Divulgar...¿por
qué y para qué?
Miguel
Ángel Herrera
Ésta es una edición especial de El muégano
divulgador, motivada por un acontecimiento triste pero con un
propósito gozoso.
El primero es la lamentable y lamentada (sin albur, como hubiera
dicho él) muerte de Miguel Ángel Herrera Andrade,
astrónomo, divulgador, amigo y director de vinculación
en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia
de la UNAM.
El propósito gozoso es recordar la personalidad de este
compañero y las características que lo hicieron
querido, respetado, apreciado y disfrutado por quienes estuvimos
a su alrededor. Añoramos su cultura, inteligencia y sentido
del humor; su memoria siempre nos hará sonreír con
el recuerdo de quien siempre aportó algo nuevo y bueno.
No hay duda: ha llegado el momento de la divulgación. Y
no me refiero sólo a la divulgación científica,
sino a La Divulgación, con mayúsculas y en general.
Cada día se hace más necesario que científicos
y humanistas compartan sus ideas, sus conocimientos y sus métodos.
Hace apenas 50 años, la responsabilidad de la formación
del individuo recaía, según el caso, prácticamente
por completo en dos o tres sólidos pilares. Los dos primeros,
comunes a todos, eran la familia y la escuela; el tercero, menos
general, la iglesia. Hoy día la experiencia nos muestra
que al menos los dos primeros están fallando lamentablemente
(carezco de experiencia directa respecto al tercero). Por supuesto
estoy hablando en general, y aprovecho para aclarar que todo lo
que diré aquí no sólo es en general, sino,
además, tan sólo mi muy humilde y conservadora opinión
de individuo con abundante "juventud acumulada".
Digo que la familia y la escuela están fallando porque,
para mí, la función primordial de ambas es formar
futuros ciudadanos, es decir, infundir en los niños las
bases más fundamentales del comportamiento social para
el bien común -honradez, respeto a los demás, sentido
de responsabilidad, gusto por hacer bien las cosas-, y no suministrarles
la mayor cantidad posible de conocimientos. La verdad es que yo
quedaría más que conforme con que todo egresado
de la primaria -es decir, todo niño de 12 o 13 años-
tuviera buenos hábitos de comportamiento, supiera leer
bien, escribir igual de bien y dominara la aritmética básica,
porque creo que eso lo dejaría debidamente preparado para
aprovechar los años de secundaria y preparatoria para,
entonces sí, recopilar conocimientos. Baso esta idea en
que, siempre en mi opinión, la lectura y la aritmética
son decisivas en el desarrollo del intelecto abstracto, es decir,
en el desarrollo de la capacidad de trabajar con ideas más
que con objetos, que es, a su vez, una de las capacidades que
nos diferencia de los demás animales.
Por desgracia, no es eso lo que veo a mi derredor. La mayor parte
de mis alumnos de la carrera de física son incapaces de
escribir un párrafo coherente, sin faltas de ortografía
y con una puntuación y una sintaxis decentes, y si se me
ocurre mencionarles alguna lectura más o menos clásica,
las conmovedoras miradas de interrogación que me dirigen
me revelan que no sólo no la han leído, sino que
jamás han oído hablar de ella ni tienen la menor
intención de leerla. De hecho, mi impresión es que
la lectura está dando sus últimas patadas de ahogado
y que va a acabar siendo como la leche de vaca: un recuerdo entre
los ancianos de algo muy sabroso que existió en el pasado,
pero que ya se extinguió. Y si la gente no lee, ¿cómo
va a escribir razonablemente bien?
Si a todo lo anterior le agregamos la pérdida general de
valores espirituales -el respeto a los demás, el sentido
de responsabilidad- en aras de la riqueza material y el consumismo
(que, por cierto, es muy sabroso, pero nos ciega cuando se convierte
en el fin único de nuestra existencia), es inevitable concluir
lo que mencioné al principio de este escrito: que la educación
está fallando y que ello nos está conduciendo a
una penosa decadencia inte-lectual, a una incultura generalizada.
Mi propósito al mencionar todo lo anterior no es sumarme
a la práctica del deporte nacional por excelencia quejarse
y criticar, ni exponer los problemas educativos del país
(¡se necesitaría un libro entero!), sino proponer
la solución que considero más viable y directa.
