Secciones:
 
 
 
 
 
 
 
Junio-julio 2002
[ Julieta Fierro ]

Mike

Julieta Fierro

Muchas personas se han acercado a preguntarme por qué quiero tanto a Miguel Ángel Herrera. La historia es larga. Mi hermana Carmen me habló por primera vez de Miguel Ángel en 1964. Fue en la prepa, donde daba un curso propedéutico para el examen de admisión a la unam. Decía que era el mejor maestro de física que jamás tuvo, que si así hubiesen sido otros maestros, tendría otra visión muy distinta de lo que son la física y las matemáticas.

En esa época íbamos a los conciertos de la orquesta sinfónica nacional, que dirigía el maestro Luis Herrera de la Fuente, padre de mi amigo. Era emocionante ir al Palacio de Bellas Artes los domingos a rodearse de música: una pieza corta y ligera, algún estreno nacional o mundial, y finalmente alguna sinfonía clásica. En esa época el maestro Herrera tocó por primera vez en México la Carmina Burana.

Cuando ingresé al Instituto de Astronomía en 1967, allí estaba Miguel Ángel. Yo lo admiraba de manera desmedida, como me imagino que todos los jóvenes hacían con sus compañeros destacados. Fue cuando trabajé con Manuel Peimbert. No recuerdo mucho de esa época, salvo que cuando se recibió fuimos a casa de sus padres en la colonia Anzures. Me llamó la atención lo elegante de la mesa y las pechugas en salsa blanca. También fui a casa de los Herrera de la Fuente, entonces por el rumbo de avenida Toluca, cuando Miguel Ángel se doctoró, y nuevamente me quedé admirada por lo hermoso de la casa, y esta vez también por la extraordinaria colección de pinturas. Ya para entonces sabía lo bien que el joven astrónomo tocaba la guitarra. Era simpático y descubrí el enorme respeto y admiración que tenía por su padre.

No fue la única fiesta en la que coincidimos de jóvenes: cuando yo me recibí, a una semana de que naciera mi hijo mayor, nos fotografiamos Carmen Salinas Herrera, Silvia Torres-Peimbert y yo, embarazadas. Nuestros hijos Leonardo, Mariana y Agustín son de la misma edad.

La primera vez que hicimos algo juntos fue escribir un libro con otros cinco astrónomos. El grupo no sabía cómo hacerlo; pensamos que dividirnos la labor sería más fácil, y así fue. Miguel Ángel fue muy activo en esta empresa, pues gracias a las enseñanzas de su madre conocía el mundo editorial. Astronomía para niños, de Déborah Dultzin et al., fue el resultado de nuestra primera incursión en las letras. Después escribimos varios libros más.

Miguel Ángel fue un divulgador de la ciencia fuera de serie. Era un hombre sumamente culto, con conocimientos profundos de la ciencia, y con ingenio. Y además sabía escribir, cualidad que desafortunadamente no todos los mexicanos comparten. Escribimos una serie de libros para niños con base en las preguntas que nos hacían cuando dábamos conferencias de divulgación, y también en las que no nos hacían, pero que considerábamos deberían habernos hecho. La serie "Nuestro mundo", de Sitesa, fue el resultado de esas hojas manuscritas. Esos libros aún se exportan. Hace unos cuatro años, Miguel y yo fuimos a sacarnos una foto para la campaña norteamericana. Ya para entonces nos teníamos más confianza. Allí me quedó claro lo "jalador" que era, y descubrí que estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa con tal de divulgar la ciencia: fuimos a un estudio profesional, posamos durante horas simulando volar por los cielos a bordo de un cometa, sometidos a una máquina de viento que no nos impartía mayor belleza y sí nos llenaba los ojos de polvo.

Siguieron nuestros libros: La familia del sol, tantas veces reeditado por el Fondo de Cultura Económica, y El cometa Hale-Bopp, para Sitesa, que finalmente repartimos en fotocopias. En esa época condujimos nuestro primer programa en el Instituto Mexicano de la Radio; nos gustaba platicar sabroso de ciencia.

Descubrí el talento de Miguel Ángel por la divulgación de la ciencia al escucharlo dar pláticas de divulgación. Era excepcional. La razón: los temas que elegía. Tal vez su conferencia más popular fue "Vida extraterrestre", que impartió cientos de veces, en decenas de ciudades, cada vez con matices distintos, cada vez improvisando chistes deportivos y de política, cada vez cautivando al auditorio. Miguel Ángel, además de ser un buen científico, era una persona sumamente ingeniosa. Era un gozo verlo vestido con su indumentaria sencilla: mocasines, calcetines blancos, pantalón de mezclilla, camiseta en época de calor, camisa de cuadros y manga larga en la de frío, y una chamarra, en caso extremo.

Cuando Miguel llegaba cantando al Instituto de Astronomía, salía yo volando de mi oficina para escucharlo, no me aguantaba. Otras veces le pedía que me cantara arias de amor de Puccini o de Verdi; nunca se negó. Cantó en varios coros, así que gracias a él todos aprendimos a disfrutar de lo que ensayaba. Mucho después fui con mi chofer, Víctor, a comprar música. Cuando Víctor escuchó Carmina Burana, me comentó: es lo que canta el doctor Herrera. Ahora escucha su cd con frecuencia. Mike no sólo nos enseñó ciencia, a divulgar, escribir, hablar, cantar, reír y alburear, sino también a disfrutar de la música.

Siento gran tristeza al narrar todo esto.

