Un
testimonio de su presencia
Horacio
García Fernández
¿Murió?... Sólo sabemos
que se nos fue por una senda clara,
diciéndonos: Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Antonio Machado, 1915
Cómo lo conocí
Cuando decidí dedicar mi vida a la educación, lo
hice plenamente convencido de ser ese el mejor campo de desarrollo
de mis aptitudes y de satisfacción a mi necesidad personal
de trascender de manera positiva en otras vidas, todo lo cual
se dirigía a incidir en la transformación de nuestro
país en otro más justo y equitativo.
Mis primeras clases las di en el Colegio Madrid a estudiantes
cuyos padres, en su mayoría y como los míos, habían
perdido una guerra civil en la que lucharon por ideales de justicia
y libertad.
El enfoque, para mí social y humano, que daba a mis clases
de química, chocó con el sentido de lo que deberían
ser para uno de los directivos, y después de cuatro años
de muy estimulante labor, decidí renunciar y, en 1960,
aceptar la oferta de trabajo que me hacía desde el año
anterior el profesor Vicente Carrión Fos, director de la
Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México.
Llegué a mi nuevo trabajo cargando todos los prejuicios
del mundo contra los que iban a ser mis alumnos, a los que imaginaba
"niños bien", ajenos a los grandes intereses
humanos y sociales y a las necesidades del país.
Me encargaría, según me dijo Vicente Carrión,
de dar física y química al grupo de segundo de preparatoria,
la primera generación de quienes iban a ser egresados de
ese nivel de la escuela.
Esos estudiantes me dieron una lección, gracias a la cual
mis prejuicios se fueron a la basura.
Resultaron, inteligentes, sensibles, comprometidos al igual que
yo con los problemas sociales, y particularmente brillantes por
su capacidad para analizar, discutir y aprender.
Entre ellos se encontraban verdaderas potencias intelectuales
que han destacado posteriormente, como Manuel Berrondo, Araceli
Reyes, Jorge Campillo y otros que sería cansado nombrar
aquí. Pero, entre todos ellos, muy pronto llamó
mi atención uno: Miguel Ángel Herrera.
Tendría entonces no más de 17 años; escuchaba
atentamente y tomaba unas cuantas notas durante la clase. Cuando
al día siguiente de una de esas clases preguntaba yo lo
visto anteriormente, él siempre lo había entendido
y aprendido.
La escala de calificaciones le quedaba chica. El 10 no reflejaba
el alcance de su aprendizaje.
Yo había tenido excelentes alumnos en el Colegio Madrid
y el Instituto Luis vives, y los tenía en ese mi primer
grupo de la Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de
México, pero una de las cosas que más me gustaron
de Miguel Ángel fue ver la poca importancia que daba a
sus calificaciones. Estudiaba y aprendía con gusto, pero
esa era de las muchas cosas que disfrutaba en su vida. Siempre
de buen humor -con un sentido muy elegante y profundo del humor-
aprovechaba todas las oportunidades que se le presentaban para
reír y hacer reír a los que lo rodeaban. Le gustaba
leer y había leído mucho; gozaba con la música
como pocos, disfrutaba de la pintura y escultura, pero también
se interesaba en la historia y, por supuesto en los deportes,
particularmente el futbol y el beisbol. Era un fino alburero,
pero soltaba sus albures (de los que era víctima preferida
una de sus compañeras de clase, Liszle, pero también
otro compañero, Jaled) con una seriedad de humorista inglés
de máximo nivel.
Tenía raíces en lo mexicano, y con el tiempo estas
raíces crecieron dándole un piso firme de sustentación,
pero su sensibilidad, inteligencia y capacidad se dirigían
a captar, comprender, y gozar todo el universo de la creatividad
humana.
Su grupo era tan pequeño que con frecuencia podíamos
trasladar la discusión de un tema interesante de la clase
a una cafetería Larín cercana a la escuela.
Y no faltaba nadie a esas sesiones, donde no teníamos la
amenaza del timbre escolar marcándonos el fin de la hora
designada a la asignatura.
En ese gratísimo contacto con el grupo, Miguel Ángel
destacaba mostrándose como un personaje digno del renacimiento
pero sorprendentemente moderno.