Como la escuela y la familia ya no bastan para inculcar la cultura
deseable en los futuros ciudadanos, es obvio que necesitan ayuda.
Y esa ayuda, como todos (los divulgadores) sabemos, puede proporcionarla
la divulgación. Con su colaboración es posible complementar
mucho de lo que ni escuela ni familia están logrando.
La divulgación tiene numerosas ventajas sobre la educación
formal: no es obligatoria, no se evalúa, no tiene horarios
preestablecidos, programas específicos ni condiciones limitantes:
se toma cuando, cuanto y donde se desee. Su misión no es
educar: es cultivar, formar ciudadanos cultos. ¿Para qué?
¿Acaso la cultura sirve para algo? Cuando alguien preguntó
al filósofo George Santayana para qué sirve la música,
él respondió, "para nada..., igual que la vida".
Y algo semejante podría preguntarse y responderse sobre
la cultura. Sin embargo, la realidad es que no sólo sí
sirve para algo, sino que sirve para mucho. La cultura nos diferencia
de los demás animales; sin ella regresaríamos a
las cavernas (algo que muchos creen que deberíamos hacer).
Nos provee de capacidad de juicio, nos permite elegir qué
vida deseamos vivir. Es, en resumen, una herramienta para vivir
mejor, más plenamente y más felices, para aprender
a disfrutar todo lo que nos ofrece el mundo que nos rodea; nos
proporciona elementos de juicio, puntos de referencia para saber
escoger el camino en cualquier momento, en cualquier encrucijada,
y disfrutar plenamente el recorrido a lo largo de dicho camino.
No pretendo afirmar que la cultura nos hace felices, honrados,
trabajadores y buenos ciudadanos, sino que nos da los elementos
para poder serlo. La elección es totalmente nuestra.
Hasta ahora he intentado justificar la necesidad de divulgar,
tanto las ciencias como las humanidades. Para concluir, quisiera
decir algo en particular sobre la necesidad de divulgar la ciencia.
Vivimos en un país subdesarrollado, es decir, en un país
que se ve obligado a exportar sus materias primas al precio que
le exijan por carecer de la tecnología requerida para elaborarlas,
y a importar la tecnología de la que carece a costos exorbitantes.
Lo malo y lo bueno de esta situación es que no puede durar
para siempre. El lado malo es que puede terminar porque ya no
nos quede nada que vender (materias primas), en cuyo caso ya no
habrá nada de qué preocuparse, porque el problema
no será nuestro, sino de nuestro nuevo amo. El lado bueno
es que esa no es la única forma en que puede terminar:
también terminará cuando tengamos una tecnología
desarrollada, competitiva; y eso sólo se logra a través
del conocimiento; en particular, del conocimiento científico.
Por algo los países desarrollados dedican un porcentaje
mucho mayor de su producto interno bruto a la formación
de investigadores científicos y a la investigación.
No es que sean "buenas gentes" que desean apoyar la
búsqueda de nuevos conocimientos por el placer de saber
más; es que han constatado que el saber ofrece la posibilidad
de control, no sólo sobre la naturaleza sino también
sobre los que no tienen ese conocimiento.
Desde luego esto no es ninguna novedad. ¿Por qué,
entonces, todo parece indicar que estamos escogiendo el lado malo
en vez del bueno? Desconozco la respuesta que, seguramente, depende
de muchísimos factores; pero estoy seguro de que uno de
ellos es el número tan reducido de investigadores que hay
en el país. Y eso no es lo peor: si seguimos como vamos,
dentro de pocos años habrá aún menos, pues
el ingreso a carreras científicas ha estado declinando
notablemente en los últimos años. Aquí la
divulgación de la ciencia puede desempeñar un papel
definitivo, no sólo como complemento formativo de la educación
formal, no sólo como generadora de cultura, sino, además,
como motivadora, mostrando a niños, jóvenes y adultos
las maravillas de las ciencias, su atractivo como profesión
y las satisfacciones que proporciona una vida dedicada a ellas.
Estoy convencido de que divulgar la ciencia es fundamental para
informar, motivar y acabar con estos mitos y de que, por tanto,
urge implementar una intensa campaña de divulgación
de la ciencia a todos los niveles para evitar el seguir atrasándonos
cada vez más respecto a los países desarrollados.
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