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Abril 2001
[Experiencias]

La Mesita Botanera
(o el valor de la mediación en los museos de ciencias)

Gerardo Torres


Las cosas no siempre se explican por sí mismas... y menos si están en un museo de ciencias. Una anécdota sobre los extraños destinos que pueden sufrir los experimentos de divulgación.

El último lunes de enero iniciamos, en la Subdirección de Educación No Formal de la DGDC, nuestro seminario correspondiente a este semestre. En ese espacio académico se hizo una aseveración que me sirve para introducir esta reflexión y precisar la pregunta que trata de responder: ¿es deseable y posible construir para los museos de ciencias equipamientos auto-explicables?
    Para responder a la primera pregunta me gustaría ceder la palabra a Fernando Savater, quien en su libro El valor de educar dice: "De las cosas podemos aprender efectos o modos de funcionamiento, tal como el chimpancé despierto —tras diversos tanteos— atina a empalmar dos cañas para alcanzar el racimo de plátanos que pende del techo; pero del comercio intersubjetivo con los semejantes aprendemos significados. Y también todo el debate y la negociación interpersonal que establece la vigencia siempre movediza de los significados".
    En cuanto a la segunda cuestión, me gustaría contarles la siguiente anécdota personal: la última semana de octubre de 1991, como cada año, bullía de actividad la casa de mi vecina Doña Quina, pues su cumpleaños se encontraba próximo. Un día antes de su aniversario, mi amigo Daniel, su hijo, me había traído a mostrar el prototipo del equipo que habíamos diseñado y mandado construir para la preparatoria María Isabel Dondé, con el que se podía experimentar la composición de fuerzas concurrentes en un plano.
    Después de apreciar el equipo y verificar que funcionaba de manera satisfactoria, mi cuate y yo nos pusimos a platicar largo y tendido. Algunas horas después se despidió y me dijo que, antes de que yo presentara los equipos a la directora general del plantel, a él le gustaría mostrárselos a su hermano. Daniel sabía que yo me había comprometido a presentar los prototipos a la directora al siguiente día; me comentó que una vez que se los mostrara me los traería, pero no sucedió así.
    Ni modo: yo no podía esperar un segundo día. Al regresar del trabajo, en la tarde, me dirigí directo a la casa de Doña Quina a rescatar los equipos. Llegué a su casa y toqué el timbre; la música y risas que provenían del interior delataban un buen jolgorio. Antes de un minuto, la dueña de la casa apareció y me saludó con su cordial sonrisa, invitándome a pasar. Me disculpé por interrumpir el momento y le planteé mi problema.
    ¿Un equipo para laboratorio? ¿Que sirve para qué? ¿¡Para encontrar la equilibrante de fuerzas concurrentes en un plano!?, se interrogaba la anfitriona a cada torpe intento mío por describir los equipos a través de su función. No, Gerardo, ese objeto no lo he visto, aseguraba la festejada, pero dime, ¿cómo son?
Son dos mesitas de acrílico, dije, una roja y otra verde, de unos 20 centímetros de alto y base circular de 30 centímetros de diámetro.
    Ah, ya sé lo que buscas, contestó sonriendo. Si miras hacia la mesa de centro, verás tus mesitas: están bonitas, me gustaron, y las usé para poner sobre ellas las botanas.
    Yo, controlándome para no revolcarme de risa en ese momento, pude comprender, entonces, el profundo significado de una afirmación de Roger Miles que alguna vez leí: "Los objetos, tangibles o no, no tienen, por sí mismos, ni la mínima posibilidad de comunicar lo que son." Este suceso me llevó, entonces, a reflexionar sobre uno de los problemas básicos que enfrentaría el visitante cuando entrara al futuro museo de ciencias (Universum se inauguró en 1992): la decodificación del significado de los objetos o eventos que se expusieran.
    Además de la anécdota y proposición teórica que acabo de compartirles, recordé la siguiente cita, extraída del libro El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, la cual me gustaría ofrecer como argumento adicional en favor de la importancia de la mediación en los museos: sabido es que un ingeniero alemán, encargado de construir las alcantarillas de Bagdad, descubrió entre el revoltillo del museo local, y bajo el vago rótulo de "objeto de culto", pilas eléctricas fabricadas diez siglos antes de Volta, bajo la dinastía de los sasánidas.
    Una última palabra, y quizá la más importante: aprovecho este espacio para ofrecer un razonado y emotivo reconocimiento a los más de 500 anfitriones que, desde diciembre de 1992, dieron y dan su mejor esfuerzo como mediadores para evitar que la experiencia del visitante, en Universum y el Museo de la Luz, se convierta, entre otras cosas, en un objeto de culto o en una mesita botanera.

Gerardo Torres Orozco es físico. Hasta hace poco colaboró en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia.


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