Como estudiante, fue para mí un estímulo permanente;
fortaleció mi compromiso con la educación y me permitió
disfrutar de ese regalo maravilloso que la profesión de
maestro da como ninguna: el descubrir en nuestros grupos personas
de una calidad humana admirable cuyas cualidades y trato nos enriquecen;
descubrir que ellos justifican de sobra cuantos desvelos, preocupaciones,
disgustos y esperanzas se hayan tenido pensando en contribuir
a su desarrollo personal.
Y descubrir, gracias a estudiantes como Miguel Ángel, que
todo pesimismo respecto a la naturaleza humana puede, y debe,
ser superado.
El humor
Qué clase de cabaret es éste?....
¿No van a invitar ni un mugroso café?
M. Á. Herrera
Todos los que lo tratamos gozamos de su sentido del humor, que
tenía antecedentes inmediatos. Dicen que "hijo de
tigre... pintito". Los padres de Miguel Ángel, la
maestra Victoria Andrade y el maestro don Luis Herrera de la Fuente,
han mostrado siempre ser finos cultivadores del humor, en beneficio
de quienes hemos tenido la fortuna de conocerlos y tratarlos.
A ella la conocí como colega en la mencionada Escuela de
la Ciudad de México. Daba geografía, y en ocasiones
apoyaba sus clases con transparencias. La oscuridad del salón
propiciaba que algún estudiante se adormilara, pero Victoria
tenía un recurso muy propio para impedirlo: de vez en cuando
intercalaba entre las transparencias una de alguna belleza en
traje de baño o una vedette en paños menores. El
efecto era sensacional: los estudiantes descubrían que
adormilarse era un mal negocio y a partir de la primera sorpresa
estaban más que despiertos y atentos a las que seguían.
Siempre pensé, desde que me lo contó, que la geografía
humana, así, de cerca, podía ser particularmente
interesante y que a cualquiera de nosotros, los varones, nos hubiera
gustado que Victoria fuera nuestra maestra en la secundaria.
Del humor de Miguel Ángel les hablarán las siguientes
anécdotas:
Habíamos tratado el tema de la energía y el trabajo
eléctrico, y ahora tocaba a uno de los estudiantes dar
una clase o conferencia relacionada con él.
Miguel se ofreció a desarrollarla.
Durante una hora se decidió a presentar, brillantemente,
cómo se medía el consumo en los hogares y de dónde
salía el costo que le significaba al consumidor. Para terminar,
extendió el cálculo a los kilowatts/hora que representaban
el trabajo realizado por las neuronas de un profesor a lo largo
de una hora de clase, y a aplicar al mismo la tarifa de la compañía
de luz. "¿Se dan cuenta de que lo que el maestro gana
por hora de clase es mil veces superior a lo que cobra la compañía?
¿Por qué se quejan tanto los maestros de lo mal
pagados que están?". Imagínenselo diciendo
esto sin dejar de sonreír maliciosamente mientras me miraba.
En 1965, Miguel Ángel se incorporó al grupo académico
de la Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México
como maestro de física, asignatura a la que yo renuncié
con alivio para dejarla en sus manos, mientras me concentraba
en los cursos de química.
Pasó el primer mes de clases, se hicieron los exámenes
correspondientes y Miguel Ángel se dispuso a dar a conocer
los resultados en su grupo.
"Fulano, 1; mengano, 3..." dijo, empezando a leer las
calificaciones, ante un silencio sepulcral del grupo. Y continuó:
Perengano, 3.5", y siguió leyendo calificaciones,
hasta llegar al caso de un alumno, "Zutano, 6". En ese
momento se relajó el grupo, soltando el aire para felicitar
al alegre Zutano, seguros de que lo peor había quedado
atrás. Miguel Ángel los dejó liberar su tensión
y continuó, siempre entre muestras de gran contento de
los estudiantes: "Pérez, 6.5; Rodríguez, 7;
Poplawsky, 8". Las demostraciones de admiración hacia
el alumno o alumna a quienes correspondió el 9, 9.6, y
10 alcanzaron su cúspide. Todo era sonrisas y demostraciones
de afecto entre aquellos que aún no oían su calificación.
