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Junio-julio 2002
[ Rolando Ísita ]

Mi cuate Miguel Ángel:
Miguel Ángel Herrera es parte de nuestra cultura

Rolando Ísita Tornell

Con el debido respeto, para Leonardo, Pilar y toda la banda

Fue un torpedo que pegó por debajo de la línea de flotación. Inmediatamente los ojos hicieron agua inconteniblemente. El barco no se va a hundir, pero hay un enorme hueco en el casco. No he perdido la serenidad, ni mi alma sangra. Éste es otro tipo de quebranto. Esta vez fue inmediato estar consciente de lo que perdí irremediablemente. El ensimismamiento fue súbito. No, ya no estará más por las tardes calurosas, ni tibias, airosas o frías dispuesto a darse, compartirse a la menor provocación. Éste es el caso de una persona cuya inteligencia es una manera de ser y no una postura. Te mira y dice exactamente lo que te dice; tiene la velocidad para incorporar a su discurso una metáfora graciosa para ilustrarlo y esperar el tiempo suficiente para que su interlocutor asimile la puntada, en medio de una explicación de los fenómenos cósmicos; la del prestidigitador (dedos prestos, no mago) de los modelos matemáticos para cazar supernovas.

Charlar con Miguel Ángel es aprender con él a estar muy vivos con el lenguaje que se usa o el riesgo de que su prosapia alburera propine una fatal estocada; también es notar que él espera tras su sonrisa, cómplice de sus travesuras, a que al interlocutor le quede claro que ha sido mortalmente albureado. Hablar con él de lo que es su manera de percibir el mundo, la astronomía, se torna en conversación iluminada por una fogata. Miguel Ángel Herrera es un cuate (perdón por usar el presente, aún no me hago a la idea de que ya no gozaré más a mi cuate).

Cuates son los que te convidan sus juguetes favoritos y te animan a que no dudes en acometer aventuras, siempre y cuando el objetivo valga la pena; que si la riegas, te lo dicen como lo hacen los cuates: "la regaste gacho". He hecho muchísimos viajes al cosmos con algunos de los juguetes astronómicos de internet que él me pasaba, como cuando los cuates comparten las estampitas del álbum que tú no tienes: cartas celestes, movimientos previsibles de los astros, imágenes del sol de ayer mismo.

Yo decía "toc-toc" a la puerta de su oficina y él respondía "adelante". ¡Cámara con las imágenes de la pantalla de su Mac! Sin despegar la mirada de la pantalla, Miguel Ángel comenzaba a transmitir su entusiasmo. Una conjunción planetaria próxima, la luna va a tener tal posición entre la tierra y el sol, que por su lado oscuro tendrá tonalidad azul-violeta. ¿Cómo, si en el vacío del espacio no hay más que luz u oscuridad? Entonces iniciaba una sencilla y amena explicación del acertijo, aderezada con algún chistecillo o albur. La luna estará en un ángulo que la hará recibir el reflejo de la luz solar por el mar terrestre, iluminando por esta razón el lado oscuro de la luna (lástima que no le gustara Pink Floyd).

De igual manera me compartió chismes del mundillo de la astronomía, porque sabía que haría buen uso de ellos, no hacía falta que lo dijera, pero su trompabulario diría "órale güey, a ver qué haces con eso". Miguel Ángel me ofrendó su confianza desde un principio, cuando lo conocí hace un par de décadas. Me lo vendió Pilar Contreras, la directora del Museo de la Luz, convencida de ser la presidenta del club de fans de Miguel Ángel Herrera por derechos históricos. La verdad es que Miguel Ángel se vende sólo. Imagínense a un rockanrolero que se viste como roquero, que habla como roquero. Su rolas son sobre el espacio sideral y todo lo que hay en él, y hasta lo que no se sabe si hay; un roquero con imagen corporativa: camisas de cuadros, camisetas que hablan y dicen algo (hasta sonatas de Beethoven); pantalones vaqueros, o jeans, como lo quieran ver; no es un melenudo pero son espaciadas sus visitas al peluquero; mocasines imprescindibles.

A los cuates los conoces en el rockanrol, o es difícil tenerlos en otros territorios. Con los cuates se pasa "la bacha", "la tella" o "la lira". Miguel Ángel compartió conmigo las dos últimas: la tella, eso sí, de aromático y fino vino, y la guitarra. El clasicismo musical declarado de Miguel Ángel era una cobertura institucional, porque con la guitarra no eran ninguno de los clasificados Köchel a los que se interpretaba con él en alguna tertulia (a no ser que Miguel Ángel ya hubiera hecho la clasificación Köchel de las obras de Chava Flores), y por mi parte el rock, ese enorme cajón de sastre. Por estos días, antes de su partida, yo ya estaba situado en la planeación de algún numerito para fin de año. Quería yo cantar con mi guitarra algunas rolas y denunciar públicamente que atrás de la música clásica ortodoxa pregonada como única por Miguel Ángel, se hallaba una coartada que encubre a un auténtico roquero, aunque no le gustara la música rock. Miguel Ángel es una actitud ante la vida, no sólo una manera de interpretarla, y eso también es ser rockanrolero. Para ese día de fin de año, a él le dedicaría una rola, un rockanrol, probablemente de John Lennon. Ya no se lo puede decir: Miguel Ángel, no lo puedes evitar; ya no te escondas en el clóset, admite que eres un roquero de corazón al que sólo le faltaron los Stones.

Una luz en el neo-oscurantismo. Cuando nos sometieron a un feudo medieval autárquico, a Miguel Ángel lo percibí como nuestro William Wallace, blandiendo un telescopio modelo Galileo y peleando por la independencia de Escocia, pero en el siglo XXI y en México. En vez de echar camorra, no sólo nos conminó a dejar los tambores de la guerra justa y el derecho a la autodefensa; nos encabezó, mejor, para coger nuestros triques e irnos a otras fiestas: al Estado de México, a Guerrero, a Cancún, a Morelos, a Panamá, a cantar rolas de ciencia por algún frente del espacio por donde se propagan ondas electromagnéticas. Nos quedamos en el capítulo donde, según sus planes comenzaríamos la invasión nacional amistosa que emana de la divulgación de la ciencia. A este duende del espacio, el de los juguetes siderales, le habría encantado que lo lográramos: ojalá no le quedemos mal.

Finalmente me gustaría poder decir públicamente que no hagan caso de la prensa amarillista, que sé de buena fuente que a Miguel Ángel Herrera le pegó un asteroide invisible para los telescopios, por querer él observarlo hasta el momento de su impacto con la tierra. No cambiaría nada el funesto resultado, sólo que quizá decaería aunque fuera un poquito la magnitud de tan doloroso vacío como siento ahora, cuando ya no podré ir por las tardes a jugar a que volamos por el cielo con mi cuate, ese que postuló la existencia de los "chismeones", una suerte de paquetes simbólicos cuánticos que cimbraron el paradigma de la comunicación social (y del albur).

Rolando Ísita Tornell es doctor en ciencias de la comunicación, divulgador científico y jefe del departamento de radio de la DGDC-UNAM

Comentarios: rtornell@universum.unam.mx

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