Un
bautizo y un funeral
Antígona
Segura Peralta
La primera vez que uno publica casi siempre es motivo de júbilo.
No es el caso de la autora de este texto, que presentamos como
preludio a la última entrevista que concedió Miguel
Ángel Herrera (a la misma autora), y que muesytra que a
veces las cosas no salen como quisiéramos.
Al
igual que todos los que conocieron a Miguel Ángel, guardo
un profundo respeto y admiración por todo lo que él
era y hacía. Decidí estudiar astronomía porque
hace diez años lo escuché en una conferencia. Es
la única persona que, sin ser mi familiar, aparece en los
agradecimientos de mis tesis de licenciatura y doctorado. Me inicié
en la investigación trabajando con él. Como divulgador
era mi ejemplo a seguir. ¿Qué decir de la alegría
que desbordaba en todo lo que hacía? Inspiradora, contagiosa.
Recibí la noticia de su fallecimiento, como todos, con
la incredulidad que nace de no querer enfrentar semejante pérdida.
Con este sentimiento envié al periódico Reforma
un breve recuento de algunas de las cosas que había hecho
Miguel Ángel. La nota inicial apareció en la versión
electrónica del diario. Al día siguiente, miércoles
31 de julio, se publicó una nueva nota en la versión
impresa de Reforma. Según los créditos yo soy la
coautora del artículo. La nota tenía dos secciones;
en la primera incluyeron parte de la información que yo
había enviado. De la segunda sección nace mi molestia.
Estuvo basada en la información distribuida por la agencia
Notimex, y por parecerme de mal gusto no voy a describirla. No
escribí esa nota y no la leí antes de ser publicada.
Me han dicho que el periodismo es efímero; yo diría
que mucho se les olvida a casi todos. Pero me preocupa
que una nota que apareció firmada con mi nombre quedara
precisamente en ese espacio que hay entre el mucho y el todo;
entre casi todos y todos. Nota que es además
mi "bautizo" periodístico, pues aunque he publicado
en otros medios, esta fue la primera vez que aparecí como
autora de un artículo en un periódico de circulación
nacional.
El recuento del currículum de un hombre y la descripción
detallada del suceso que nos llevó a perderlo no refleja
todo lo que ese hombre entregó y logró a lo largo
de su vida. Por supuesto, nada supera a la experiencia de haber
conocido personalmente a Miguel Ángel Herrera, pero nos
quedan sus escritos, los recuerdos y, a mí, la maravillosa
experiencia de haberlo entrevistado una semana antes de perderlo.
La entrevista es reproducida en este número especial. Nada
mejor para honrar su memoria que sus propias palabras.
Antígona Segura Peralta es maestra en astronomía,
doctora en ciencias de la tierra y divulgadora de la ciencia.
Comentarios:
antigona.s@lycos.com
Miguel
Ángel Herrera:
Jugando a descubrir el mundo
Antígona
Segura Peralta
Aunque no hay palabras que alcancen para describir a un ser humano,
podríamos empezar diciendo que Miguel Ángel Herrera
es, además de astrónomo, un melómano, experto
catador de vinos y genial practicante del arte del albur, uno
de sus pasatiempos favoritos. Desde hace treinta años es
investigador en el Instituto de Astronomía de la unam,
donde, además de realizar investigación, ha fundado
un coro que cada fin de año deleita los oídos de
sus colegas.
Su pasión por la ciencia comenzó cuando era un niño
devorador de libros de Emilio Salgari: "Leí todo Salgari.
Hay un libro que se llama Los náufragos de Liguria,
tenía como siete años cuando lo leí. Se trata
de un barco que naufraga y llegan sólo tres de sus tripulantes
a una isla y no tienen nada más que un cuchillo. Pero va
un señor que sabe botánica. La narración
describe cómo van consiguiendo todo: casa, comida, alimentos,
armas y hasta venenos para animales peligrosos, porque con un
pinchazo de un cuchillo no podían matarlos. Me impresionó
mucho que uno pudiera construir todo de la nada, sólo sabiendo.
Eso es lo que tengo muy grabado. De ahí me seguí
con Julio Verne, que también me gustó muchísimo
y me hizo apreciar más el valor del conocimiento real y
objetivo del mundo que nos rodea para resolver problemas y vivir
mejor. La ciencia es lo que nos permite vivir mejor, que es lo
que nos gusta, la comodidad más sabrosa; al menos es lo
que yo busco. Esas son las lecturas que me influyeron definitivamente:
Salgari y Julio Verne. Y todas son de niño, por eso yo
creo que uno de los problemas educativos que tenemos es que los
niños no leen, y menos aún los padres.
"Yo creo que a los niños debería enseñárseles
la ciencia, no como conocimientos, sino a través de sus
aplicaciones en la vida diaria; que realmente vean que viven rodeados
de ella y que nuestra vida sería incomprensible sin la
ciencia. Lo fascinante de los libros que yo leí es que
mostraban cómo la ciencia iba resolviendo problemas de
la vida diaria y cómo ampliaba las perspectivas de la gente.