Pero Miguel Ángel, imperturbable, continuó: "Fulanito,
11" (nuevo silencio mortal entre el grupo, seriamente confundido);
"Perenganito, 13.5; Zutanito, 16; Menganito, 23". A
estas alturas el totalmente desmoralizado, pero inteligente grupo,
comprendió que la escala elegida por su maestro ¡no
iba de 0 a 10, sino de 0 a 100!
Los estudiantes asumieron la lección y a partir de entonces,
quienes no lo hacían, se preocuparon por estudiar lo suficiente
para no volver a pasar por la misma experiencia.
Humor cáustico, el de Miguel Ángel, pero sin duda
más efectivo que la tradicional regañada con que
muchos profesores, o jefes, tratan de corregir el rumbo de los
malos resultados de aprendizaje o de trabajo en sus grupos, o
en equipos a los que tratan de coordinar profesionalmente.
Un excelente amigo y compañero
Con el tú de mi canción
no te aludo, compañero;
ese tú soy yo.
Antonio Machado, 1915
Miguel Ángel ya era un amigo cuando terminó su bachillerato
y pasó a la Facultad de Ciencias de la unam para estudiar
física.
Era recibido con alegría cuando llegaba a nuestra casa.
Maxi siempre tuvo una excelente y paciente disposición
para todos aquellos jóvenes que se sentían a gusto
visitándonos para charlar de cuanto les interesaba, saboreando
un café y galletas, libres del ambiente escolar.
Miguel, como lo acostumbraba Francisco Cobos, exalumno del Colegio
Madrid que para entonces era ya un amigo, se hizo pronto asiduo
visitante y los lazos originados en la escuela se fueron transformando
en lazos de amistad, que nunca se rompieron. Por el contrario,
se fueron fortaleciendo.
Incorporado al personal docente, compartimos preocupaciones comunes
respecto a cómo lograr mejores resultados académicos.
Nos pusimos de acuerdo: los principios básicos de física
necesarios para entender la química quedaban en sus manos
y yo los usaba en mi clase de la misma manera, con lo que logramos
una interacción horizontal entre las dos asignaturas que
resultó útil a los estudiantes.
Hacia 1964 llegaron a México los primeros discos de estudiantinas
españolas y un grupo de alumnos de tercero de secundaria,
reunidos en casa, me propusieron hacer una estudiantina en la
escuela. Esa tarde decidimos crearla cuando ellos estuvieran en
preparatoria.
Miguel Ángel compartió conmigo la dirección
de la estudiantina y tuvo tanto éxito entre los estudiantes
con sus presentaciones y serenatas, que las muchachas de preparatoria
se sintieron animadas y argumentando que éramos unos machistas,
se dirigieron, primero a Miguel Ángel y luego a mí
para exigirnos, porque fue más que pedirnos lo que hizo
aquel grupo, donde por cierto estaba Pilar Contreras, que formáramos
una estudiantina femenina.
La trova, que así se llamó el grupo femenino,
dispuso de un uniforme inspirado en una ilustración de
un trovador medieval que adornaba una pared de la casa de la directora
de la secundaria, maestra Takahashi, que garantizaba su éxito
en las presentaciones debido a la casaca, que cubría lo
que una minifalda de la época, y a las mallas negras que
la acompañaban. Fue un grupo que hizo furor en cuanta presentación
tuvieron, a la par que provocaba la envidia de otros grupos femeninos,
francamente conservadores en su reprimida vestimenta, como el
del Instituto Mercedes, dirigido por religiosas.
Una tarde-noche, inspirados, nos aventamos una canción
aportando Miguel la música y yo la letra. Siempre nos extrañó
que Aquí está la estudiantina, que así
se llama la excelentísima pieza, no figurara en todas las
antologías del género.
También se sumó Miguel Ángel, al igual que
Francisco Cobos, que había entrado a dar clases en la escuela
el mismo año que lo hizo Miguel, al programa de excursiones
escolares, que organizábamos para los maestros de todos
los niveles escolares.
Cuando en 1965 se incorporó Tomás Bilbao a la planta
docente del área de ciencias, completamos un cuarteto de
amigos que, además de compartir opiniones sobre los cursos
y estudiantes, se hallaba siempre presente en todas las actividades
que me correspondía coordinar.
