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Octubre-Noviembre 2002
[Reacciones]

Puntillosamente circunspectos

Carmen Sánchez Mora

En esta ocasión, presentamos dos opiniones de nuestros lectores en relación con textos que hemos publicado en números anteriores: Carmen Sánchez nos relata las dudas provocadas por los «Peripatéticos ecológicos» (núm. 13, agosto 2001), y presenta una experiencia curiosa, y Claudia Loaiza comparte su necesidad de clarificar algunos detalles sobre el proyecto Ciencia, Conciencia y Café (núm. 12, julio 2001).

Señores Editores:

Recibir El muégano divulgador es una verdadera delicia; particularmente disfruto los artículos de Sergio de Régules, con los que seguramente comulgo en humor. Después de leerlos suelo guardar en la mente por un par de días alguna de las ingeniosas ideas con que nos obsequia. Sin embargo, nunca imaginé el efecto terrible que el escrito "Puntillosamente circuspectos" tendría en mi vida profesional.

Resulta que al día siguiente de leer El muégano, tuve que dar una conferencia sobre evolución, y mientras hablaba recordé, al tocar el tema de los "individuos más aptos", el comentario de Sergio acerca de los pc, y confieso que con cierta duda en la voz hablé de la "eliminación por selección natural de los menos aptos"

Dos días después, cuando daba clase de biología, me sentí particularmente incómoda al emplear términos como "taxa inferiores", "especies primitivas" y no se diga cuando realmente apenada tuve que hablar de los fósiles vivientes.

Pero el asunto no terminó allí. Realmente me di cuenta del efecto que el artículo de Sergio tuvo en mi mente cuando al tratar de dar clase de génetica no me atreví ni a mencionar los caracteres recesivos.

Todo esto me ha llevado a pensar dos cosas: que quizá la biología es de por sí una ciencia anti pc, o bien que los artículos que aparecen en El muégano divulgador tienen efectos subliminales.

Carmen Sánchez Mora es doctora en enseñanza e historia de la biología, divulgadora y Subdirectora de Educación No Formal de la DGDC-UNAM.

 
Comentarios: masanche@universum.unam.mx



Un comentario sobre
"Ciencia, conciencia y café"

Claudia Loaiza Escutia

Siendo estudiante de ingeniería en alimentos en la Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán (UNAM), resentía y me quejaba amargamente de que los estudiantes no contáramos con las ofertas culturales y de intercambio intelectual que tenían los alumnos de Ciudad Universitaria. A manera de autoinmolación aparecían frases populares como: «fuera del DF, todo es Cuautitlán» y «Cuautitlán, allá donde el viento dio vuelta».

Las mejores ofertas culturales y de intercambio académico a las que podíamos aspirar eran las presentaciones anuales de investigaciones que se realizaban en la facultad, y que resultaban nada atractivas por su jerigonza academicista. La envidia me corroía al enterarme de las numerosas conferencias y demás eventos a los que convocaba la Gaceta UNAM, pero resultaba más que complicado ir hasta Ciudad Universitaria y regresar a Cuautitlán.

Afortunadamente no todo quedó en reproches y lamentaciones, pues decidí dar el paso y me acerqué a los que toman decisiones para manifestar mi insatisfacción.

Recuerdo que después de uno de esos intentos ocasionales en los que las autoridades, por cubrir el expediente, llevaban a algún investigador despistado o a un amigo, éstos confesaban cuán difícil era para ellos aceptar ir a lugares tan retirados. Les expuse mi convicción de que se requería un espacio de análisis, debate y discusión en el que se trataran temas relevantes para los estudiantes y donde pudiéramos intercambiar opiniones con diversos especialistas, pero sin el acartonamiento de la mesa con paño verde y jarrita con agua, vasos y micrófonos. El secretario académico de aquel entonces, Rafael Fernández, me escuchó y me dijo: «Adelante, organízalo, la secretaría académica te apoya». Ante el reto, tragué saliva y presenté el proyecto de «Ciencia, conciencia y café».

El nombre y tal vez el concepto del proyecto no era muy original, pues en la Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria ya había existido algo con un nombre parecido, y en Radio UNAM también. El detalle importante era la idea del café; el momento de descanso donde desenfadadamente hablamos de cosas de interés, aunque incluso la idea me surgió de los eventos que organizaba en su cafetería la librería «El sótano». Creo que la honestidad e inocencia de la intención justificaron el título.

En el programa de presentación de la inauguración del proyecto escribí:

En cuántas ocasiones con nuestros amigos nos hemos reunido a platicar acerca de algún libro, de la crisis alimentaria mundial, del sida, de la función social del científico, de ecología o de los viajes espaciales. Hablar sobre ciencia no es exclusivo del salón de clases o de conferencias y seminarios, no se limita a un espacio y se da en cualquier lugar, en un pasillo, en el camión, en una fiesta o en un café. Comprobamos que platicar de ciencia resulta ameno, sencillo y divertido. Con esta inquietud hemos creado «Ciencia, conciencia y café». Un espacio de charla sobre ciencia, en la que entre amigos de la ciencia discutamos, intercambiemos opiniones y pasemos un rato agradable (31 de julio de 1990).

De ese proyecto me ocupé por tres intensos años; después emigré al museo Universum, donde nuevamente me surgió la necesidad de promover la divulgación de la ciencia, por lo que a finales del 96 propuse el «Cinedebate de ciencia ficción». Pero esa es otra historia.

Claudia Loaiza trabajó en la DGDC de 1996 a 1998. Actualmente estudia la maestría en ciencias de la comunicación en la Universidad Iberoamericana, con el tema «La construcción de la cultura científica».

Comentarios: crook67_mx@yahoo.com

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