Mi
cuate Miguel Ángel:
Miguel Ángel Herrera es parte de nuestra cultura
Rolando
Ísita Tornell
Con el debido respeto, para Leonardo, Pilar y toda la banda
Fue un torpedo que pegó por debajo de la línea de
flotación. Inmediatamente los ojos hicieron agua inconteniblemente.
El barco no se va a hundir, pero hay un enorme hueco en el casco.
No he perdido la serenidad, ni mi alma sangra. Éste es
otro tipo de quebranto. Esta vez fue inmediato estar consciente
de lo que perdí irremediablemente. El ensimismamiento fue
súbito. No, ya no estará más por las tardes
calurosas, ni tibias, airosas o frías dispuesto a darse,
compartirse a la menor provocación. Éste es el caso
de una persona cuya inteligencia es una manera de ser y no una
postura. Te mira y dice exactamente lo que te dice; tiene la velocidad
para incorporar a su discurso una metáfora graciosa para
ilustrarlo y esperar el tiempo suficiente para que su interlocutor
asimile la puntada, en medio de una explicación de los
fenómenos cósmicos; la del prestidigitador (dedos
prestos, no mago) de los modelos matemáticos para cazar
supernovas.
Charlar con Miguel Ángel es aprender con él a estar
muy vivos con el lenguaje que se usa o el riesgo de que su prosapia
alburera propine una fatal estocada; también es notar que
él espera tras su sonrisa, cómplice de sus travesuras,
a que al interlocutor le quede claro que ha sido mortalmente albureado.
Hablar con él de lo que es su manera de percibir el mundo,
la astronomía, se torna en conversación iluminada
por una fogata. Miguel Ángel Herrera es un cuate (perdón
por usar el presente, aún no me hago a la idea de que ya
no gozaré más a mi cuate).
Cuates son los que te convidan sus juguetes favoritos y te animan
a que no dudes en acometer aventuras, siempre y cuando el objetivo
valga la pena; que si la riegas, te lo dicen como lo hacen los
cuates: "la regaste gacho". He hecho muchísimos
viajes al cosmos con algunos de los juguetes astronómicos
de internet que él me pasaba, como cuando los cuates comparten
las estampitas del álbum que tú no tienes: cartas
celestes, movimientos previsibles de los astros, imágenes
del sol de ayer mismo.
Yo decía "toc-toc" a la puerta de su oficina
y él respondía "adelante". ¡Cámara
con las imágenes de la pantalla de su Mac! Sin despegar
la mirada de la pantalla, Miguel Ángel comenzaba a transmitir
su entusiasmo. Una conjunción planetaria próxima,
la luna va a tener tal posición entre la tierra y el sol,
que por su lado oscuro tendrá tonalidad azul-violeta. ¿Cómo,
si en el vacío del espacio no hay más que luz u
oscuridad? Entonces iniciaba una sencilla y amena explicación
del acertijo, aderezada con algún chistecillo o albur.
La luna estará en un ángulo que la hará recibir
el reflejo de la luz solar por el mar terrestre, iluminando por
esta razón el lado oscuro de la luna (lástima
que no le gustara Pink Floyd).
De igual manera me compartió chismes del mundillo de la
astronomía, porque sabía que haría buen uso
de ellos, no hacía falta que lo dijera, pero su trompabulario
diría "órale güey, a ver qué haces
con eso". Miguel Ángel me ofrendó su confianza
desde un principio, cuando lo conocí hace un par de décadas.
Me lo vendió Pilar Contreras, la directora del Museo de
la Luz, convencida de ser la presidenta del club de fans de Miguel
Ángel Herrera por derechos históricos. La verdad
es que Miguel Ángel se vende sólo. Imagínense
a un rockanrolero que se viste como roquero, que habla como roquero.
Su rolas son sobre el espacio sideral y todo lo que hay en él,
y hasta lo que no se sabe si hay; un roquero con imagen corporativa:
camisas de cuadros, camisetas que hablan y dicen algo (hasta sonatas
de Beethoven); pantalones vaqueros, o jeans, como lo quieran
ver; no es un melenudo pero son espaciadas sus visitas al peluquero;
mocasines imprescindibles.
A los cuates los conoces en el rockanrol, o es difícil
tenerlos en otros territorios. Con los cuates se pasa "la
bacha", "la tella" o "la lira". Miguel
Ángel compartió conmigo las dos últimas:
la tella, eso sí, de aromático y fino vino, y la
guitarra. El clasicismo musical declarado de Miguel Ángel
era una cobertura institucional, porque con la guitarra no eran
ninguno de los clasificados Köchel a los que se interpretaba
con él en alguna tertulia (a no ser que Miguel Ángel
ya hubiera hecho la clasificación Köchel de las obras
de Chava Flores), y por mi parte el rock, ese enorme cajón
de sastre. Por estos días, antes de su partida, yo ya estaba
situado en la planeación de algún numerito para
fin de año. Quería yo cantar con mi guitarra algunas
rolas y denunciar públicamente que atrás de la música
clásica ortodoxa pregonada como única por Miguel
Ángel, se hallaba una coartada que encubre a un auténtico
roquero, aunque no le gustara la música rock. Miguel Ángel
es una actitud ante la vida, no sólo una manera de interpretarla,
y eso también es ser rockanrolero. Para ese día
de fin de año, a él le dedicaría una rola,
un rockanrol, probablemente de John Lennon. Ya no se lo puede
decir: Miguel Ángel, no lo puedes evitar; ya no te escondas
en el clóset, admite que eres un roquero de corazón
al que sólo le faltaron los Stones.
Una luz en el neo-oscurantismo. Cuando nos sometieron a un feudo
medieval autárquico, a Miguel Ángel lo percibí
como nuestro William Wallace, blandiendo un telescopio modelo
Galileo y peleando por la independencia de Escocia, pero en el
siglo XXI y en México. En vez de echar camorra, no sólo
nos conminó a dejar los tambores de la guerra justa y el
derecho a la autodefensa; nos encabezó, mejor, para coger
nuestros triques e irnos a otras fiestas: al Estado de México,
a Guerrero, a Cancún, a Morelos, a Panamá, a cantar
rolas de ciencia por algún frente del espacio por donde
se propagan ondas electromagnéticas. Nos quedamos en el
capítulo donde, según sus planes comenzaríamos
la invasión nacional amistosa que emana de la divulgación
de la ciencia. A este duende del espacio, el de los juguetes siderales,
le habría encantado que lo lográramos: ojalá
no le quedemos mal.
Finalmente me gustaría poder decir públicamente
que no hagan caso de la prensa amarillista, que sé de buena
fuente que a Miguel Ángel Herrera le pegó un asteroide
invisible para los telescopios, por querer él observarlo
hasta el momento de su impacto con la tierra. No cambiaría
nada el funesto resultado, sólo que quizá decaería
aunque fuera un poquito la magnitud de tan doloroso vacío
como siento ahora, cuando ya no podré ir por las tardes
a jugar a que volamos por el cielo con mi cuate, ese que postuló
la existencia de los "chismeones", una suerte de paquetes
simbólicos cuánticos que cimbraron el paradigma
de la comunicación social (y del albur).
Rolando Ísita Tornell es doctor en ciencias de la comunicación,
divulgador científico y jefe del departamento de radio
de la DGDC-UNAM
Comentarios:
rtornell@universum.unam.mx
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