En la primera excursión, una de las mejores maestras de
la primaria quitó el hipo a todos los maestros solteros
(Andrés Roa, Paco Cobos y Miguel Ángel, particularmente,
porque Tomás tenía, no sé si una o varias
novias por aquel entonces).
Finalmente, quien se casó con la maestra Carmen Salinas
fue Miguel.
Aficionados, como éramos los del cuarteto, formamos en
la misma época un grupo de teatro al que se incorporaron
maestros y padres de familia. Se llamó Guelaguetza,
que significa amistad, y nos divertimos mucho actuando, dirigiendo,
haciendo las escenografías y todo lo necesario para montar
y presentar una obra.
Miguel Ángel destacaba por su facilidad de actuación
y el sentido humorístico que daba a sus papeles. A su lado,
si los ensayos resultaban divertidos, la puesta en escena lo era
mucho más.
Como maestro, supo innovar buscando, por una parte, que sus alumnos
sintieran la física antes de utilizar la matemática
como herramienta para resolver los problemas que su estudio plantea
y, por otra, que el uso del programa respondiera a despertar inquietud
y gusto por aprender la asignatura. Para él, el programa
era un medio, no un fin en sí mismo.
Exigente pero al mismo tiempo comprensivo, Miguel Ángel
no dudaba en pasar un buen rato con su grupo cuando sentía
que el ambiente no era propicio para dar la clase. Muchas de sus
alumnas, entre ellas Minerva Lasos, mi esposa, y sus amigas, Sandra
Sarmina y Emma Roth, lo recuerdan con cariño, sentado en
la mesa, cantando canciones de Chava Flores, acompañándose
con la guitarra. Una de sus predilectas era Ingrata pérjida,
canción que cantábamos a coro en las excursiones.
El cuarteto de maestros de ciencias de la escuela se hizo quinteto,
al incorporarse Silvestre Cárdenas a dar clase de cálculo.
Pasó el tiempo, dejaron la escuela, pero su cuarteto siguió
siempre comunicado. Se hicieron grandes jugadores de jai-alai,
formaron otro quinteto incorporando a Enrique Daltabuit, constituyeron
un club de gastrónomos. De sus experiencias en el nuevo
quinteto, ya hablarán otros.
Miguel Ángel, divulgador de la ciencia
¿De qué tamaño es el Hombre
comparado al Universo?
Del tamaño de una arena, de un leve soplo de viento,
Del tamaño de su historia, del tamaño de su tiempo.
¿De qué tamaño es el Hombre
comparado con su tiempo,
comparado con la arena, comparado con el viento?
Del tamaño de su mente, donde cabe el Universo.
Gonzalo Chanocua, 1993
Miguel Ángel es para mí un claro ejemplo de lo que
debería ser todo universitario. La palabra universo
es producto de la conjunción de otras dos: único
y diverso. Universidad es otra palabra derivada de dos:
unidad y diversidad. ¿Qué significa ser universitario?
En principio es aquel individuo capaz de integrar, en unidad,
la diversidad del conocimiento y la cultura.
Esto (que los grupos de empresarios que hoy dominan el mundo,
representados y dirigidos por los organismos como el FMI, el BM,
la OMC y la OCDE, desprecian, a causa de su profunda ignorancia
y sus muchas lagunas culturales, y tratan de cambiar por la visión
de mercaderes explotadores que tienen) constituye lo que debería
ser aspiración de toda persona culta, particularmente si
se trata de un universitario.
Miguel Ángel lo era en todo el significado de la palabra.
Me dio muchísima alegría encontrarme con él,
a principios de los noventa compartiendo otro interés:
el de la divulgación de la ciencia.
Desde el Instituto de Astronomía, haciendo equipo con Julieta
Fierro, empezaron pronto a escribir libros dirigidos a lectores
infantiles, y después a impartir conferencias por toda
la república, actividad en la que Miguel se distinguió
notablemente, tanto por la calidad como por la cantidad de las
presentaciones que hizo. Se preocupó y destacó igualmente
en programas de TV y radio, enfrentándose a quienes viven
del cuento de la astrología y estimulan el pensamiento
mágico totalmente fuera del contexto cultural que lo justifica
en grupos étnicos marginados socialmente.
