Carta
a Miguel Ángel en el día de su cumpleaños
Víctor
Manuel Herrera
México,
a 8 de agosto de 2002
Miguelón:
Hoy habrías cumplido 58 años, mano. No pudo ser.
Ya te liberaste de la ley de la termodinámica, de la ley
de la gravedad, de la ley de la relatividad (esas metáforas
autoritarias), pero ya nunca te liberarás de las metáforas
amigas que la emoción se inventa para recordarte. Perdona,
mano, ya sé que detestabas la cursilería: te gustaban
las cosas bien claras. No había, a tu modo de ver, hecho
físico o psíquico que no pudiera explicarse con
tan sólo aplicar la inteligencia. Pero la realidad te ha
dado un mentís, Miguelón: tu muerte es y seguirá
siendo un misterio para siempre jamás. Es un escándalo
de la razón. Y es, al mismo tiempo, tan banal.
Siempre me llamó la atención que desdeñaras
los milagros y que, al mismo tiempo, te dedicaras en cuerpo y
alma al milagro de la vida. A los mayores: la música y
la ciencia (la música de las esferas, que decía
Herschel, y la esfera de la música, que te rodeó
desde la cuna). Y al supuestamente menor: el milagro de la felicidad
en la vida llana y simple de todos los días. Era enorme
tu vocación de alegría; casi tanta como tu capacidad
de contagiarla a tu entorno. En los grandes milagros de la ciencia
y de la música habrás tenido tus grandes momentos;
en los menudos del día a día, nos regalaste grandes
momentos a todos nosotros, mano. Y perdona, otra vez.
Milagros de la vida diaria: siempre te interesaste por la cabeza.
Cuentan nuestros papás que en épocas utópicas
y ucrónicas para mí -como lo es hoy este momento
para ti-, revelabas ya carácter científico. Dicen
que te proponías dejar caer una rotunda canica de tres
centímetros de diámetro sobre la cabecita de tu
hermano recién nacido tan sólo para comprobar si
su cráneo era capaz de soportar el impacto. Mamá
-dicen- llegó a tiempo de salvar el cerebro de su segundo
hijo antes del desastre, mientras tú te ibas refunfuñando
por la falta de espíritu científico de tus progenitores.
Me acuerdo también, por insistir en el illo tempore,
de la época en que te dio por asestarnos "topes"
a tus pobres hermanitos. Arrancabas gritando: "¡tope!",
y todos salíamos corriendo, porque conocíamos el
rigor de esas embestidas que consistían en un recio cabezazo
de astrónomo in pectore directamente en la frente
de su víctima. A mí me guardaste cierta compasión,
porque era muy chiquito. Pero Magda y Javier sufrieron tus arremetidas.
Nunca olvidaré el único que me atizaste: por fin
me habías atrapado; me redujiste en la cama de tu cuarto
y clamaste tu grito de guerra: "¡tope!". Tal fue
el topetazo en la frente que, según he elucidado con los
años, eso fue lo que me predestinó desde entonces
irremediablemente a las humanidades. Así de inspirada podía
ser tu cabeza, pero no se agotaba en embestidas. También
empezaba a despuntar la del investigador.
Recuerdo muy especialmente una tarde en la que yo me demoraba
en cuentos de Mickey Mouse, y tú me llamaste desde tu laboratorio
(y es que tú tenías un laboratorio desde muy pequeño).
Yo dejé los cómics de lado y acudí al fondo
de aquel negro pasillo que parecía hallarse al fondo de
la vida. Simplemente me mostraste un tubo de ensayo y me pediste
que lo observara con atención. Yo tenía como tres
años; tú, unos doce. En un principio no se vislumbraba
en el tubito más que una masa amarillenta. Tú lo
mantenías a contraluz, en un ambiente mágico (que
recordé, por cierto, años después, cuando
leí Cien años de soledad, pues era el mismo
ambiente que transfiguraba el cuarto de los manuscritos de Melquíades).
De pronto, surgió una flor de la masa amarilla. Una flor
que iba creciendo frente a mis ojos lentamente. Y seguía
creciendo, ¡carambas! Ante mi estupor, con la sangre fría
que a veces te distinguió, aclaraste muy serio: "Esto
es pura química, como toda la naturaleza". Y desde
entonces comprendí que yo nunca me enamoraría en
la vida y que en ese punto se separaban nuestros caminos. Pues
yo creía que lo bonito de la magia es la poesía,
mientras que tú siempre supiste que el verdadero portento
estriba en descubrir el truco que la subyace.
