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Junio-julio 2002
[ Enrique Gánem ]

Creador de vocaciones

Enrique Gánem Corvera

Conocí a Miguel Ángel Herrera en el planetario Luis Enrique Erro, en 1977. Después de ver estrellas por varios años, por fin podía encontrarme con una persona que se dedicaba a estudiarlas.

La experiencia fue agradable e inquietante. En vez de un individuo serio y fastidioso, me topé con una persona alegre, cordial y -paradójicamente- muy terrenal (en el mejor sentido de la expresión). No era un personaje olímpico, acostumbrado a vivir fuera del mundo.

Los años que siguieron solamente confirmaron y mejoraron esta imagen. En varias ocasiones nos volvimos a encontrar, en diferentes ambientes, y siempre había algo agradable que descubrir de él y de su familia.

Es doloroso, por partida doble, escribir este texto. Por una parte, por la necesidad de despedir a Carmen y a Miguel Ángel sin tener la esperanza de hacerlo en persona alguna vez, para agradecerles tantas cosas, y por la necesidad de realizar esto en forma tan breve, pues resulta inevitable dejar muchas cosas buenas por decir.

En varias ocasiones tuve la oportunidad de compartir la vida de su familia, por ejemplo cuando fue convencido de comprar una computadora nueva, o para discutir ideas sobre proyectos de divulgación, o simplemente para platicar con otros amigos de todo y de nada. Además de las estrellas, siempre se hablaba de libros, música y de la forma en la que sus hijos Leonardo y Héctor se convertían poco a poco en adultos.

En el trabajo, coincidimos con frecuencia con Miguel Ángel, pues siempre se encontraba dispuesto a realizar cualquier esfuerzo por generar interés en la astronomía.

Además del planetario, ambos participamos en los grupos de conferencias del ISSSTE, que valientemente llevaban pláticas sobre toda clase de temas científicos a los multifamiliares, escuelas, hospitales y hasta reclusorios de todo el país. También participó activamente en el programa "Café con... ciencia", dirigido por mi esposa, María de los Ángeles Aranda, en el que sostuvo varias charlas memorables sobre varios temas, incluyendo una sobre música con un excelente pianista y compositor, Heberto Castillo hijo. Tiempo después volvimos a encontrarnos en el internet: fue uno de los mejores colaboradores de "Hiperciencia", en el portal alo.com.

Una de las mejores muestras de la convicción de Miguel Ángel es la que ofreció, frecuentemente, a los "Amigos de la ciencia". Durante más de dos años, todos los sábados a las diez, se reunía un grupo muy nutrido de personas de todas las edades y niveles educativos. Entre los invitados frecuentes de Ángeles, la organizadora del grupo, se encontraba Miguel Ángel, que además de dar su charla, siempre respondía pacientemente las interminables preguntas del público por varias horas. Como normalmente ocurre con este tipo de esfuerzos, ninguno de los organizadores y colaboradores de los "Amigos de la ciencia" recibía un solo centavo. Siempre estuvimos conscientes del esfuerzo que Miguel Ángel y su familia hacían en estas ocasiones.

En la última vez en la que tuve la oportunidad de trabajar con él, a mediados del mes de julio viajamos a Miami para realizar una labor no muy diferente a la de pelearse con un molino en una soleada llanura española. Aparecimos en un popular talk show para presentar la perspectiva científica sobre los ovnis. Como era de esperarse, nuestra participación fue muy breve, pero Miguel Ángel dijo que era importante realizar ese trabajo, por imposible y absurdo que pareciera. Él sabía que la única arma que tiene la sociedad humana para enfrentar las consecuencias de su propio éxito desordenado es el pensamiento racional.

En ese mismo viaje, Miguel Ángel me presentó lo que quizá fue su faceta más valiosa para la sociedad mexicana. Ya de regreso, me mostró con orgullo el nombre de un antiguo alumno, el ahora doctor Alejandro Frank, que aparecía en un artículo sobre supersimetría en la célebre revista Scientific American; me comentó que el doctor Frank había encontrado su vocación por la física en sus clases.

Miguel Ángel fue muchas cosas buenas. Autor de libros, cantante, aficionado serio al beisbol (lo suficiente para mantener largas y fluidas conversaciones con los alegres taxistas de origen cubano en Miami), maestro, padre de familia, esposo y, sobre todo, creador de vocaciones. Sólo con el apoyo de una familia extraordinaria fue posible realizar una labor igualmente extraordinaria.

En el futuro, los esfuerzos de Miguel Ángel y de Carmen seguramente rendirán grandes frutos en la labor de muchas personas que, gracias a ellos, tuvieron la oportunidad de descubrir que la ciencia es una pasión maravillosa, y que cuando menos algunas personas que la practican también lo son.

Enrique Gánem Corvera es biólogo, divulgador de la ciencia y editor de la revista Scientific American México.

Comentarios: explicador@prodigy.net.mx

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