Mi
escrito favorito
(Introducción al libro La relatividad
del error)
Isaac
Asimov
En este pequeño ensayo, uno de los grandes maestros
de la divulgación científica, Isaac Asimov, nos
presenta su interesante visión personal acerca de la importancia
de esta actividad, que él ejerció durante décadas.
Estuve escribiendo los ensayos de este libro al ritmo de uno por
mes durante treinta años. Al principio me gustaba hacerlo,
y esta satisfacción no ha disminuido a lo largo de los
decenios. Todavía ahora, apenas puedo esperar a que pase
cada mes para poder escribir el siguiente artículo.
Debo decir que tanto The Magazine of Fantasy and Science Fiction,
que ha publicado mis ensayos sin falta en cada número de
la revista desde noviembre de 1958, como Doubleday, que
ha publicado las colecciones de los ensayos desde 1962, me dejan
plena libertad de acción. Dejan que escriba sobre el tema
que quiera y que lo presente como me apetezca. Aunque se trata
de ensayos sobre ciencia, en ocasiones puedo escribir un ensayo
sobre un tema no científico si lo deseo, y nadie se queja.
Además, no hay peligro de que algún día me
quede sin temas. La ciencia es tan vasta como el universo, y se
refina de año en año a medida que los conocimientos
progresan. Si escribo ahora un artículo sobre superconductividad,
será necesariamente un artículo distinto del que
habría escrito un par de años antes.
Hay en todos estos ensayos un estímulo personal, porque
para poder escribirlos tengo que organizar mis posibles conocimientos
sobre el tema y darles consistencia con los materiales que pueda
encontrar en mi biblioteca de referencias. En definitiva, debo
educarme a mí mismo, y siempre acabo sabiendo más
cosas sobre cualquier tema después de haber escrito el
ensayo que antes de empezar; esta autoeducación es un motivo
permanente de placer para mí, porque cuanto más
sé, más plena es mi vida y mejor aprecio mi propia
existencia.
Incluso cuando mi autoeducación resulta insuficiente, y
cuando acabo entendiendo algo al revés, por descuido o
por ignorancia, mis lectores tienen un carácter tal que
siempre recibo cartas donde me explican mi error, cartas siempre
corteses y a veces algo inseguras, como si el lector no pudiera
creer realmente que yo estaba equivocado. También agradezco
este tipo de educación. Quizá me ruborice, pero
aprender es siempre algo que vale la pena.
Más importante todavía es la sensación que
tengo de que quienes leen mis ensayos acaban a veces comprendiendo
algo que antes ignoraban. Recibo un número considerable
de cartas que me explican precisamente esto. Es maravilloso también
recibirlas, porque si sólo escribiera para ganar dinero,
todo el esfuerzo sería una simple transacción que
me permitirá pagar el alquiler y comprar alimentos y vestidos
para la familia. Si además soy útil a mis lectores,
si los ayudo a ampliar sus vidas, tengo motivos para creer que
vivo para algo más que la simple satisfacción del
instinto de conservación.
Por otra parte, comparemos la ciencia con otros intereses humanos:
por ejemplo, las competencias deportivas profesionales.
Los deportes remueven la sangre, excitan la mente, despiertan
el entusiasmo. En cierto modo canalizan la competencia entre partes
distintas de la humanidad hacia actividades inofensivas. Sin embargo,
después de algunos partidos de futbol, por ejemplo, se
producen enfrentamientos que desembocan en derramamientos de sangre,
aunque todos estos desórdenes reunidos no pueden compararse
con las matanzas de una batalla pequeña, y por lo
menos en Estados Unidos el beisbol, el futbol americano
y el baloncesto se disputan sin que suceda nada más grave
que algunos puñetazos en las gradas.
No me gustaría que desaparecieran los deportes (especialmente
el beisbol, que es mi afición favorita), porque con esta
desaparición la vida sería más gris y nos
privaría de muchas cosas que quizá no tienen sustancia
pero que nos parecen esenciales.
Y sin embargo, si nos apuraran, podríamos vivir sin los
deportes.
