tipo
de concepciones utilitaristas, y no falta quien afirme que sólo
vale la pena divulgar la ciencia «aplicada» (o aplicable).
Es más: se piensa que es sólo por sus aplicaciones
que la ciencia tiene algún valor.
Esto equivale –suposición absurda de entrada–
a pensar que un poema, un cuadro o una sonata sólo son
válidos si transmiten un «mensaje útil».
Que sólo las novelas que contienen alguna «enseñanza»
deben ser leídas (como si una novela pudiera no
tener enseñanza... sólo que se trata, claro, de
una concepción distinta de enseñanza: la que enriquece
nuestra visión del mundo, la forma en que vivimos la vida;
no la que «enseña» conceptos, valores o reglas).
En realidad, la ciencia es, de todas las formas de abordar el
mundo, la que nos ofrece la mayor riqueza. La que nos muestra
no sólo cómo son las cosas, sino por qué
son. Es una visión que cambia y evoluciona, haciéndose
más rica y diversa. Frente al asombro, al sentido de maravilla
que la ciencia nos ofrece al dejarnos ver la luz, al permitirnos
entender, al mostrarnos un atisbo del mecanismo detrás
de las cosas, frente a esto el hecho de que el conocimiento que
produce pueda (o no) aplicarse para producir tecnología
se vuelve casi irrelevante. Estoy convencido de que el verdadero
valor de la ciencia, el que debe apoyarse, y naturalmente el que
debe divulgarse, es este valor estético, paralelo al de
las artes aunque distinto porque pasa antes por el entendimiento
racional.
Así como no se escribe una novela para algo, más
allá de para escribirla y para permitir que sea leída,
la verdad es que no se hace ciencia para producir aplicaciones,
sino por el placer mismo de descubrir más acerca del universo.
Y no se divulga para enseñar, sino para compartir el placer,
el asombro gozoso de entender. Lo cual no quiere decir, desde
luego, que hacer –y divulgar– ciencia no tenga también
infinitas aplicaciones prácticas. Pero eso, ¿qué
importancia puede tener para quien ha visto el reino?
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mbonfil@servidor.unam.mx
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