Mike
Julieta
Fierro
Muchas personas se han acercado a preguntarme por qué quiero
tanto a Miguel Ángel Herrera. La historia es larga. Mi
hermana Carmen me habló por primera vez de Miguel Ángel
en 1964. Fue en la prepa, donde daba un curso propedéutico
para el examen de admisión a la unam. Decía que
era el mejor maestro de física que jamás tuvo, que
si así hubiesen sido otros maestros, tendría otra
visión muy distinta de lo que son la física y las
matemáticas.
En esa época íbamos a los conciertos de la orquesta
sinfónica nacional, que dirigía el maestro Luis
Herrera de la Fuente, padre de mi amigo. Era emocionante ir al
Palacio de Bellas Artes los domingos a rodearse de música:
una pieza corta y ligera, algún estreno nacional o mundial,
y finalmente alguna sinfonía clásica. En esa época
el maestro Herrera tocó por primera vez en México
la Carmina Burana.
Cuando ingresé al Instituto de Astronomía en 1967,
allí estaba Miguel Ángel. Yo lo admiraba de manera
desmedida, como me imagino que todos los jóvenes hacían
con sus compañeros destacados. Fue cuando trabajé
con Manuel Peimbert. No recuerdo mucho de esa época, salvo
que cuando se recibió fuimos a casa de sus padres en la
colonia Anzures. Me llamó la atención lo elegante
de la mesa y las pechugas en salsa blanca. También fui
a casa de los Herrera de la Fuente, entonces por el rumbo de avenida
Toluca, cuando Miguel Ángel se doctoró, y nuevamente
me quedé admirada por lo hermoso de la casa, y esta vez
también por la extraordinaria colección de pinturas.
Ya para entonces sabía lo bien que el joven astrónomo
tocaba la guitarra. Era simpático y descubrí el
enorme respeto y admiración que tenía por su padre.
No fue la única fiesta en la que coincidimos de jóvenes:
cuando yo me recibí, a una semana de que naciera mi hijo
mayor, nos fotografiamos Carmen Salinas Herrera, Silvia Torres-Peimbert
y yo, embarazadas. Nuestros hijos Leonardo, Mariana y Agustín
son de la misma edad.
La primera vez que hicimos algo juntos fue escribir un libro con
otros cinco astrónomos. El grupo no sabía cómo
hacerlo; pensamos que dividirnos la labor sería más
fácil, y así fue. Miguel Ángel fue muy activo
en esta empresa, pues gracias a las enseñanzas de su madre
conocía el mundo editorial. Astronomía para niños,
de Déborah Dultzin et al., fue el resultado de nuestra
primera incursión en las letras. Después escribimos
varios libros más.
Miguel Ángel fue un divulgador de la ciencia fuera de serie.
Era un hombre sumamente culto, con conocimientos profundos de
la ciencia, y con ingenio. Y además sabía escribir,
cualidad que desafortunadamente no todos los mexicanos comparten.
Escribimos una serie de libros para niños con base en las
preguntas que nos hacían cuando dábamos conferencias
de divulgación, y también en las que no nos hacían,
pero que considerábamos deberían habernos hecho.
La serie "Nuestro mundo", de Sitesa, fue el resultado
de esas hojas manuscritas. Esos libros aún se exportan.
Hace unos cuatro años, Miguel y yo fuimos a sacarnos una
foto para la campaña norteamericana. Ya para entonces nos
teníamos más confianza. Allí me quedó
claro lo "jalador" que era, y descubrí que estaba
dispuesto a hacer casi cualquier cosa con tal de divulgar la ciencia:
fuimos a un estudio profesional, posamos durante horas simulando
volar por los cielos a bordo de un cometa, sometidos a una máquina
de viento que no nos impartía mayor belleza y sí
nos llenaba los ojos de polvo.
Siguieron nuestros libros: La familia del sol, tantas veces
reeditado por el Fondo de Cultura Económica, y El cometa
Hale-Bopp, para Sitesa, que finalmente repartimos en fotocopias.
En esa época condujimos nuestro primer programa en el Instituto
Mexicano de la Radio; nos gustaba platicar sabroso de ciencia.
Descubrí el talento de Miguel Ángel por la divulgación
de la ciencia al escucharlo dar pláticas de divulgación.
Era excepcional. La razón: los temas que elegía.
Tal vez su conferencia más popular fue "Vida extraterrestre",
que impartió cientos de veces, en decenas de ciudades,
cada vez con matices distintos, cada vez improvisando chistes
deportivos y de política, cada vez cautivando al auditorio.
Miguel Ángel, además de ser un buen científico,
era una persona sumamente ingeniosa. Era un gozo verlo vestido
con su indumentaria sencilla: mocasines, calcetines blancos, pantalón
de mezclilla, camiseta en época de calor, camisa de cuadros
y manga larga en la de frío, y una chamarra, en caso extremo.
Cuando Miguel llegaba cantando al Instituto de Astronomía,
salía yo volando de mi oficina para escucharlo, no me aguantaba.
Otras veces le pedía que me cantara arias de amor de Puccini
o de Verdi; nunca se negó. Cantó en varios coros,
así que gracias a él todos aprendimos a disfrutar
de lo que ensayaba. Mucho después fui con mi chofer, Víctor,
a comprar música. Cuando Víctor escuchó Carmina
Burana, me comentó: es lo que canta el doctor Herrera.
