Puntillosamente
circunspectos
Carmen
Sánchez Mora
En
esta ocasión, presentamos dos opiniones de nuestros lectores
en relación con textos que hemos publicado en números
anteriores: Carmen Sánchez nos relata las dudas provocadas
por los «Peripatéticos ecológicos» (núm.
13, agosto 2001), y presenta una experiencia curiosa, y Claudia
Loaiza comparte su necesidad de clarificar algunos detalles sobre
el proyecto Ciencia, Conciencia y Café (núm. 12,
julio 2001).
Señores Editores:
Recibir El muégano divulgador es una verdadera delicia;
particularmente disfruto los artículos de Sergio de Régules,
con los que seguramente comulgo en humor. Después de leerlos
suelo guardar en la mente por un par de días alguna de
las ingeniosas ideas con que nos obsequia. Sin embargo, nunca
imaginé el efecto terrible que el escrito "Puntillosamente
circuspectos" tendría en mi vida profesional.
Resulta que al día siguiente de leer El muégano,
tuve que dar una conferencia sobre evolución, y mientras
hablaba recordé, al tocar el tema de los "individuos
más aptos", el comentario de Sergio acerca de los
pc, y confieso que con cierta duda en la voz hablé de la
"eliminación por selección natural de los menos
aptos"
Dos días después, cuando daba clase de biología,
me sentí particularmente incómoda al emplear términos
como "taxa inferiores", "especies primitivas"
y no se diga cuando realmente apenada tuve que hablar de los fósiles
vivientes.
Pero el asunto no terminó allí. Realmente me di
cuenta del efecto que el artículo de Sergio tuvo en mi
mente cuando al tratar de dar clase de génetica no me atreví
ni a mencionar los caracteres recesivos.
Todo esto me ha llevado a pensar dos cosas: que quizá la
biología es de por sí una ciencia anti pc, o bien
que los artículos que aparecen en El muégano
divulgador tienen efectos subliminales.
Carmen Sánchez Mora es doctora en enseñanza e
historia de la biología, divulgadora y Subdirectora de
Educación No Formal de la DGDC-UNAM.
Comentarios:
masanche@universum.unam.mx
Un
comentario sobre
"Ciencia, conciencia y café"
Claudia
Loaiza Escutia
Siendo
estudiante de ingeniería en alimentos en la Facultad de
Estudios Superiores Cuautitlán (UNAM), resentía
y me quejaba amargamente de que los estudiantes no contáramos
con las ofertas culturales y de intercambio intelectual que tenían
los alumnos de Ciudad Universitaria. A manera de autoinmolación
aparecían frases populares como: «fuera del DF, todo
es Cuautitlán» y «Cuautitlán, allá
donde el viento dio vuelta».
Las mejores ofertas culturales y de intercambio académico
a las que podíamos aspirar eran las presentaciones anuales
de investigaciones que se realizaban en la facultad, y que resultaban
nada atractivas por su jerigonza academicista. La envidia me corroía
al enterarme de las numerosas conferencias y demás eventos
a los que convocaba la Gaceta UNAM, pero resultaba más
que complicado ir hasta Ciudad Universitaria y regresar a Cuautitlán.
Afortunadamente no todo quedó en reproches y lamentaciones,
pues decidí dar el paso y me acerqué a los que toman
decisiones para manifestar mi insatisfacción.
Recuerdo que después de uno de esos intentos ocasionales
en los que las autoridades, por cubrir el expediente, llevaban
a algún investigador despistado o a un amigo, éstos
confesaban cuán difícil era para ellos aceptar ir
a lugares tan retirados. Les expuse mi convicción de que
se requería un espacio de análisis, debate y discusión
en el que se trataran temas relevantes para los estudiantes y
donde pudiéramos intercambiar opiniones con diversos especialistas,
pero sin el acartonamiento de la mesa con paño verde y
jarrita con agua, vasos y micrófonos. El secretario académico
de aquel entonces, Rafael Fernández, me escuchó
y me dijo: «Adelante, organízalo, la secretaría
académica te apoya». Ante el reto, tragué
saliva y presenté el proyecto de «Ciencia, conciencia
y café».
El nombre y tal vez el concepto del proyecto no era muy original,
pues en la Facultad de Ciencias en Ciudad Universitaria ya había
existido algo con un nombre parecido, y en Radio UNAM también.
El detalle importante era la idea del café; el momento
de descanso donde desenfadadamente hablamos de cosas de interés,
aunque incluso la idea me surgió de los eventos que organizaba
en su cafetería la librería «El sótano».
Creo que la honestidad e inocencia de la intención justificaron
el título.
En el programa de presentación de la inauguración
del proyecto escribí:
En cuántas ocasiones con nuestros amigos nos hemos reunido
a platicar acerca de algún libro, de la crisis alimentaria
mundial, del sida, de la función social del científico,
de ecología o de los viajes espaciales. Hablar sobre ciencia
no es exclusivo del salón de clases o de conferencias y
seminarios, no se limita a un espacio y se da en cualquier lugar,
en un pasillo, en el camión, en una fiesta o en un café.
Comprobamos que platicar de ciencia resulta ameno, sencillo y
divertido. Con esta inquietud hemos creado «Ciencia, conciencia
y café». Un espacio de charla sobre ciencia, en la
que entre amigos de la ciencia discutamos, intercambiemos opiniones
y pasemos un rato agradable (31 de julio de 1990).
De ese proyecto me ocupé por tres intensos años;
después emigré al museo Universum, donde nuevamente
me surgió la necesidad de promover la divulgación
de la ciencia, por lo que a finales del 96 propuse el «Cinedebate
de ciencia ficción». Pero esa es otra historia.
Claudia Loaiza trabajó en la DGDC de 1996 a 1998. Actualmente
estudia la maestría en ciencias de la comunicación
en la Universidad Iberoamericana, con el tema «La construcción
de la cultura científica».
Comentarios:
crook67_mx@yahoo.com
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