Miguel
Ángel Herrera: La música de las esferas
Martín
Bonfil Olivera
Conocí a Miguel Ángel en Puebla, en una de sus excelentes
conferencias de astronomía, en el congreso anual de la
Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la
Técnica (SOMEDICYT). En esa ocasión se trataba de
la posibilidad de vida microbiana en Marte. Recientemente se había
descubierto la roca marciana que contenía lo que parecían
ser microfósiles de bacterias. Miguel Ángel explicó
a los divulgadores y estudiantes reunidos en el congreso, con
gran claridad y con su característica gracia (era un gran
conversador), la importancia de los estudios sobre el vecino planeta,
el significado de los supuestos microfósiles y las posibilidades
(relativamente escasas) de que efectivamente se tratara de pruebas
de la existencia de antiguas bacterias marcianas.
Una de las características que definían su carácter
--junto con su humor jovial y su inteligencia-- era la capacidad
que tenía para explicar los temas científicos con
claridad y rigor. Cuando alguna vez trabajé en un periódico
y tuve que entrevistarlo a raíz del descubrimiento de antiguas
huellas de agua líquida en la superficie de Marte, la explicación
que me dio y su opinión profesional como astrónomo
resultaron quizá más interesantes que las de la
propia NASA, que circulaban en todos los medios de comunicación.
Sus gustos musicales eran un tanto exquisitos. Varias veces hizo
comentarios que revelaban su falta de aprecio por la música
moderna ("eso no es música"), especialmente por
las variedades más ruidosas que están de moda actualmente.
Pero estoy seguro de que en el fondo albergaba un gusto por el
buen rock (o lo hubiera podido desarrollar, si no lo tenía).
Uno de mis primeros contactos directos con él fue a través
de una discusión por correo electrónico. Eran los
amargos tiempos de la huelga, una época de depresión
y nubes negras. Circuló en la comunidad universitaria un
mensaje en el que se despotricaba contra los huelguistas, calificándolos
de vándalos ignorantes cuyo único objetivo era la
destrucción de la UNAM. Eran todavía los primeras
semanas , y aunque después los huelguistas se hicieron
plenamente merecedores de estos adjetivos y más, en ese
momento todavía parecía que el movimiento podría
valer la pena como una defensa de la educación pública
gratuita. Yo contesté al mensaje apoyando hasta cierto
punto al movimiento, y recibí una respuesta tajante de
Miguel Ángel: no podía defenderse el comportamiento
de esa plebe. En ese momento temí que se tratara de una
persona intolerante.
Pero más tarde, cuando Miguel Ángel ingresó
a la Dirección General de Divulgación de la Ciencia,
descubrí que, aunque su ideología estaba un poco
menos a la izquierda que la mía, se trataba de un académico
tolerante e inteligente. Además, resultó ser un
excelente jefe (de los que "dejan trabajar", que según
la opinión de un mi primo son la mejor clase de jefes).
También tenía una capacidad verdaderamente sorprendente
para alburear, aunque nunca llegaba a faltar al respeto: más
de uno salíamos de su oficina riendo a carcajadas, si éramos
hombres (las mujeres, como corresponde a su papel, siempre fingían
no haber entendido, aunque a veces les costaba mantener la cara
seria).
Quizá una de las facetas que más llegué a
admirar en Miguel Ángel era su compromiso con la defensa
de la ciencia ante los embates de la seudociencia y la charlatanería.
Sus debates por televisión con Jaime Mausán, en
los que siempre defendió hábilmente el punto de
vista escéptico, hicieron época. Desgraciadamente,
se trataba de un negocio imposible de ganar. Como dice el famoso
mago escéptico James Randi, los creyentes en extratarrestres
y ese tipo de cosas son "como patitos de hule: imposibles
de hundir". En alguna ocasión, según me cuentan,
Mausán presentó un pedazo de metal, arguyendo que
se trataba de un fragmento de una nave extraterrestre, hecha de
un material "desconocido en la tierra". Miguel Ángel,
desde luego, se ofreció a mandar analizar el metal, pues
no existen los materiales desconocidos. La triste sorpresa fue
que, cuando recurrió a los laboratorios de nuestra universidad
para obtener el análisis, nadie quiso arriesgarse, y Miguel
Ángel tuvo que regresar con la cola entre las piernas,
mientras que Mausán se jactaba "¿Ven? Se los
dije: descubrieron que efectivamente es de origen extraterrestre,
sólo que no lo quieren aceptar".
Miguel Ángel Herrera será extrañado por la
comunidad de la DGDC, los divulgadores científicos, los
astrónomos y por todos lo que trabajamos con él
y llegamos a estimarlo y quererlo. Yo lo recordaré como
alguien que escuchaba la música de las esferas, compartir
la belleza que veía en los cielos y la que hallaba en las
armonías terrenales.
Martín Bonfil Olivera, editor de El muégano divulgador,
es químico farmacobiólogo y divulgador científico
en la DGDC-UNAM
Comentarios:
mbonfil@servidor.unam.mx
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