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Junio-julio 2002
[ Antígona Segura Peralta ]

Un bautizo y un funeral

Antígona Segura Peralta

La primera vez que uno publica casi siempre es motivo de júbilo. No es el caso de la autora de este texto, que presentamos como preludio a la última entrevista que concedió Miguel Ángel Herrera (a la misma autora), y que muesytra que a veces las cosas no salen como quisiéramos.

Al igual que todos los que conocieron a Miguel Ángel, guardo un profundo respeto y admiración por todo lo que él era y hacía. Decidí estudiar astronomía porque hace diez años lo escuché en una conferencia. Es la única persona que, sin ser mi familiar, aparece en los agradecimientos de mis tesis de licenciatura y doctorado. Me inicié en la investigación trabajando con él. Como divulgador era mi ejemplo a seguir. ¿Qué decir de la alegría que desbordaba en todo lo que hacía? Inspiradora, contagiosa.

Recibí la noticia de su fallecimiento, como todos, con la incredulidad que nace de no querer enfrentar semejante pérdida. Con este sentimiento envié al periódico Reforma un breve recuento de algunas de las cosas que había hecho Miguel Ángel. La nota inicial apareció en la versión electrónica del diario. Al día siguiente, miércoles 31 de julio, se publicó una nueva nota en la versión impresa de Reforma. Según los créditos yo soy la coautora del artículo. La nota tenía dos secciones; en la primera incluyeron parte de la información que yo había enviado. De la segunda sección nace mi molestia. Estuvo basada en la información distribuida por la agencia Notimex, y por parecerme de mal gusto no voy a describirla. No escribí esa nota y no la leí antes de ser publicada.

Me han dicho que el periodismo es efímero; yo diría que mucho se les olvida a casi todos. Pero me preocupa que una nota que apareció firmada con mi nombre quedara precisamente en ese espacio que hay entre el mucho y el todo; entre casi todos y todos. Nota que es además mi "bautizo" periodístico, pues aunque he publicado en otros medios, esta fue la primera vez que aparecí como autora de un artículo en un periódico de circulación nacional.

El recuento del currículum de un hombre y la descripción detallada del suceso que nos llevó a perderlo no refleja todo lo que ese hombre entregó y logró a lo largo de su vida. Por supuesto, nada supera a la experiencia de haber conocido personalmente a Miguel Ángel Herrera, pero nos quedan sus escritos, los recuerdos y, a mí, la maravillosa experiencia de haberlo entrevistado una semana antes de perderlo. La entrevista es reproducida en este número especial. Nada mejor para honrar su memoria que sus propias palabras.

Antígona Segura Peralta es maestra en astronomía, doctora en ciencias de la tierra y divulgadora de la ciencia.

Comentarios: antigona.s@lycos.com

Miguel Ángel Herrera:
Jugando a descubrir el mundo

Antígona Segura Peralta

Aunque no hay palabras que alcancen para describir a un ser humano, podríamos empezar diciendo que Miguel Ángel Herrera es, además de astrónomo, un melómano, experto catador de vinos y genial practicante del arte del albur, uno de sus pasatiempos favoritos. Desde hace treinta años es investigador en el Instituto de Astronomía de la unam, donde, además de realizar investigación, ha fundado un coro que cada fin de año deleita los oídos de sus colegas.

Su pasión por la ciencia comenzó cuando era un niño devorador de libros de Emilio Salgari: "Leí todo Salgari. Hay un libro que se llama Los náufragos de Liguria, tenía como siete años cuando lo leí. Se trata de un barco que naufraga y llegan sólo tres de sus tripulantes a una isla y no tienen nada más que un cuchillo. Pero va un señor que sabe botánica. La narración describe cómo van consiguiendo todo: casa, comida, alimentos, armas y hasta venenos para animales peligrosos, porque con un pinchazo de un cuchillo no podían matarlos. Me impresionó mucho que uno pudiera construir todo de la nada, sólo sabiendo. Eso es lo que tengo muy grabado. De ahí me seguí con Julio Verne, que también me gustó muchísimo y me hizo apreciar más el valor del conocimiento real y objetivo del mundo que nos rodea para resolver problemas y vivir mejor. La ciencia es lo que nos permite vivir mejor, que es lo que nos gusta, la comodidad más sabrosa; al menos es lo que yo busco. Esas son las lecturas que me influyeron definitivamente: Salgari y Julio Verne. Y todas son de niño, por eso yo creo que uno de los problemas educativos que tenemos es que los niños no leen, y menos aún los padres.