Nuestra amistad aumentó y se llenó de cariño, admiración, respeto, confianza y alegría cuando Miguel aceptó ser director de vinculación para la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM. Allí brilló como lo que fue, una estrella. La amistad fue compartida con Julia Tagüeña, directora de museos. Elegí a Mike por ser un divulgador extraordinario, por su honestidad, y por su carácter desenfadado. Fue una decisión muy afortunada.

La amistad con Mike se intensificó con el trabajo compartido, los proyectos en común, el apoyo incondicional y la alegría que desparramaba. Desde un principio trabajamos de sol a sol. Llegaba temprano y alrededor de las nueve de la noche pasaba a mi oficina, a comentar los problemas del día. Comíamos juntos Julia, Miguel y yo todos los días. Nos ponían una mesa especial en la terraza del museo. Aunque alguno faltara, siempre estaban puestos los tres lugares, con mantel y algunas flores. Al terminar, dábamos una caminata por la milpa, la senda arqueológica o la ecológica, la casita, la biblioteca o las salas del museo, y planeábamos, comentábamos los problemas, los resolvíamos.

Julia, Mike y yo ideamos un sistema donde por turno se abordaba alguno de los múltiples problemas que traíamos a colación. En realidad, Julia y yo abusábamos del sistema, porque a Mike siempre se le olvidaban sus lentes, aunque le compramos varios pares, y su lista, a pesar de que en algún cumpleaños le obsequiamos una Palm. El hecho es que durante las reuniones diarias, las comidas y los paseos, compartíamos la vida institucional. Este sistema nos permitió cohesionarnos, apoyarnos y tomar mejores decisiones.

Mike me puso el mejor apodo que he tenido en mi vida: La Chefesse. De repente le hablaba en francés o inglés, y él logró combinar con su ingenio desmedido mi puesto. Cuando quería saber por dónde andaba yo, preguntaba por "la jefa".

Cuando íbamos al Museo de la Luz, subíamos al techo. Desde allí se veía nuestra inmensa y bulliciosa ciudad en todo su esplendor, brillante de colores y sonidos. No dejaba de mirarme sonriente para comentarme la maravilla de habitar en una ciudad viva.

A Mike le fascinaba la astronomía. Recuerdo cuando conseguía algún nuevo programa de cómputo que le podría ayudar a calcular las trayectorias de los asteroides que estudiaba. Pero también hace poco, cuando llegaron unos globos planetarios a la biblioteca, recuerdo su cara de niño admirado acomodándolos.

Nunca pensé que a Miguel Ángel le gustaran tanto los niños pequeños. Cuando paseábamos por el museo, en épocas difíciles, contaba a los pocos usuarios para ver cuántos cartuchos de fotocopiadora podríamos comprar con el dinero de sus entradas. Sin embargo, al llegar al espacio infantil, cambiaba su semblante; acariciaba a los niños y jugaba con ellos. Que yo recuerde, una de sus máximas alegrías era la clausura del curso de verano. Le fascinaba ver cómo los niños se habían transformado en un par de semanas, de llegar llorosos y tímidos, a ser bulliciosos y audaces.

Julia y yo desconocíamos el arte del albur, pero Miguel nos lo enseñó. Con paciencia nos explicaba lo que no debíamos decir y el sinnúmero de palabras que, combinadas, hacen maliciosas alusiones a la sexualidad.

Miguel dejó muchos proyectos por hacer: vincular más a la DGDC con el magisterio, editar más libros, hacer una revista de divulgación para profesores y otra para niños, llegar por medio de la radio a todo el mundo iberoamericano, producir un mayor número de videos científicos. Además quería seguir haciendo investigación sobre los cuerpos más pequeños del sistema solar.

He estado sumamente triste estos días, por más que estoy segura de que Miguel Ángel no hubiera deseado que yo sufriera bajo ninguna circunstancia.

Miguel Ángel fue un convencido de que era necesario combatir las seudociencias. A pesar de las dificultades, no dejaba de acudir a los debates entre astrólogos, ovniólogos, piramidólogos y demás embaucadores para dar la visión crítica que ofrece la ciencia y mostrar la magnífica herramienta que resulta ser para vivir mejor.

Pensaba que era necesario mejorar la calidad de la educación en México en muchos aspectos. Siempre estuvo dispuesto a trabajar para mejorar el nivel de preparación del magisterio nacional, pues confiaba en el efecto multiplicador de esta labor.

Nuestra visión sobre la divulgación era muy parecida: creíamos que los «teóricos» de la divulgación no siempre tenían claro de lo que se trataba. Presentaban ponencias somníferas acerca de cómo divulgar la ciencia y querían imponer su visión a los demás. Mike era una de las personas mejor dotadas para estos asuntos, y estábamos muy de acuerdo en cuáles pueden ser algunas maneras de entusiasmar al público con la ciencia.

Julieta Fierro Gossman es astrónoma, divulgadora de la ciencia y directora general de divulgacion de la ciencia de la UNAM

Comentarios: julieta@astroscu.unam.mx

Para ver archivos PDF
necesitas Acrobat Reader


El Muégano Divulgador, boletín mensual para divulgadores. Dirección General de Divulgación de la Ciencia, UNAM. 3er. piso de Universum, zona cultural, Ciudad Universitaria, Coyoacán, México DF. Tel. 56-22-72-92 y 93. muegano@universum.unam.mx
Las opiniones expresadas en los textos firmados son responsabilidad de sus autores y no
necesariamente reflejan el punto de vista de la institución. El material se publica con propósitos de difusión y sin fines de lucro. Para cualquier aclaración, favor de ponerse en contacto con el editor.