Ahora escucha su cd con frecuencia. Mike no sólo nos enseñó
ciencia, a divulgar, escribir, hablar, cantar, reír y alburear,
sino también a disfrutar de la música.
Siento gran tristeza al narrar todo esto.
Nuestra amistad aumentó y se llenó de cariño,
admiración, respeto, confianza y alegría cuando
Miguel aceptó ser director de vinculación para la
Dirección General de Divulgación de la Ciencia de
la UNAM. Allí brilló como lo que fue, una estrella.
La amistad fue compartida con Julia Tagüeña, directora
de museos. Elegí a Mike por ser un divulgador extraordinario,
por su honestidad, y por su carácter desenfadado. Fue una
decisión muy afortunada.
La amistad con Mike se intensificó con el trabajo compartido,
los proyectos en común, el apoyo incondicional y la alegría
que desparramaba. Desde un principio trabajamos de sol a sol.
Llegaba temprano y alrededor de las nueve de la noche pasaba a
mi oficina, a comentar los problemas del día. Comíamos
juntos Julia, Miguel y yo todos los días. Nos ponían
una mesa especial en la terraza del museo. Aunque alguno faltara,
siempre estaban puestos los tres lugares, con mantel y algunas
flores. Al terminar, dábamos una caminata por la milpa,
la senda arqueológica o la ecológica, la casita,
la biblioteca o las salas del museo, y planeábamos, comentábamos
los problemas, los resolvíamos.
Julia, Mike y yo ideamos un sistema donde por turno se abordaba
alguno de los múltiples problemas que traíamos a
colación. En realidad, Julia y yo abusábamos del
sistema, porque a Mike siempre se le olvidaban sus lentes, aunque
le compramos varios pares, y su lista, a pesar de que en algún
cumpleaños le obsequiamos una Palm. El hecho es que durante
las reuniones diarias, las comidas y los paseos, compartíamos
la vida institucional. Este sistema nos permitió cohesionarnos,
apoyarnos y tomar mejores decisiones.
Mike me puso el mejor apodo que he tenido en mi vida: La Chefesse.
De repente le hablaba en francés o inglés, y él
logró combinar con su ingenio desmedido mi puesto. Cuando
quería saber por dónde andaba yo, preguntaba por
"la jefa".
Cuando íbamos al Museo de la Luz, subíamos al techo.
Desde allí se veía nuestra inmensa y bulliciosa
ciudad en todo su esplendor, brillante de colores y sonidos. No
dejaba de mirarme sonriente para comentarme la maravilla de habitar
en una ciudad viva.
A Mike le fascinaba la astronomía. Recuerdo cuando conseguía
algún nuevo programa de cómputo que le podría
ayudar a calcular las trayectorias de los asteroides que estudiaba.
Pero también hace poco, cuando llegaron unos globos planetarios
a la biblioteca, recuerdo su cara de niño admirado acomodándolos.
Nunca pensé que a Miguel Ángel le gustaran tanto
los niños pequeños. Cuando paseábamos por
el museo, en épocas difíciles, contaba a los pocos
usuarios para ver cuántos cartuchos de fotocopiadora podríamos
comprar con el dinero de sus entradas. Sin embargo, al llegar
al espacio infantil, cambiaba su semblante; acariciaba a los niños
y jugaba con ellos. Que yo recuerde, una de sus máximas
alegrías era la clausura del curso de verano. Le fascinaba
ver cómo los niños se habían transformado
en un par de semanas, de llegar llorosos y tímidos, a ser
bulliciosos y audaces.
Julia y yo desconocíamos el arte del albur, pero Miguel
nos lo enseñó. Con paciencia nos explicaba lo que
no debíamos decir y el sinnúmero de palabras que,
combinadas, hacen maliciosas alusiones a la sexualidad.
Miguel dejó muchos proyectos por hacer: vincular más
a la DGDC con el magisterio, editar más libros, hacer una
revista de divulgación para profesores y otra para niños,
llegar por medio de la radio a todo el mundo iberoamericano, producir
un mayor número de videos científicos. Además
quería seguir haciendo investigación sobre los cuerpos
más pequeños del sistema solar.
He estado sumamente triste estos días, por más que
estoy segura de que Miguel Ángel no hubiera deseado que
yo sufriera bajo ninguna circunstancia.
Miguel Ángel fue un convencido de que era necesario combatir
las seudociencias. A pesar de las dificultades, no dejaba de acudir
a los debates entre astrólogos, ovniólogos, piramidólogos
y demás embaucadores para dar la visión crítica
que ofrece la ciencia y mostrar la magnífica herramienta
que resulta ser para vivir mejor.
Pensaba que era necesario mejorar la calidad de la educación
en México en muchos aspectos. Siempre estuvo dispuesto
a trabajar para mejorar el nivel de preparación del magisterio
nacional, pues confiaba en el efecto multiplicador de esta labor.
Nuestra visión sobre la divulgación era muy parecida:
creíamos que los «teóricos» de la divulgación
no siempre tenían claro de lo que se trataba. Presentaban
ponencias somníferas acerca de cómo divulgar la
ciencia y querían imponer su visión a los demás.
Mike era una de las personas mejor dotadas para estos asuntos,
y estábamos muy de acuerdo en cuáles pueden ser
algunas maneras de entusiasmar al público con la ciencia.
Julieta Fierro Gossman es astrónoma, divulgadora de
la ciencia y directora general de divulgacion de la ciencia de
la UNAM
Comentarios:
julieta@astroscu.unam.mx
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