"Yo creo que a los niños debería enseñárseles la ciencia, no como conocimientos, sino a través de sus aplicaciones en la vida diaria; que realmente vean que viven rodeados de ella y que nuestra vida sería incomprensible sin la ciencia. Lo fascinante de los libros que yo leí es que mostraban cómo la ciencia iba resolviendo problemas de la vida diaria y cómo ampliaba las perspectivas de la gente. Yo creo que un defecto de la enseñanza de la ciencia es que la ponen fuera de contexto. En la clase de física vemos física. 'Vamos a ver la fórmula: fuerza igual a masa por aceleración; vamos a ver la polea...' Claro, eso debe ser atractivísimo para los niños; el tornillo; el plano inclinado De verdad, cosas maravillosas para atraerlos a la ciencia y, además, fuera de todo contexto.

"Yo creo que si, en vez del plano inclinado, se dijera 'vamos a construir las pirámides de Egipto y vamos a planear cómo construirlas y fíjense cómo para subir una piedra es mucho más fácil usar un plano inclinado', sería mucho más interesante. El chiste de la enseñanza de la ciencia es ver que es parte de nuestra vida. En cambio, la aprendemos como algo totalmente diferente y aislado. Luego viene la clase de química y la de matemáticas y la de biología, que pareciera que tampoco tienen nada que ver entre sí, y no es cierto: el mundo es uno. Esta integración es lo que está faltando."

Estrellas
Aficionado a la química desde niño, Miguel Ángel decidió cursar la licenciatura en esta ciencia; estaba interesado en estudiar los átomos, que se habían puesto de moda en los cincuenta. Un día antes del examen de admisión a la unam se enteró de que quienes los estudiaban eran los físicos, y no los químicos. Cuando terminó la carrera de física, un libro en italiano lo llevó a conocer la astronomía.

"Cuando acabé la carrera de física, de premio me fui a Europa. Yo siempre he leído mucho, y durante el viaje se me acabaron los libros. En la noche salí con un amigo a caminar por las calles de Roma. Eran como las doce de la noche y nos encontramos en una plaza una feria del libro llena de gente. Empezamos a buscar un libro baratón y vi uno que se llamaba Stelle, 'estrellas', en italiano. Era un libro chiquito con muchas ilustraciones a colores. Me puse a leerlo esa noche y me encantó. Me enteré de que había enanas blancas y gigantes rojas, y que se juntaban en cúmulos globulares. Era la astronomía clásica a nivel divulgación. Cuando regresé a México después de ese viaje, le platiqué a otro amigo y él me contó que había gente en el Instituto de Astronomía que hacía esas cosas. Fui a platicar con el doctor Poveda y me cambié para allá."

Jugando a descubrir el mundo
"Mientras uno se divierte con lo que hace, se conserva esa parte de niño; el día que uno termina de divertirse y a considerarlo una chamba, significa que ya se le pasó ese juego, porque en realidad uno está jugando a descubrir el mundo, y eso es divertido. Cuando uno ya no se divierte, ya no está jugando, y entonces ya no es niño Y pobrecito.

"Yo creo que a muchos les pasa: empieza la rutina, publicar, estar en un grupo donde nadie más que ellos sabe lo que están haciendo. Se vuelve algo sistemático y se acaba siendo un oficinista de la ciencia. A esto nos está llevando la manera en que se califica la ciencia hoy en día: el número de citas, la productividad. Nos está obligando a la burocratización de la ciencia. En los viejos tiempos, la gente que hacía astronomía lo hacía por placer, no importaba no sacar un artículo en cinco años y los que salían eran muy buenos, porque iban al fondo de un problema, cosa que no hacen los artículos de ahora. Todos son un pedacito del problema, describen el tercer segmento de la sexta pata de la mosca fulanita. No puede darse el lujo de abordar los grandes problemas del universo, porque uno tiene que producir continuamente.

"La ciencia se ha convertido en un empleo como cualquier otro, en el que uno es medido en función de la productividad, que se mide de la mejor manera que han encontrado. No puedo criticar a los que han inventado esta forma de evaluar, porque es muy difícil medir la creatividad. Una chamba creativa como la del científico o la de un artista no es como la de un oficinista que atendió a 56 personas en la ventanilla y se puede decir quién es más eficiente. Menos en algo en lo que el futuro es el que decide qué tan bueno era el trabajo.

"La falta de confianza en los intelectuales que tienen los sistemas políticos nos ha llevado a convertir nuestras actividades de diversión en trabajos de oficina, donde uno tiene que publicar tantos artículos por año, le pagan por hacerlo y uno busca la mejor manera de pasarlo. Nos 'desniñamos', perdemos el juego. Creo que desafortunadamente no hay retorno. Pero el tiempo dirá."

Entrevista tomada de la revista Vagón Literario No. 8, de octubre, 2002. Editorial Alfaguara Infantil.

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