La
tensión esencial
Por
Martín Bonfil Olivera
Rigor
científico, por un lado, y amenidad e interés para
el lector, por el otro. «Exapto» -utilizando el término
creado por Stephen Jay Gould- el título del famoso ensayo
de Thomas Kuhn, para expresar este reto, quizá principal
al que se enfrenta el divulgador científico.
En efecto: el conocimiento científico, a pesar de estar
disponible en bibliotecas públicas y en internet, está
efectivamente fuera del alcance del ciudadano medio. La ciencia
se expresa, en su forma original, en un lenguaje especializado
que sólo pueden entender los expertos. En caso extremo,
este lenguaje puede ser el de las matemáticas, con todo
lo que ello implica en términos de preparación antes
de ser capaz de entenderlo. Pero incluso en las ciencias menos
matematizadas, como las biológicas, la terminología
técnica es una barrera infranqueable para todo profano.
Es tarea del divulgador, pues, «traducir» (en el sentido
creativo de volcar a otro lenguaje) la ciencia para que pueda
ser asequible. Y, como toda traducción verdadera, esta
labor tiene que ser una re-creación. Así como el
traductor de un poema tiene que escribir otro poema en un idioma
distinto, el divulgador tiene que crear un nuevo mensaje accesible
a su público.
Al traducir un poema, algo siempre se pierde; pero algo, una esencia,
tiene necesariamente que conservarse. De otro modo, se habrá
traicionado la obra original. Lo mismo sucede con la divulgación,
y es aquí donde encontramos la tensión mencionada
en el título. ¿Hasta dónde tiene el divulgador
derecho a transformar el mensaje, a usar su creatividad para convertirlo
en algo distinto, no sólo comprensible sino atractivo para
el lector, sin por ello traicionar el rigor científico
de la versión original?
Pues sucede que, necesariamente, cuanto más riguroso y
cercano a esa ciencia en versión original sea un producto
de divulgación, más difícil será acceder
a él: más contexto previo necesitará un lector
para poder comprenderlo. Quien no lo tenga -como sucede con la
mayoría del público lego- se enfrentará a
un mensaje árido en incomprensible y, frustrado, se alejará
de él.
Pero por otro lado, cuanto más ameno sea el producto de
divulgación, cuanto más creatividad e ingenio haya
empleado el divulgador para transformarlo, más alejado
estará de su versión «canónica»,
y más riesgo tendrá de contener errores o inexactitudes.
De traicionar el espíritu del poema original.
Rigor y amenidad: he ahí los dos extremos en los que debemos
cuidarnos de caer. Encontrar el justo medio es parte del arte
del divulgador.
Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx
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