Y así seguiste durante años, sin darte cuenta de
que el truco eras tú. De que andabas esparciendo milagritos
a diestra y siniestra, con tu ingenio y con tu humor; a veces
con tu falta de malicia (que prefiero llamar bondad); otras, con
esa incorruptible infancia que te acompañó durante
casi seis décadas. Convertido en un artista del disfemismo
(es decir, aparentar menos en lugar de más) optaste por
la humildad y la modestia en tu manera de vestir y de actuar,
en tu discurso y en tu forma de pensar. Detestabas el menor asomo
de solemnidad en cualquier campo y odiabas la "afectación
intelectual". Platicabas con idéntico desparpajo y
simpatía con un embajador o con un botones (creo que nada
más los meseros te despertaban cierta suspicacia). Y sin
embargo, te movías entre los grandes temas de continuo.
Recuerdo una ocasión, hará ya unos veinticinco años,
en que te visité en tu cubículo de la unam. De tu
computadora prehistórica salía una larga tira de
fórmulas que se desenrollaba recorriendo varios metros
por el suelo. "¿En qué estás trabajando,
mano?", te pregunté. "En la química del
origen", fue tu tácita respuesta. Sin engolamiento
ni pretensiones; sin el menor understatement. No te dabas
cuenta, pues, (o lo ocultabas muy bien) de que constantemente
sacabas conejos del sombrero, de que tu varita mágica (democrática
como ninguna) hechizaba por igual la comida de los sábados
con las tías que una conversación erudita sobre
los cuarks o Penderecki. Pero quién sabrá nunca
en qué te ocupabas cuando te daba por pensar a solas.
Una vez, al alimón con mamá, se inventaron la mejor
definición del humor de que yo tenga noticia. Ella acababa
de descansar toda la tarde en su habitación de un hotel
parisino y bajó a cenar al restaurante. Nuestro papá
hablaba de algún pianista de los sesenta, cuando mi madre
se echó a reír desaforada, podríamos decir
a moco tendido. Le preguntamos: ¿Qué te pasa, jefita?
Y nomás dijo: "Me estoy riendo de lo que dijo Miguel
esta mañana". "¿Y qué dijo Miguel?",
insistimos. "No me acuerdo, respondió, pero era buenísimo".
Tal era a veces el alcance de tu encantamiento que podía
obviar los referentes. Y es justo así como sigues más
que vivo entre nosotros.
Y los milagros mayores: no se sabrá si fue un augurio,
un presagio, una de esas malas pasadas del destino (palabras todas
que habrías desaprobado por falaces). La cosa es que el
domingo anterior a tu muerte, lo recordarás, cantaste con
tu coro ni más ni menos que el Requiem de Mozart.
Y no sólo eso, sino que lo seguiste cantando en el coche
camino a Guadalajara y, después, todo el fin de semana:
en Tlaquepaque, en los taxis, en las cenas. No sabías que
estabas cantándote tu propia misa de réquiem. Puras
coincidencias, habrías dicho tú. Pero el hecho allí
está, al igual que tantos otros inexplicables de la vida.
Miguelón: como casi todos, tú inventaste tu propia
forma de ser irrepetible. Pero eras sin duda más divertido
que la mayoría. Si algo es seguro es que fuiste un hombre
feliz, lo que tampoco se puede afirmar de cualquiera de nosotros.
Tal vez sea ese el único consuelo que nos queda, pero siempre
llegará acompañado de un "¿Y por qué
no veinte años más?" Veinte años más
de vida para ti mismo, hombre, en ese pequeño estudio de
tu casa, donde cifrabas tu existencia palabra tras palabra, nota
tras nota, ecuación tras ecuación sobre el sentido
y el sinsentido del universo.
Un maravilloso proverbio chino dice que la tradición no
es la adoración de las cenizas, sino la transmisión
del fuego. El fuego en ti, Miguelón, era la alegría
de vivir. Aunque ahora nos cueste, ojalá nunca podamos
olvidar esa lección que nos dejaste, mano: anteponer a
los agujeros negros del dolor la supernova del placer.
Cuando el miércoles 31 de julio salimos de Gayosso al filo
de la una de la tarde, durante un buen trecho de Félix
Cuevas nos acompañó a ambos lados de la avenida
la muchedumbre que esperaba al papa (al potato, como tú
lo llamabas con un cierto dejo de cariño). Ya se había
suspendido el tráfico normal. Pasamos solos por el centro
en caravana las dos carrozas fúnebres y los dos coches
que las seguíamos hacia el crematorio. A tu paso (y el
de Carmen) los comparsas del circo religioso se santiguaban cariacontecidos.
No estoy seguro, pero yo creí oír tu risa, lozana
e inconfundible, desde el más allá.
Hasta siempre, mano.
Víctor Manuel Herrera es doctor en filosofía
y hermano del fallecido Miguel Ángel Herrera
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