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La
Mesita Botanera
(o
el valor de la mediación en los museos de ciencias)
Gerardo
Torres
Las cosas no siempre
se explican por sí mismas... y menos si están en
un museo de ciencias. Una anécdota sobre los extraños
destinos que pueden sufrir los experimentos de divulgación.
El último lunes de enero iniciamos, en la Subdirección
de Educación No Formal de la DGDC, nuestro seminario correspondiente
a este semestre. En ese espacio académico se hizo una aseveración
que me sirve para introducir esta reflexión y precisar
la pregunta que trata de responder: ¿es deseable y posible
construir para los museos de ciencias equipamientos auto-explicables?
Para responder a la primera pregunta me
gustaría ceder la palabra a Fernando Savater, quien en
su libro El valor de educar dice: "De las cosas podemos
aprender efectos o modos de funcionamiento, tal como el chimpancé
despierto tras diversos tanteos atina a empalmar dos
cañas para alcanzar el racimo de plátanos que pende
del techo; pero del comercio intersubjetivo con los semejantes
aprendemos significados. Y también todo el debate y la
negociación interpersonal que establece la vigencia siempre
movediza de los significados".
En
cuanto a la segunda cuestión, me gustaría contarles
la siguiente anécdota personal: la última semana
de octubre de 1991, como cada año, bullía de actividad
la casa de mi vecina Doña Quina, pues su cumpleaños
se encontraba próximo. Un día antes de su aniversario,
mi amigo Daniel, su hijo, me había traído a mostrar
el prototipo del equipo que habíamos diseñado y
mandado construir para la preparatoria María Isabel Dondé,
con el que se podía experimentar la composición
de fuerzas concurrentes en un plano.
Después
de apreciar el equipo y verificar que funcionaba de manera satisfactoria,
mi cuate y yo nos pusimos a platicar largo y tendido. Algunas
horas después se despidió y me dijo que, antes de
que yo presentara los equipos a la directora general del plantel,
a él le gustaría mostrárselos a su hermano.
Daniel sabía que yo me había comprometido a presentar
los prototipos a la directora al siguiente día; me comentó
que una vez que se los mostrara me los traería, pero no
sucedió así.
Ni
modo: yo no podía esperar un segundo día. Al regresar
del trabajo, en la tarde, me dirigí directo a la casa de
Doña Quina a rescatar los equipos. Llegué a su casa
y toqué el timbre; la música y risas que provenían
del interior delataban un buen jolgorio. Antes de un minuto, la
dueña de la casa apareció y me saludó con
su cordial sonrisa, invitándome a pasar. Me disculpé
por interrumpir el momento y le planteé mi problema.
¿Un
equipo para laboratorio? ¿Que sirve para qué? ¿¡Para
encontrar la equilibrante de fuerzas concurrentes en un plano!?,
se interrogaba la anfitriona a cada torpe intento mío por
describir los equipos a través de su función. No,
Gerardo, ese objeto no lo he visto, aseguraba la festejada, pero
dime, ¿cómo son?
Son dos mesitas de acrílico, dije, una roja y otra verde,
de unos 20 centímetros de alto y base circular de 30 centímetros
de diámetro.
Ah,
ya sé lo que buscas, contestó sonriendo. Si miras
hacia la mesa de centro, verás tus mesitas: están
bonitas, me gustaron, y las usé para poner sobre ellas
las botanas.
Yo,
controlándome para no revolcarme de risa en ese momento,
pude comprender, entonces, el profundo significado de una afirmación
de Roger Miles que alguna vez leí: "Los objetos, tangibles
o no, no tienen, por sí mismos, ni la mínima posibilidad
de comunicar lo que son." Este suceso me llevó, entonces,
a reflexionar sobre uno de los problemas básicos que enfrentaría
el visitante cuando entrara al futuro museo de ciencias (Universum
se inauguró en 1992): la decodificación del significado
de los objetos o eventos que se expusieran.
Además
de la anécdota y proposición teórica que
acabo de compartirles, recordé la siguiente cita, extraída
del libro El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier,
la cual me gustaría ofrecer como argumento adicional en
favor de la importancia de la mediación en los museos:
sabido es que un ingeniero alemán, encargado de construir
las alcantarillas de Bagdad, descubrió entre el revoltillo
del museo local, y bajo el vago rótulo de "objeto
de culto", pilas eléctricas fabricadas diez siglos
antes de Volta, bajo la dinastía de los sasánidas.
Una
última palabra, y quizá la más importante:
aprovecho este espacio para ofrecer un razonado y emotivo reconocimiento
a los más de 500 anfitriones que, desde diciembre de 1992,
dieron y dan su mejor esfuerzo como mediadores para evitar que
la experiencia del visitante, en Universum y el Museo de
la Luz, se convierta, entre otras cosas, en un objeto de culto
o en una mesita botanera.
Gerardo
Torres Orozco es físico. Hasta hace poco colaboró
en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia.
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