Yo creo que un defecto de la enseñanza de la ciencia es
que la ponen fuera de contexto. En la clase de física vemos
física. 'Vamos a ver la fórmula: fuerza igual a
masa por aceleración; vamos a ver la polea...' Claro, eso
debe ser atractivísimo para los niños; el tornillo;
el plano inclinado De verdad, cosas maravillosas para atraerlos
a la ciencia y, además, fuera de todo contexto.
"Yo creo que si, en vez del plano inclinado, se dijera 'vamos
a construir las pirámides de Egipto y vamos a planear cómo
construirlas y fíjense cómo para subir una piedra
es mucho más fácil usar un plano inclinado', sería
mucho más interesante. El chiste de la enseñanza
de la ciencia es ver que es parte de nuestra vida. En cambio,
la aprendemos como algo totalmente diferente y aislado. Luego
viene la clase de química y la de matemáticas y
la de biología, que pareciera que tampoco tienen nada que
ver entre sí, y no es cierto: el mundo es uno. Esta integración
es lo que está faltando."
Estrellas
Aficionado a la química desde niño, Miguel Ángel
decidió cursar la licenciatura en esta ciencia; estaba
interesado en estudiar los átomos, que se habían
puesto de moda en los cincuenta. Un día antes del examen
de admisión a la unam se enteró de que quienes los
estudiaban eran los físicos, y no los químicos.
Cuando terminó la carrera de física, un libro en
italiano lo llevó a conocer la astronomía.
"Cuando acabé la carrera de física, de premio
me fui a Europa. Yo siempre he leído mucho, y durante el
viaje se me acabaron los libros. En la noche salí con un
amigo a caminar por las calles de Roma. Eran como las doce de
la noche y nos encontramos en una plaza una feria del libro llena
de gente. Empezamos a buscar un libro baratón y vi uno
que se llamaba Stelle, 'estrellas', en italiano. Era un
libro chiquito con muchas ilustraciones a colores. Me puse a leerlo
esa noche y me encantó. Me enteré de que había
enanas blancas y gigantes rojas, y que se juntaban en cúmulos
globulares. Era la astronomía clásica a nivel divulgación.
Cuando regresé a México después de ese viaje,
le platiqué a otro amigo y él me contó que
había gente en el Instituto de Astronomía que hacía
esas cosas. Fui a platicar con el doctor Poveda y me cambié
para allá."
Jugando a descubrir el mundo
"Mientras uno se divierte con lo que hace, se conserva esa
parte de niño; el día que uno termina de divertirse
y a considerarlo una chamba, significa que ya se le pasó
ese juego, porque en realidad uno está jugando a descubrir
el mundo, y eso es divertido. Cuando uno ya no se divierte, ya
no está jugando, y entonces ya no es niño Y pobrecito.
"Yo creo que a muchos les pasa: empieza la rutina, publicar,
estar en un grupo donde nadie más que ellos sabe lo que
están haciendo. Se vuelve algo sistemático y se
acaba siendo un oficinista de la ciencia. A esto nos está
llevando la manera en que se califica la ciencia hoy en día:
el número de citas, la productividad. Nos está obligando
a la burocratización de la ciencia. En los viejos tiempos,
la gente que hacía astronomía lo hacía por
placer, no importaba no sacar un artículo en cinco años
y los que salían eran muy buenos, porque iban al fondo
de un problema, cosa que no hacen los artículos de ahora.
Todos son un pedacito del problema, describen el tercer segmento
de la sexta pata de la mosca fulanita. No puede darse el lujo
de abordar los grandes problemas del universo, porque uno tiene
que producir continuamente.
"La ciencia se ha convertido en un empleo como cualquier
otro, en el que uno es medido en función de la productividad,
que se mide de la mejor manera que han encontrado. No puedo criticar
a los que han inventado esta forma de evaluar, porque es muy difícil
medir la creatividad. Una chamba creativa como la del científico
o la de un artista no es como la de un oficinista que atendió
a 56 personas en la ventanilla y se puede decir quién es
más eficiente. Menos en algo en lo que el futuro es el
que decide qué tan bueno era el trabajo.
"La falta de confianza en los intelectuales que tienen los
sistemas políticos nos ha llevado a convertir nuestras
actividades de diversión en trabajos de oficina, donde
uno tiene que publicar tantos artículos por año,
le pagan por hacerlo y uno busca la mejor manera de pasarlo. Nos
'desniñamos', perdemos el juego. Creo que desafortunadamente
no hay retorno. Pero el tiempo dirá."
Entrevista tomada de la revista Vagón Literario
No. 8, de octubre, 2002. Editorial Alfaguara Infantil.
Para
ver archivos PDF
necesitas Acrobat Reader

|
|