Comparemos ahora la situación con la ciencia. La ciencia,
si se utiliza correctamente, puede resolver nuestros problemas
y hacernos un bien superior al de cualquier otro instrumento de
la humanidad. La llegada de la máquina convirtió
la esclavitud en algo totalmente antieco-nómico y acabó
aboliéndola, mientras que todos los sermones morales de
personas bien intencionadas apenas consiguieron nada. Será
la aparición del robot lo que elevará la mente humana
y la liberará de todas las tareas aburridas y repetitivas
que entontecen y destruyen la mentalidad del hombre. La llegada
del avión a reacción, de la radio, de la televisión
y del disco fonográfico permitió que las personas
más corrientes tuvieran acceso a las visiones y los sonidos
de los triunfos humanos en arquitectura y bellas artes, que en
épocas anteriores sólo estaban al alcance los aristócratas
y de los ricos. Y así sucesivamente.
Por otra parte, la ciencia, si se utiliza incorrectamente puede
aumentar nuestros problemas y acelerar la destrucción de
la civilización e incluso la extinción de la especie
humana. No es preciso que hable de los peligros de la explosión
demográfica -debida en tan gran medida a los avances de
la medicina moderna-, de los peligros de la guerra nuclear, del
increíble nivel de contaminación química
que padecemos, de la destrucción de los bosques y de los
lagos por la lluvia ácida. Y así sucesivamente.
Por consiguiente, la ciencia es muy importante porque por un lado
nos trae vida y progreso y por otro destrucción y muerte.
¿Quién debe decidir el uso que se dé a la
ciencia? ¿Debemos dejar la elección de nuestro futuro
en manos de una élite? ¿O debemos participar en
él? Es evidente que si la democracia tiene algún
sentido, si el sueño americano tiene algún sentido,
deberíamos escoger que nuestro destino dependiera, por
lo menos en cierto grado, de nuestra propia voluntad.
Si creemos que debemos escoger a nuestro presidente y a nuestros
congresistas para que sólo puedan elaborar leyes que nos
gusten, deberíamos también mantener la ciencia bajo
nuestro control, y sólo podremos hacerlo de modo juicioso
si por lo menos entendemos algo de ciencia.
Consideremos ahora de qué modo los periódicos y
otros medios de información se ocupan de los deportes,
la cantidad y detallismo de los datos especializados que ofrecen
al público y que el público se traga con insaciable
voracidad. Y pensemos en la falta abismal de información
científica significativa en todos los periódicos,
excepto en los más importantes y avanzados. Pensemos en
las numerosas columnas sobre astrología y en la falta de
información sobre astronomía. Pensemos en los reportajes
detallados y entusiastas sobre ovnis o sobre personas que doblan
cucharas con la mente, y las escasas referencias a los descubrimientos
relativos a la ozonosfera: lo primero pura charlatanería
y lo segundo una cuestión de vida y muerte.
En las circunstancias actuales, todo lo que podamos hacer para
rectificar este desequilibrio es importante, por poco que sea.
El cielo es testigo de que, a pesar de la gran calidad de mis
lectores, su número absoluto es relativamente reducido,
y que mis esfuerzos para educar alcanzan quizá a una persona
entre 2 mil 500.
Sin embargo, seguiré intentándolo y continuaré
infatigablemente mis esfuerzos por llegar a los demás.
Es imposible que con mis esfuerzos aislados pueda salvar el mundo,
ni siquiera podré cambiar nada de modo perceptible, pero
me sentiría muy avergonzado si dejara pasar un día
sin intentarlo una vez más. Tengo que dar un sentido a
mi vida, por lo menos para mí, si no para los demás,
y escribir estos ensayos es uno de los medios principales para
llevar a cabo esta tarea.
Asimov, Isaac (1989), Mi escrito favorito, en La
relatividad del error (introducción), Planeta, México,
1989, pp. 9-12.
Isaac
Asimov fue bioquímico, escritor de ciencia ficción
y prolífico divulgador de la ciencia.
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