Aunque se defendían como gatos panza arriba, frente a Miguel
los astrólogos exhibían la pobreza de sus argumentos
y de su preparación personal.
Era muy capaz de valorar el trabajo de otros divulgadores. En
el año 2000 le propuse presentar su candidatura al Premio
Nacional de Divulgación de la Ciencia y la Técnica.
Después de dudar, aceptó que lo hiciera.
Dos días más tarde me habló para pedirme
que desistiera porque se había presentado la candidatura
de José de la Herrán. "Contra José"
me dijo "no quiero competir. Creo que él se lo merece
mucho más que yo."
Cuento esto con la esperanza de que mi querido amigo José
de la Herrán lo oiga. Seguramente se conmoverá al
enterarse de cuánto lo admiraba y respetaba Miguel Ángel.
Todos los libros que escribió son excelentes y deberían
formar parte de cualquier biblioteca escolar o particular. Me
queda el recuerdo grato de haberle hablado por teléfono
para felicitarlo por su claridad y amenidad.
De su trabajo en la Dirección General de Divulgación
de la Ciencia de la unam ya se ha hablado, y comparto con varios
otros la seguridad de que su persona es insustituible. Nadie podrá
reemplazarlo y ésta es una verdad que convendría
ser asumida por todos quienes aquí trabajan, de manera
que a quien llegue a ocupar su cargo no se le pida lo imposible,
ni se le someta a absurdas comparaciones.
Una última reflexión y una propuesta
En el número 4 de El muégano divulgador,
Miguel Ángel publicó un artículo que lo retrata
de cuerpo entero: La quinta interacción.
Se trata de un artículo que desde mi punto de vista debería
estar en cualquier antología de textos de divulgación.
Un artículo en el que, con un humor inigualable, Miguel
critica un fenómeno particularmente dañino en las
relaciones humanas, se trate o no de grupos supuestos de compañeros
de trabajo.
Miguel Ángel encontró una partícula que viaja
a mayor velocidad de la luz, el chismeón, y en el
escrito describe sus propiedades, aprovechando la ocasión
para repasar magistralmente varios conceptos fundamentales de
la física cuántica. Un descubrimiento como ése
justificaría dar a su autor un premio Nobel, como Miguel
sugiere.
Creo que es un artículo tan importante que convendría
difundirlo extensamente en el público mexicano y extranjero,
llevarlo a congresos y distribuir copias entre los asistentes;
llevarlo a las escuelas y trabajar con los estudiantes y maestros
en su análisis, repartirlo a todo visitante adulto y joven
que llegue a Universum, etcétera.
Lo que importa aquí exponer es la razón de fondo
que llevó a Miguel a escribir como lo hizo. Obviamente
estaba molesto con la transmisión y efecto de chismeones
como portadores negativos de chismes en Universum.
La solución que ofrece es buscar y encontrar cuanto antes
la partícula de carga contraria, ahora positiva, que permitiera
neutralizar el efecto de los chismeones, es decir, aislar el antichismeón
y proyectarlo consciente y rápidamente contra los emisores
de los primeros.
Si yo trabajara en Universum, y fuera emisor de chismeones,
que para mi fortuna no lo soy, me sentiría avergonzado
al leer el artículo de Miguel y promovería su análisis
crítico entre todos los compañeros que aquí
trabajan.
Un auténtico y sincero reconocimiento y homenaje a Miguel
podría empezar por este construir un "duelo de labores
y esperanzas", tratando de ser más autocríticos
con nosotros mismos y más respetuosos con los otros y sus
respectivas otredades.
Por último, propongo que se cree un Premio Miguel Ángel
Herrera de Divulgación de la Ciencia, dirigido a estudiantes
y jóvenes divulgadores. Se podría abrir a amigos,
la unam, y otras instituciones la participación para conseguir
los recursos económicos, a base de donativos con los que
se abriera una cuenta especial, controlada por el o la titular
de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia
de la unam. Sugiero se designe una comisión encargada de
dar forma al proyecto y desde luego me ofrezco para trabajar en
ella.
Gracias por su aguante al leer este testimonio. Y... ¿qué
clase de cabaret es éste? ¿No van a ofrecer café?
Horacio García Fernández es químico, educador
y divulgador de la ciencia
Comentarios:
horaciogf@aol.com
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